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I I i tanto, y los muchachos nos volvíamos locos si el gallardo Moran se dignaba dirigirnos la palabra con su voz de tenor, vibrante y acariciadora. Entretejía Juanito mil amorosas aventuras pero el círculo de su acción era necesariamente reducido; lo limitaban las paredes de las últimas casas de Montañosa. No cabían allí extraordinarios y novelescos su cesos; todo era chico y, por decirlo así, rutinario. Acaso por esta razón Juanito quiso emprender algo que rompiese la monotonía de la eterna seducción de modistillas, fregonas y señoritas de medio pelo y estuviese en armonía con El Trovador y el Tenorio. Forma el convento de San Juvencio, como usted no ignora, uno de los lados de la cuadrilonga Plaza de la Muerte. Sus formidables muros, enverdecidos por la humedad, pueden llamarse ciegos; apenas los rasgan pocas negras ventanas enrejadas y altísimas; San Juvencio no tiene rejas bajas. La iglesia, cuya portada adorna la efigie del santo degollado, en la agonía y con el cuchillo hincado en la garganta, tampoco posee tribuna baja; la del coro remata en la bóveda. Las monjas ya sabe usted que son benedictinas, muy damas, contemplativas, aristocráticas, del tiempo en que no se concebían estas monjas de ahora, seculares, de ropa burda y zapatos gordos. Apartadas del mirar profano, las de San Juvencio pueden llevar un traje arcaico, elegante y curioso, y bajo la flua toca, en la eterna é inexorable clausura, sus rostros presentan Una mística delicadeza, adquieren una palidez lunar. No sé cómo se las arreglan los estadiantes, que llevan el alta y baja de las monjas bonitas de San Juvencio. ¿Las han visto ó las imaginan? -Ello es que entonces, en el tiempo en que estoy hablando, corría fama de la belleza singular de una religiosa, sobrina del marqués de UUoa y profesa desde hacía dos años; y á principio de curso empezó á susurrarse que Juanito Moran rondaba el convento y frecuentaba con insólita piedad la iglesia. Versos incandescentes publicados en El negro capuz, periodiquito melenudo, dieron cuerpo á las hablillas; pero si mucho se murmuró, nadie se preocupó seriamente, como no nos preocupamos de los revueles de un milano en derredor de inexpugnable palomar. No era Juanito el primero que daba vueltas en la Plaza de la Muerte poniendo en blanco los ojos. laofensivo deporte, desahogo de la soñadora juventud. ¿Qué cosa más platónica? En San Juvencio no se entra; de SER Juvencio no se sale. Aquellas paredes enormes, semiciegas, son tan sepulcro como las frías losas de la Plaza. Arrastrado por la cariosidad de lo extraordinario y romancesco, tan fuerte en la adolescencia, me di yo entonces á seguir lo pasos á Juanito Moran, y pude convencerme de que, en efecto, á horas desusadas no cesaba de rondar, fijos siempre los ojos en la ventana á que corresponde la reja, y que cae sobre la escalinata de las Casas del Cabildo. A ella se arrimaba el galán, y fijo allí aguardaba. Un día- -jcómo latió mi corazón de niño! -vi que un rostro pálido, aureolado por una línea blanca y otra negra, se pegaba á los hierros, y unos ojos de ascua se clavaban en los de Juanito. Una mano, que parecía de pape) hizo misteriosa eefia... Todo tan rápido, que creí haber sofiado. Pero á la otra mañana y á la otra repitióse la escena No me cupo duda. Y aquel gran secreto romántico sorprendido por mi llenó de pueril orgullo mi a! ma. ¡Nadie lo sabía! Orea usted que me acostaba tan exaltado, como si fuese yo mismo el dichoso También creí que me moría de pena y de horror al ser, á la madrugada, de los primeritos á cuyos oídos llegó la tragedia Las devotas que atravesaban la Plaza de la Muerte para oirmisa de alba en la Catedral, vieron al pie del muro de San Juvencio el cuerpo de una benedictina, con hábitos, pero sin toca. El corro ee había formado. Me abrí paso, me acerqué. La cabeza descansaba sobre el primer peldaño de la escalinata que asciende á las Casas del Cabildo. Un hilo de sangre manchaba la sien. Alrededor de la cintura estaban arrolladas las tiras de sábana convertidas en cuerdas. El otro extremo, roto, colgaba allá arriba de la reja, cuyos hierros limados mostraban el boquete por donde, magullándose, habría pasado el cuerpo. Miré con afán el rostro de la monja. ¡Mis ilusiones! Ni era fea ni bonita: como cien mujeres que andan por ahí. Sus ojos, vidriados, permanecían entreabiertos, con una expresión de espanto, de miedo y de voluntad. Quisieron echarle el guante á Juanito, pero había huido de Montañosa, y desde Portugal pasó al Brasil. ¿Oree usted que se acuerda ahora del episodio? Apuesto á que sólo piensa en los resultados de un análisis que ha de hacer mi colega, el director del balneario ¡Vejez, vejez; cenizas yertas! DIBUJOS DB MÉNDEZ BRIPIG 4 EMILIA P A E D O BAZAN