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con la savia corrosiva y plebeya, sería arrancado, encerrado tras de los muros musgosos del convento, donde podría secarse como una cosa inerte consagrada á Bios. Y he aquí que un día llegó Alfonso con sus cabellos grises y sus ojos acostumbrados á mirar cosas profundas y desaparecidas: -Dame tu hija, porque sentiría morirme sin que alguien me despida á la vera del sepulcro. Quiero irme acompafiado por la voz de mi linaje. -Es tuya, -contestó Claudio. los dos últimos supervivientes de un mundo viejo y glorioso se abrazaron. Y Beatriz lo supo, como noticia que sabían todos; y mientras el trámite de la dispensa matrimonial se iba lentamente alargando hasta llegar á Eoma, sin dejar de morder la fruta verde de su jardín, sentía anhelos de pájaro enjaulado, de alma inquieta que desea volar, así fuera hacia aquel columbario sonoro del convento. Llegó el día ceremonioso en que le anunciaron su boda. Nadie le pidió parecer ni consentimiento. Y aunque toda su alma protestó, sus labios no protestaron, oprimidos por la servidumbre de muchos siglos, por el peso del dolor de muchas hembras sacrificadas. Alfonso estaba allí, con sus cabellos grises y sus ojos acostumbrados á mirar cosas profundas y desaparecidas Y Claudio, en la última noche, con su traje de labriego y su escopeta mayorazga, hizo guardia en el jardín, como un Don Quijote suspicaz que vela por el honor de su linaje. 0 h Dios! ¡Qaé espanto, qué cólera, qué estupor! Por la ventana del cuarto de su hija saltaba un hombre desesperado y audaz, sollozando como quien se va del mundo. Claudio gritó de asombro, aunque estaba allí previniendo el suceso, sospechándolo, negándolo Amartilló la escopeta, y apuntó al bulto que se deslizaba entre un rayo de luna. Desvanecióse como un fantasma hundióse en aquellas sombras de la casa antigua, que tenía habitaciones subterráneas y escondidas. Claudio bajó las escaleras también; echó llaves y cerrojos en las viejas puertas; encima de su cabeza crujían los maderos al peso de las cosechas encerradas; más allá las bestias de labor alzaban un rumor sordo de inquietud en el caliente establo. Y al subir Claudio las escaleras, pálido como un muerto, una nube de humo le envolvía A poco, la llamarada espantosa se lanzó al espacio; tendióse como una cabellera inmensa sobre los graneros henchidos; envolvió á las pobres bestias, que lanzaban gritos casi humanos en su impotente desesperación; rugía la vieja casa como un alma profanada que se purifica en la catástrofe. Y del campanario vigilante de las monjas salió el primer clamor de alarma, que estremeció al vecindario. Nada quedó de aquella parte del hidalgo solar. Escombros que humeaban, ruinas ennegrecidas, riquezas carbonizadas, bestias abrasadas cuya carne hedía. ¡Bendito Dios, cómo se olvidan las cosas! Tres años después, Beatriz reía oyetido hablar á su hijo bajo la afiosa parra, en el huerto soleado que detrás de la casa se extendía. Claudio y Alfonso bebían su vino viejo en cuencos verdosos, como dos pacíficos labradores fortalecidos á la intemperie. Hablando de sus cosas, recordaron el incendio aquél que en el otro pueblo, en la otra casa, sirvió de antorcha nupcial. -iQué mal olían las ratas quemadas! Toda mi vida llevaré ese olor dentro de mí, -dijo Alfonso acariciando á su hijo. Y Claudio, impulsado por la expansiva oleada del vino, agregó con una. sonrisa glacial: ¡Olían mal ¡Sobre todo una condenada rata que se escapó del cuarto de ésta y se escondió entre el fuego. Beatriz dio un grito y cogió á su hijo como para librarlo de la muerte. Miró con espanto á su padre y á su marido; un color de cera pálida se fijó en su cara y en sus manos y ya no se rió nunca, nunca, como ai el profundo tedio de la vida la matara, como mató á su madre. JOSÉ N O G A L E S DIBUJOS D I MBNDBZ BRINDA