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5 K aquí un nombre al que debe gratitud eterna la humanidad. La historia lo consignará en sus páginas con letras de oro; la poesía embellecerá con fragantes flores su glorioso recuerdo. No va unido á la guerras de conquista; no significa el engrandecimiento por la destrucción; es, por el contrario, el suave aroma que vivifica cnanto alcanza; el sabio que desde el modesto gabinete de estudio realiza portentos que admiran al mundo. Se refiere, como es sabido, al descubridor de la vacuna; al que libró á la humanidad de uno de sus más terribles azotes, pues la viruela concluía con pueblos enteros, y era indudablemente una de las causas del manifiesto descenso de población. Las tradicionales brumas del país de Inglaterra fueron la cuna de Jenner, pues viola luz primera en Ber kelej- (Glocester) el 17 de Mayo de 1749. Dedicóse á los estudios médicos; distinguióse primero como botánico y zoólogo, pero se encaminaron sus aficiones de preferencia al estudio de las causas de las epidemias, y seBa ladamente de la viruela. Presentósele á Jenner ocasión de observaren Berkeley que los ordeñadores devacas contraían un contagio especial, que en lo futuro les libertaba de padecerla viruela. Tal fué lo que le inspiró la feliz idea de inocular una pequeña cantidad del virus existente en las glándulas mamarias de las vacas para conseguir la indemnidad en el padecimiento de tan terrible dolencia. En dichas glándulas se desarrolla una erupción llamada cotvpox, palabra cuya etimología inglesa es vacaviruela, cuyas pústulas producen un pus, que introducido en el torrente circulatorio ocasiona tan maravilloso resultado. El 14 de Mayo de 1796 hizo la primera inoculación en un niño de ocho afiof, y después publicó Jenner su descubrimiento. Sus efectos eran más ó menos empíricamente conocidos por los labradores de los campos de Glocestershiie, pero nadie podrá arrebatar á este autor la gloria de que su ilustre nombre sea coasiderado como uno de los primeros bienhechores de la humanidad. No le faltaron á la vacuna, como á toda novedad, grandes impugnadores y decididos adversarios. Su autor, establecido en Londres poco después del descubrimiento, no encontró más que el desvío y la indiferencia en sus contemporáneos, hasta el extremo de tener que abandonar la gran ciudad y tornar á la modesta vida de médico de aldea. Pero la innegable fuerza de los hechos se abrió paso á través de las preocupaciones vulgares, de las acerbas é injuriosas críticas, y los esfuerzos de los antagonistas fueron victoriosamente combatidos por la irresistible elocuencia de los resultados, cada vez más brillantes y satisfactcrios. No ha prosperado en modo alguno la afirmación de que existen otras enfermedades tan graves corro la viruela desde la propagación de la vacuna, ni mucho menos el absurdo de que ha degenerado la especie humana con el uso de tan poderoso y eficaz profiláctico. Propagóse éste en pocos afios por toda Europa y América, y en el año 1802 la Cámara de los Comunes de Inglaterra concedió una recompensa pecuniaria, inferior seguramente á la importancia del gran mérito contraído con un descubrimiento, cuyos felices resultados colocaron el nombre del autor á inmensa altura. Los soberanos colmáronle de honores; las sociedades científicas de Europa se apresuraron á honrarse inscribiendo su nombre en el número de sus individuos; los hombres doctos de Inglaterra acuñan en su honor una medalla, y la Emperatriz Catalina I I de Eusia le regala uno dé los más preciosos diamantes que adornaban su cuello, nada de lo cuati parece exagerado para honrar á tan ilustre hombre de ciencia. En nuestro país tardó algo más en generalizarse elempleodela vacuna; pero no bien se conocieron sus resultados, se propagó con rapidez extraordinaria y de una manera que no ha tenido igual en país alguno. En España ha sido también donde ha tenido la vacuna el más sublime de los cantores y el mejor de los panegiristas en uno de los grandes poetas de nuestro Parnaso. El gran Quintana, el que enalteció con los destellos de su inspiración á la imprenta, á la hermosura y al mar, consagró también su mágica lira á ensalzar la propagación de la vacuna en América. La ciencia no impidió á Jenner dedicar también sun aficiones á las Bellas Artes, pues era apasionado de ¡a mú- fica y de la poesía. Publicó algunas obras sobre diferentes ramos de las ciencias naturales, y murió el 26 de Enero de 1823, Su nombre ha adquirido por universal sufragio el derecho á figurar en el templo de la inmortalidad, y á que se diga siempre al recordarle: Era un hombre de ciencia y un filántropo, un sagaz observador, de cuya privilegiada inteligencia nació una idea que sirvió para dar á las naciones muchos millares de individuos. La historia lo ha recogido y estereotipado en sus páginas, en la seguridad de que ha de ser por todas las futuras generaciones saludado con la misma admiración y entusiasmo que lo hicieron sus contemporáneos. JOAQUÍN O L M E D I L L A Y PUIG Académico de número de la Real de Medicina y correspondiente de Ja de la Historia DIBUJO OK ALBERTI