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ce os reyes de Aragón fueron mucho mág constantes que los de Castilla en celebrar la ceremonia de la Coronación como inaugural de sus reinados. D. Pedro IV dejó escritas las prevenciones que se habían da observar para tales actos solemnes. En ellas ordena que una semana antea de la fiesta debe ayunar el nuevo rey tres días: miércoles, ¿r viernes y sábado, confesando y comulgando en la mañana del do mingo. Cumplidas las prácticas religiosas, había de vestirse ropa interior de seda blanca, y sobre ella saya bermeja de escarlata, y la gramilla (hábito que ostentaban los jurados de Zaragoza) de terciopelo rojo y tela de oro con la sefial real. Un manto de oro y tert ciopelo rojo, forrado con pieles de armiño, completaba el atavío del monarca. Todas estas prendas se las ponían solemnemente los caballeros, y una vez así vestido, montaba el rey en albo caballo, para dirigirse á la iglesia. Un escudero llevaba delante la espada, y otros dos nobles, á los lados del soberano, conducían el pendón real y el regio escudo. Descabalgaba el rey ala puerta o de la Seo, y al llegar al altar mayor recitaba de rodillas una oración. Al terminar ésta, el escudero colocaba recta la espada del soberano sobre el altar, así como el pendón, y carca de él el escudo y el yelmo. Sentábase el rey en un sitial aparejado de oro hacia el lugar del Evangelio, y obsequiaba á í? los nobles con dulces y vinos generosos. Toda la noche permanecía el rey en la iglesia velando sus armas, y al amaneceroía misa privadamente en una capilla de la Seo, y se vestía como los diáconos, con una dalmática encima de terciopelo rojo con la enseña real. Acompañábanle el metropolitano, el clero y los nobles hasta el altar mayor, llevando uno de éstos el cetro, otro el pomo y otro la corona descubierta en u n a bandeja de plata, depositándolos luego so Vdk Ja bre el altar. S. -f- n Formaban corro los asistentes, y arrodillado el rey en medio, repetía la supradicha oración. Entonaba el clero la letanía, bende- w cíanse las armas, y al terminar esta ceremonia, tomaba el rey la corona de sobre el altar sin ayu da de nadie y se la ceñía él mismo. Empuñaba después el cetro, y dichas otras oraciones, volvía á cabalgar dirigiéndose á palacio, donde se celebraba una gran comida á ía cual sucedían diversos festejos cortesanos y popuj S fr- í lares. m.