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LOS DOMINGOS EN EL CAFE o cierto es que asasta el pensar qae si Colón no llega á descubrir América, nos quedamos sin toroar cafó los míseros mortales. ¿Qué hubiera sido de los respetables iadastriales que viven exclusivamente del descubrimiento de Colón, por más que muchos hayan descubierto después la achicoria? ¿Qué de nosotros? ¿Dónde podríamos justificar más razonablemente que, con el pretexto de tomar café, el tiempo que perdemos? ¿Qué sería del país si sus destinos no se arreglasen previamente por los parroquianos en las mesas de los cafés? ¿Qué hubiera sido del cigarro ha- r baño sin la existencia de su mejor colaborador? ¿Dónde hubiéramos co locado á los mejores mozos? ¡Pasma pensar en tan hondo pro blemal ladudablemente, Fígaro, al escribir Quién es el público y dónde se le eíicMCMím, no se acordó de que el público donde se le halla más fácilmente es en el café. Hay muchas personas que si dejaran de asistir un solo día á su tertulia, á su rinconcito, es fácil i que entregaran su existencia al Se. ñor. Ni las vicisitudes, ni los años, r ni las amargas contrariedades abaten el espíritu del aficionado al café. Sus dos horifcas diarias de chismorreo, de cambio da impresiones, de murmuraciones, le son tan absolutamente indispensables para la vida como el oxígeno para respirar. A estos señores se les guarda ya hasta el sitio, y el mismo camarero, celoso defensor de las tradiciones del cafó, os dice, si por casualidad invadís las posesiones de los de la tertulia: ¡Si le es á usted lo mismo sentarse en la mesa de al lado! Porqué en ésta tengo unos parroquianos que vienen todas las noches. Y efectivamente, á los pocos momentos van entrando, como conjurados de zarzuela grande, los de la mesa, ocupando cada uno su puesto de costumbre. En seguida se pasa lista, y hay aquello de ¡Hombre, cómo no habrá venido D. Servando! ¡Es exfcrafio! Y en seguida contesta cualquiera de los que están en antecedentes: Esta noche es fácil que no venga, porque me dijo en la oficina que se le casaba una hija! Breves comentarios de la reuuión, injurias al tiempo que no cambia ó quejas del calor, y en seguida se procede á la lectura de los periódicos, á veces con asistencia del camarero, que representa en aquel momento la opinión del país. Y naturalmente, como cada uno tiene ideas distintas, comienza una viva discusión, á veces accionada, poniendo en juego las botellas, los vasos y los platillos, como peones que se utilizan en el tablero de la polémica. Los domingos cambian por completo de fisonomía los cafés; es otro público: la invasión de numerosas tribus que entran turbulentamente, que palmetean fuerte, charloteando én alta voz; los niños á quienes se da suelta y corren por entre las mesas tocando los eombrercs q ae cuidadosa mente ponen sobre las sillas los metódicos y ordenados parroquianos, que ven amenazada su tranquilidad. Los pianistas de cafó sufren mucho estos días. Por más que se esfuerzan en arrancar al pia no sus notas más delicadas y tiernas, no son comprendidos: el griterío ahoga los más hermosos -í- acordes. Sólo los invariables de la tertulia, los 0 admiradores incondicionaleB del pianista, al ter í minar la pieza aplauden, tirando los platillos al j í alto, diciendo para satisfacción del ejecutante: ¡Qué público más cafre! ¡Esto no pasa más que en Ejpafial Frase de cajón, supremo Jíri de todas las cosas. ¡No toque usted más que sevillanas! le aconseja uno, para poner el dedo en la llaga. No falta en el café la pareja amorosa, ni el señor que después de leer los periódicos ee entre ga provisionalmente al sueño, ni el que con pretexto de esperar á uno entra á descansar tranquilamente. El café es, como ningún otro sitio público, donde mejor puede estudiarse la fisonomía de un país. Y aquí, donde uaa de las grandes preocupaciones nacionales es la de pasar el rato, ¿dónde mejor que en 1 café? LUIS GrABALDÓN DIBUJOS DE RCJAS M