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-Jt XvA FARTIDA (í ft TTANDO Amalio Ferrer puso lop pies en el andén de la estación, los mozos dé servicio disponíanse á V l armar el convoy de vagones que debía salir aquella tarde á las siete y cuarenta minutos para el Norte. Un solo furgón, aislado al extremo de la cuenca revestida de tier a y madera en que se ref agían los trenes, como en un puerto, esperaba ser incorporado á los demás coches que conducen viajeros. Amalio presenciaba la operación con desmayado ánimo. Su curiosidad se repartía entre las cosas exteriores y cercanas y los sucesos que presentía inmediatos. Una muchedumbre qne invade el andén; agitaciones en la gente; trasiego de equipajes; despedidas al que se va, regadas con lágrimas unas veces y acompafiadas de sonrisas afectuosas si el que ee marcha no deja nada en el corazón del qne ee queda; silbidos de la locomotora. Amalio asistía al enganche de los vagones y reflexionaba. ¿Por qué se ha inventado este medio de separar á unos seres de otros, de favorecer las ausencias, de difundir la melancolía en las almas, de perpetuar e) dolor de las despedidas y de los alejamientos humanos? ¿No sería más clemente y más vecino de la felicidad el conservarnos juntos, apretados, íntimos é inseparables, sobre la humilde extensión del terruño nativo? Mientras él encarrilaba sus ideas sobre la vanidad de los viajes, el tren quedó armado. La locomotora airosa y humeante, el ténder henchido de carbón, y once vagones de diversas categorías trabados unos de otros. La gente empezaba á tomar posesión del andén. Al principio entraron los viajeros más previsores, los que se habían adelantado, á la deshilada y sin prisa; después, en grupos de cuatro y cinco personas, y por último, enracimados y presurosos. Amalio, sentado en un banco de los que hay al remate del andén, atendía vagamente á los afanes de los viajeros. Su pensamiento no estaba allí. ¿Cómo tardan tanto? ¿Habrán aplazado la marcha? Si eso fuera, yo lo hubiera sabido. Y la remota probabilidad de que aquella mujer permaneciese veinticuatro horas más en Madrid, le sobrecogió como una dicha inesperada. ¿Por qué le dolía tan en lo vivo su partida? El era un impresionable, un neurótico, según la frase de los médicos. Aquel día sentíase angustiado, enervado, inconsolable, como si algo que palpitaba en él, con raíces profundas dentro de su alma se preparase á morir. ¿Por qué la separación, la ausencia temporal de una criatura que asociamos idealmente á nuestra vida, nos infunde el mismo pesar que la muerte de un ser querido? ¿Qué hay en las separaciones de irreparable? ¿Tal vez ese fondo supersticioso qne late aún en el pensamiento del hombre más instruido nos induce á recelar que toda separación es definitiva y que todo lazo que se afloja es un lazo que se rompe? Amalio sufría sin comprender el por qué de su tortura. Dentro de un mes- -decíase- -ella estará de regreso. Pero ¿qué ocurrirá en ese tiempo? ¿Quién puede ufanarse de haber ocupado enteramente el tornadizo corazón de una mujer? Su capacidad de olvido, la prontitud de su inconstancia, y antes que todo, la falta de calor sentimental que hay en ellas, le asustaban. El era apasionado y tenaz; pero propenso, como todos los intelectuales, á la desconfianza. Dudaba de todo y dudaba siempre. Sabía que lo que hace de la tierra un espectáculo llevadero y en ocasiones divertido, es el inexorable pasar de las cosas, la rapidez con que ocurren y se olvidan. Esa consideración que en otro tiempo le hubiera consolado, le aterraba en el momento presente. Una voz conocida le sacó de sus meditaciones, despabilando su atención. -Por aquí, mamá. Este es nuestro reservado, -exclamaba una muchacha en pleno auge de juventud, esbelta, de proporcionada estatura, ágil en el andar, aunque sin ostentaciones garbosas. De su rostro ingenuo, iluminado por dos ojos garzos que descubrían travesura y candor (esas dos armas con qu nos vencen las mujeres) fluía ese algo qne nadie ha definido todavía: la gracia; ese algo que emana de ciertos semblantes y que no se sabe á punto fijo dónde reside: si en la mirada, que es la ventana por donde se asoma nuestro espíritu á la tierra, ó en la sonrisa, expresión victoriosa de la alegría y de la salud. Mirándola acomodar ciertos utensilios de viaje en el interior de! coche, Amalio pensaba: cY sin embargo, no es bonita. Hay en su rostro asimetrías y fealdades que indignarían á un artista. El óvalo no es proporcio