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¿i -i- ¿ri J 2 CS f -TT C í r 1. Cuando yo era estudiante é imberbe, dióme una temporada por frecuentar más los billares que las cátedras, y con predilección uno establecido en sitio céntrico de Madrid. Conocí en él á D. Evaristo no sé cuántos, coronel retirado, hombre afable y cariñoso, carambolista terrible y algo maniático á mi modo de ver, puesto que se empeñaba en tirar todas las carambolas de retroceso. Ciertamente, su destreza en ese lance ó habilidad era maravillosa; pero como no siempre quedan las bolas para tal jugada, y él sólo ante una imposibilidad absoluta prescindía de su juego favorito, solía perder muchos partidos, hasta contra chambones como yo; pero, eso sí, después de soltar el taco (y otros cuatro más) me convidaba cariñosamente á cerveza. 2. Oiga usted, D. Evaristo, me atreví á decirle una tarde ¿por qué ese afán de tirar todas las carambolas de retroceso? -Amigo mío, me respondió, cuando yo era joven como usted, tenía su mismo juego; decidido, franco, valiente. Después fui ya aprendiendo marrullerías. Hoy abuso del retroceso, es verdad; todos los viejos tenemos alguna manía! pero como carambolista soy lógico, pues el hombre, cuando joven, procede con la valentía que le inspira lo porvenir; de los treinta á los cincuenta, harto hace coa defenderse, y ya anciano, vive en perpetuo retroceso, acordándose de las travesuras de la infancia, de los cuentos de su nodriza, de mil y mil nonadas que alegran sus insomnios. La explicación no me satisfizo del todo, pero la cerveza sí; estaba riquísima. jMozo, otro boek! -i. Fué una partida muy notable. Cierto antipático tendero, asiduo contertulio del billar, andábale siempre desafiando á D. Evaristo, y éste, encoraginado, aceptó. Concertóse, pues, la partida á cien carambolas, atravesando en ella todo su amor propio el simpático coronel, á quien sin duda el tendero se había propuesto no sólo vencer, sino sacar de sus casillas con repetidas guasas. El coronel jugaba realmente mucho mejor que su rival; pero según iba avanzando el partido, se ponía más nervioso cada ve A pesar de esto, llegó á noventa y nueve carambolas estando su contrario en noventa y seis, y ¡oh cielos! para la del triunfo le quedaba un retroceso facilísimo, casi indigno de éi. Tiró é hizo pifia. El hortera conolnyó triunfalmente la partida; D. Evaristo despidióse de nosotros y no volvió á aparecer por el biliar. i. Casi me había olvidado de su simpática persona, cuando algunos meses después vi pasar un entierro, y entre los que seguían á pie el fúnebre carro divisé á un contertulio de los billares. ¿A quién acompaña usted? le dije. ¿Acaso algún pariente? -Jío, un amigo: el pobre D. Evaristo, que ayer entregó su alma á Dios. ¿D. Evaristo? lAh sí, el coronel retirado, el de los retrocesos! ¿Y de qué ha muerto el infeliz? iSin dúdala edad -Sí, andaba cérea de los setenta, pero ha muerto de una enfermedad rarísima á sus años. El médico asegura que ha muerto de sarampión. -ilmposible! -Eso decimos todos; pero como tenía la especialidad de los retrocesos... Y nada, el médico afirma que ha muerto de un sarampión que no le ha brotado. -iDios mío! exclamé. ¡Pobre coroRel! Otro retroceso que no le salió. ROÜBE