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Ti yY extremada seriedad del inquílino del cuarto Jt tercero. Como decía una de las comadres que tenía asiento en el corro grande que presidía la portera, el demonio del hombre era más estirado que el palo de un cónsul. Excelente inquílino, eso sí; marido modelo y juicioso, también: en el piso que habitaba no se oía nunca una voz más alta que otra; pero en cambio pasaba por la portería, y con dificultad daba los buenos días. Eeto, naturalmente, era la desesperación de las vecinas murmuradoras, que se perecían por saber quién era aquel sefior, su vida y milagros. Para mayor desconsuelo, la única criada del misterioso matrimonio era sorda y muda; y como ésta era la única persona con la que hubieran podido hacer historia, y la pobre era imposible para el habla, de ahí el poderoso obstáculo para que las vecinas supieran á qué atenerse acerca del vecino del tercero. Y no era orgullo ni menosprecio; era sencillamente que el vecino del tercero era hombre de tan poquísimas palabras, que ni aun en la mayor intimidad de su casa lograban que contestase más que monosilábicamente. ¡Pobre señora, decían las comadres; eso es peor que vivir con un diputado de la mayoría! ¡Pues si á mí no me contase mi marido todo lo que hace al cabo del día, ya me había separado de él! Pasó una semana, y con gran sorpresa de las correveidiles, el vecino del tercero no salió á la calle. En fuerza de fisgar, y sometida la doméstica sorda á un minucioso examen por señas elocuentes, vinieron en conocimiento de que el misterioso vecino estaba enfermo, y que al día siguiente le iban á hacer una operación muy comprometida, tanto, que un hábil y reputado cirujano tuvo que seccionarle la lengua. El enfermo no lo sintió gran cosa, porque para lo que hablaba en la vida, maldito si la necesitaba; pero á instancias muy vivas de su mujer y del operador, consintió que le sustituyesen el trozo muerto por una lengua vivita y coleando. Al día siguiente, con gran sorpresa de su mujer, habló y habló más de lo que tenía por costumbre. Las vecina? al saludarle ya restablecido, se encontraron con que no sólo se limitaba á darles los buenos días, sino que entabló conversación con ellas. A los dos días se detenía á charlar un ratito con la portera, y á los cuatro tomaba asiento en el corro de las comadres y acompañaba á las caritativas vecinas en la noble tarea de despellejar al resto de los inquilinos. Con decir que una noche tuvo un serio disgasto con uno de los vecinos, que le llamó chismoso y mujerzuela, está dicho todo. Pero llegó á mucho más. Todas las noches, al ir hacia su casa, se estaba de palique con el sereno y se iba con él á la taberna próxima, y mano á mano se estaba charlando con el vigilante nocturno hasta muy entrada la mañana. El cirujano estaba encantado de su habilidad. La que ya no lo estaba tanto era la pobre esposa, obligada á sufrir mil impertinencias de su marido. Entraba en la cocina, ponía defectos á todo, llevaba la cuenta á la criada y se ponía en la ventana que daba al patio á charlar con las criadas que tendían la ropa. La transformación fué tan completa, que ya el pobre vecino llegó á hacerse insoportable en la vecindad, y tuvo que mudarse para evitar los líos y los infundios que con su mala lengua había levantado entre pacíficos matrimonios. Pero la cosa ya no tuvo remedio. ¡Y cómo había de tenerlo, si al hacerle la operación le habían puesto al infeliz una lengua de mujer! BIBUJOS DK ROJAS LUIS G A B A L D Ó N