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í f i B S T por laa turbulencias que estallaron en el comienzo de diversos reinados, bien por designio de (m algunos mona, ca. la ceremonia de la Coronación no fué práctica muy consíante entre los l y e s de i. eón y OastiHa. Sm embargo, los conc; enzudo 8 historiadores Sres. Marichalar y Manriane encon traron en el Mona. teno de Silos el ceremonial que debía segairse para tan soleCs aftosrceremonial que, algo extractado por nosotros, dice así: E l día señalado para la ceremonia acuden á Palacio el metropolitano, acompañado del resto del clero y de i la nobleza. Al salir el rey de su lecho, recitaba el prelado una oración, rogando al Sefior dispusiera el ánimo del monarca para que reinase en bien de la común salud. Colocado luego el rey entre dos obispos, y acompañado de todo el clero, nobles y pueblo, marchaban juntos á la iglesia, en cuya puerta se detenían, pronunciando allí el metropolitano otra oración alusiva á la ceremonia. En trábase luego en la iglesia, y el rey se postraba de rodillas, con los brazos en cruz, debiendo estar en la misma postura todos los obispos que le acompañaban, mientras se cantaban las letanías, intercalando diversas preces. Concluidas aquéllas, se levantaba el rey, sufriendo el siguiente interrogatorio: -HQuieres guardar la santa fe defendida por los católicos y observada por medio de buenas y justas obras? -Quiero. -iQuieres ser tutor y defensor de las santas iglesias y de sus ministros? -Quiero. ¿Juráis regir y defender vuestro Beino, concedido por Dios, con la justicia que le rigieron y dejendieron vuestros padres? -Quiero, y juntamente juro, en cuanto Dios y sus santos me ayudaren, en todo y por todo con fidelidad. Prestado el juramento, el metropolitano se volvía hacia el pueblo, preguntándole: yy ¿Quieres sujetarte á este principe? ¿Quieres, confirme fidelidad, que se establezca y se asegure su reinado y ejecutar sus órdenes según la doctrina del Apóstol? -Y clero, nobleza y pueblo contestaban: -Sí. Acto continuo, el metropolitano pronunciaba un sermón, y empezaba la ceremonia de ungir al monarca con los satntoa óleos. Ungíale primero las manos, después la cabeza, pe cho, espalda y brazos, diciéndole: Te consagro rey con los óleos santificados, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Luego le da laa insignias de su dignidad, comenzando por la espada, y poníale después la corona en la cabeza, diciendo -Beeibid la corona del Reino. Adornado el rey de todas las insignias, decía conduciéndole al trono: -Sentóos y poseed este puesto, que os pertenece por derecho hereditario y sucesión paterna.