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sin guardianes ni lictorea fugitivo por Bretafia, buscó albergue en la cabafia de unos pobres leñadores. Aquella noche de invierno no tuvo mantos de Tiro, ni en copas de oro y zafiro bebió el imperial falerno. Pero cnanto más abajo, más su boberbia sentía, como Antístenes un día á través de cada andrajo, pues del orgullo es sabido que, á la manera del fuego, con un impulso más ciego tiende á estallar comprimido. Y asi, aun en tal ocasión, César, que el suyo tascaba, y que hasta allí mismo echaba de menos la adulación, preguntó al senado aquel, harto rústico y plebeyo, por sus guerras con Pompoyo y por sus triunfos sobre él; por el genio tan profundo como audaz que en BU carrera tanto ensanchó á Roma, que era Roma sola todo el mundo. LA FAMA Después de que hubo en la guerra, ciego por su ansia de gloria, hecho esclava la victoria y feudataria la tiarra; tras de ganar en Farsalia la prez de héroe y soberano, de vencer al lusitano y de someter la Galla, el osado aventurero que, atropellando la ley, fué dictador, casi rey, y arbitro del mundo entero. Y terminó: -Pues proclama por todas partes sus hechos, ¿qué dice bajo estos techos de Julio César la Fama? Estábanse en rededor oyéndole aquellas gentes, mostrando en sus continentes el más ingenuo estupor; hasta que uno, de tal sarta de prodigios quito y horro, levantándose del corro con un bostezo de á cuarta, grufió: -No nos martirices con tus preguntas, buen hombro; ni hemos oído ese nombre, ni sabemos lo que dices. EMILIO F E R R A E I