Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
nado ni armonioso; sus ojos no son grandes y carecen de esa quietud contemplativa que tanto amamos los sofiadores; su nariz avanza tan inconsideradamente, que paiece invadir la boca; sus dientes son ralos ó irregulares; su cuello dista cien leguas de la gallardía, y su bcsto es de líneas tan castas, que si algo sugieren es la idea de la vida ascética y conventual. No es elegante ni inclinada á ciertos refinamientos del tocado que suelen suplir á la belleza. Y sin embargo, la amo locamente, con desesperada ternura, como ee ama la dicha cuando se la presiente escondida en un pobre cuerpo de mujer. ¿Por qué? ¿Cómo explicar mi esclavitud y mi sumisión más que atribuyéndolas ala gracia que fluye de su encantadora persona, al donaire espiritual con que anda, mira, sonríe y habla? La gracia, concluía el joven, es la peor de las cadenas, porque ata los cuerpos y las almas, sin que advirtamos sus eslabones, puntos flacos que podrían facilitar nuestra libertad. El momento de la partida se aproximaba. Amalio, recostado en un banco del andén, miraba con ojos de envidia á los que se iban. Jamás la conciencia de su soledad se le ofreció tan clara y tan firme. Sentíase aislado, porque sas ideas, de una originalidad insolente, le desviaban de los demás; sólo por sus seiisacioi es, por sus gustos, por sus amores y por su S odios, sentimientos personales que se abstenía orgullosamente de compartir con nadie. Se consideraba perseguido por la desventura con terca é injustificada safia. ¿Por qué he suíÉrido y sufro tanto? preguntábase á veces. ¿Acaso estoy purgando delitos ajenos? Su desconfianza no era escepticismo, sino miedo de la vida, del castigo implacable que se cernía sobre él desde la edad más temprana. El era bueno, generoso hasta la temeridad, descuidado, amante y dispuesto á la excusa y la clemencia. Jamás acusó ni condenó. Antes al contrario, sus ideas le conducían á explicar disculpando las mayores atrocidades. Espectador indiferente de los amores ajenos, mantúvose hasta los treinta afios en un taciturno apar tamiento de las mujeres. Las miraba con la simpatía con que hubiera mirado á los niños, pero recelosamente. Llegada la hora de amar, se rindió. Amó apasionadamente, poniendo en aquel carifio, compartido sólo á medias, todo lo que había ea su alma de bueno, de noble, de faerte y de generoso: el corazón, las ideas, lo presente y lo porvenir. Y fué desgraciado. Desde el interior del coche en que se había instalado, ella, sonriente, le miraba de soslayo. Él intentó acercarse, pero un gesto de la muchacha le contuvo. Estaba allí, á pocos pasos, su madre, una señora gruesa, deformada por el tiempo, de rostro congestionado y ojos escrutadores hasta la impertinencia, altanera y parlanchina. Amallo encontró en ella un enemigo irreducible. Ella, la vieja, le odiaba sin conocerle, ein haber explorado quién era aquel hombre que adoraba á su hija; injusta y estúpidamente. Amalio tascaba las humillaciones en silencio. Oon tal de que la otra quisieral... Y hubo de resignarse á verla desde lejos, á despedirla desde lejos con la mirada, como á una criatura desconocida con la cual no se tiene ninguna solidaridad sentimental. Arrancó el tren, y el joven se quedó atónito, embebecido, viendo cómo ella se iba prendida de las faldas de su madre, encajonada en aquel vagón. Para distraer su abatimiento, decidió marcharse del andén, poner de nuevo la planta en la calle, convivir con los demás en el ruidoso ambiente de la ciudad. Eso le aliviaría. Al salir de la estación iba tan ensimismado, que no se recató de los coches que partían á escape hacia el centro de la población, llevando gente de la que momentos antes bullía en el andén repartiendo saludos y apretones de manos. Y uno de los carruajes le dio tan recio golpe con la lanza en mitad del pecho, que Amalio retrocedió, tambaleándose hasta la tapia enverjada que separa la calle de la plaza en que suelen situarse los coches. Una mujer del pueblo, una anciana vestida de andrajos se le acercó piadosamente, ofreciéndole auxilio. Él joven, disimulando el dolor causado por el golpe, le dio las gracias muy conmovido. -Eso no es nada, señorito, exclamó ella compungida. Escuece, pero no mata. Y se alejó. MASUBL B U E N O DIBUJOS DE HUERTAS