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v RINCONES D E MADRID -LOS MIRLOS DE BOTÁNICO AS poblaciones que crecen son algo brutales en su expansión; les pasa como á los chicos que van á ser hombres: por poco que les dure un vestido siempre se les queda corto, lo cual es muy ridículo; estallan las costuras, se deforman las prondas y el pobre recurso de dar de sí es ineficaz por completo. Hay que guardar el vestido y hacer otro, si se ha de andar como Dios manda. De ahí el afán de echar abajo viejas murallas- -con lucro de contratistas y negociantes, -de demoler viejos palacios y de hacer en los viejos jardines estas pajaieras humanas que llamamos casas Es una guerra sorda é implacable á todo lo grande, á todo lo tranquilo. Una de las cosas que están amenazadas por la bárbara piqueta del ensanche, es el Jardín Botánico, aquel apacible rincón que nos dejó Carlos III y que parece estorbar no sé por qué. La pasión de lá jaula nos vuelve tontos. Algún i pesar de la metáfora médica que lo constituye en ón, el mismo Ketiro se verá extirpado para que in calles y casas y plazoletas donde ir poniendo la de los seíiores concejales y sus amigos y deudos. 1- ime algo de patriarcal aquel Botánico, con sus ca sombrías y frescas, con sus altos almeces, sus y sus acacias; con todas sus plantas clasificadas, 8 o Lmneo; con sus cuadjos de herbáceas officinaKs- 1- i tiestos agrupados en orden botánico, no en orden i te bonachón de viejo museo lleno de cartelas indi- fnente prodigadas, como prestando un servicio emi iT nadero clásico en que hay unas pitas y unos naranj j i jj -i i jí, i al final, los huesos fósiles de una ballena, que estarán allí como enlace augusto entre la botánica y la zoología. Las verjas, las puertas, las estatuas peluconas, los bloques grises de granito que íirven de asientos sin respaldo, las cañerías de ladrillo para distribuir los riegos, 1.1 mansa paz campestre que convida á leer las Qeorgisas á la sombra de un olmo, y sobre todo el volar de los mirlos de negro plumaje y pico de oro que están allí como en su casa, son cosas tranquilas é inocentes que satur- an todo aquello de una quietud lejana en que sólo se echa de menos el son de unas cuantas esquilas. Fuera de aquel rincón se alza el trueno del trajín humano: carros, coches, tranvías á dos pasos el Ministerio; á cuatro, la estación de Atocha: entre uno y otra, la estatua de Moyano volviendo al silencioso jardín los feos faldones de su levita de bronce Viejos, niños, niñeras, sacerdotes; ese es elpúblico del jardín. Las madres envían allí á sus hijos seguras de que no hay estanques, ni fuentes hondas, ni pendientes, ni grutas artificiales, ni fieras, ni cocies, ni puentecillos, ni cascadas. Es el recinto de la tranquilidad. Hay muchos viejos achacosos que van allí por el ruibarbo fresco, por la ruda jugosa, por la salvia aromática, como iban sus padres y sus abuelos, por cosas contra la gota y el flato y el mal de ríñones Y los graves sacerdotes pasean, leen, rezan, conversan en voz reposada sin que los cánticos y gritos infantiles les saquen de su austera ocupación. Sobre esta antítesis humana vuelan los mirlos llamándose con amorosos cantos; se persiguen entre las ramas de los almeces como otros niños alados; llenan el jardín severo presidido por las estatuas de casacón, y hasta afilan su pico amarillo entre los rizos de piedra de aquellas pelucas cortesanas Son los dueños de aquel rinconcito, amenazado ya, con frases ambiguas, por la piqueta del ensanche. ¿A dónde irán luego los viejos, buscadores de medicinas; los niños, buscadores de oxígeno; los sacerdotes, buscadores de paz; los pobres mirlos, buscadores de libertad y de amor? ¡Qué emigración tan triste la de esos pájaros negros de pico de oro, únicos seres del Botánico que se han librado de andar con una cartela al pescuezo que dijese: ¡Turdus merula! Todo lo tranquilo se va; todo lo viejo se hunde. JOSÉ NOGALES P I B U J O S D B KECrlDOB