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(DN POCO DE HISTOEIA) I I O O tanto se ha discutido si M obró bien ó mal la Diputación Provincial de Madrid estimando que en el programa de festejos con motivo de la declaración de mayoría de edad del Eey Alfonso XIII faltaría algo muy principal si no se incluía en él una corrida de toros con el carácter de real, no tenemos por del todo inoportuno recordar, siquiera sea á la ligera, Ío que fué esta clase de fiestas en España. En épocas en que la vida de la nación era más que la suya propia la vida de sus reyes, los sucesos más festejados eran los que á los monarcas personalmente atañían. Por eso ya nos dicen las crónicas que en 112 á bubo en Castilla fiestas reales de toros con motivo de las bodas de Alfonso VII con doña Berenguela, hija del conde de Barcelona, y en 1144 en León, cuando casó doña Urraca la Asturiana con el rey de Navarra; que en los siglos xiii y xiv menudearon tales espectáculos, y que en el xv, entre otras muchas fiestas de toros, pudieran citarse las de Medina del Campo, á 20 de Octubre de 1418, con -T- ocasión del enlace del rey D. Juan con doña María de Aragón, las que dispuso en Briviesca el conde de Haro para festejar á la reina de Navarra, y hasta las que en la plaza de San Andrés, de Madrid, toleró la católica Isabel I, que tanto repugnó siempre tal suerte de diversión, cuando con su esposo Ferhaiido vino á asentar su corte en la villa que más adelante había de ser perpetua cabeza de la Monarquía. II Las centurias xvi y xvii, aquellas á que llevó la ostentosa casa de Austria su fastuosa suntuosidad, como las más pródigas en sucesos á que, no siempre con razón, se concedía excepcional importancia, fueron por ello las que más abundaron en regias fiestas de todo género. Qae á las de toros eran particularmente aficionados los reyes de aquella dinastía, lo dice el que en 1527 el mismo egregio emperador Carlos V, celebrando el nacimiento del heredero de su corona, mató por su excelsa mano én la plaza de Valladolid un toro de una lanzada. Pero ¿qué más? si hasta el austero Felipe 11 no desdeñó en alguna ocasión salir al coso á hacer gala de su gallardía como excelente jinete que era, para alternar, que diría UD diestro de ahora, con los más hábiles rejoneadores de su corte. Citando al azar, y sin hacer mención de las corridas que pudiéramos llamar de tabla, y que daba la villa anualmente y con el mismo boato de las reglas por San Juan, Santa Ana y Santiago, haremos mención de la celebrada el 3 de Diciembre de 1601 con motivo del natalicio de la infanta Ana María, esposa más tarde de Luis XUI de Francia; las que solemnizaron la canonización de San Isidro, Santa Teresa, San Francisco Javier, San Ignacio y otros bienaventurados; la de excepcional aparato que en 21 de Agosto de 1623 se dispuso con motivo de la venida á España de Carlos Stuardo, príncipe de Sales; las que en 1637 celebraron la exaltación al trono imperial de Fernando III, cufiado de nuestro rey Felipe, y que se verificaron en la plaza del Buen Ratiro; las dadas como muestra del júbilo producido por los nataMcios de los príncipes Baltasar Carlos y Felipe Próspero, y las que festejaron las públicas entradas de las reinas doña Mariana de Austria, segunda esposa de Felipe IV, y doña Mariana de Neuburg, úuica del chechizado Carlos 11. mí f í III Aunque poco afectos los Borbones á estas fiestas, Felipe V, bien aleccionado por los consejos de su abaelo Luis XIV, no queriendo contrariar los usos y costumbres de sus nuevos vasallos, con corridas de toros celebró su entrada en Madrid, y más suntuosas las previas el 27 de Diciembre de 1714 con ocasión de la llegada de su esposa Isabel de Farnesio, y en 1726 cuando por prematura muerte de Luis I volvió á recobrar el cetro de que voluntariamente habla hecho abdicación. Con ser Fernando VI monarca á quien taato debe el espectáculo favorito de los españoles, pues que de su propio peculio costeó para regalar á los hospitales de la villa la primer plaza de toros hecha adhoe, no se encuentra rastro de que en su próspero y pacífico reinado se celebrara fiesta alguna real de que quedase memoria.