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lí ¿Al KAN los doa líltimos mayorazgos do la bierra. Olaudio y Alíüutio vivieron siempre en pueblos cercanos, y se querían; como que habían estudiado juntos algo de Humanidades en el antiguo seminario déla jurisdicción exenta. En ellos se extinguía una leyenda y un vínculo; en ellos acababa una estirpe de hidalgos, no suntuosa, sí aferrada á la tradición délos siglos y al prestigio de la sangre. Y ambos sintiéronla abrumadora tristeza de las cosas que mueren, el tedio infinito de las i ieas sin realidad, secas y volanderas como las hojas en otoño. Pusieron entre su amor á lo viejo y su horror á lo nuevo la mansa ocupación del labrador del campo; y en sus casas grandes y sombrías, perfumadas por el olor del heno, alzóse de la mañana á la noche el trajín campestre, presidido señorilmente, patriarcalmente, por aquellos mayorazgos austeros y sencillos como pastores. En el viejo solar de Alfonso languidecía como flor extraña su hermana Isabel. Algo como la conciencia de su esterilidad iba poniendo el color de la cera en sus manos hidalgas y un velo apacible de monástica serenidad en su cara de mujer resignada y humilde. Algo retenía en el mundo su carne mortal: decían que suspiraba por el convento como por un sepulcro ignorado y piadoso donde dormir siempre Y acaso por sentir este anhelo fué su estremecimiento de protesta, fiera y altiva, m a í momentánea, el día: en que Claudio vino á arranearla de todos sus sueños diciendo al amo, al jefe del hogar: -Dame á tu hermana. Y con súbita alegría de lo inesperado, Alfonso cogió la mano de Isabel, y poniéndola en las de su amigo, dijo: -Tuya es en el Señor. Sintióse Isabel tan empequeñecida, tan insignificante, tan cosa, en medio de aquellas rudas vejeces en que se moría de tedio, que no luchó por reclamar la libre dignidad de su naturaleza y de su vida. Era la siervade la extirpe extinguida, del vínculo moribundo, de la tradición de una casa de hidalgos fieros y voluntariosos, que disponían de las hembras para sus entronques y reparos. Y al llevarse Claudio á (sabel, un galán no hidalgo, peto rico en dones de juventud, desertó del siglo, entró en el Seminario y echó sobre el corazón batallador y ciego el peso frío de un hábito sacerdotal. Se habló mucho de esto, y Claudio é Isabel fueron infelices. Murió Isabel no se sabe de qué enferpiedad; seguramente de hastío, de aburrimiento de la vida, de perezosa y callada servidumbre ÍDejó una niña, que fué como dejar una claridad én aquél hogar sombrío! Se líamába Beatriz, como una de sus abuelas. Y ésta sí que, nacida á la nueva luz del mundo, se resistía, protestaba, quería agrietear más el edificio tranquilo, semejante á una tumba. Era aún cuando jugaba libre y señora en aquel corralón obscurecido por altos murosy por la sombra de la vecina iglesia; los árboles, buscando el sol, crecían delgados como cipreses, y allá, no lejos, dominando el jardín, se alzabael campanario del convento cousu celosía de ladrillo, parecido á un palomar. -Quizá iré allí... -pensaba la criatura; algo había oído en sus horas tristes. Y súbito, con verdadero arranque de rebeldía- mordía los frutos verdes, que nunca maduraban, de su jardín sombrío; aspiraba á pleno pulmón el aroma, de la hierba seca amontonada en sus trojes; esparcía su estruendo de pájaro enjaulado, su vistoso revuelo de juventud hen chida de savia, y como los troncos de los frutales al llegar la primavera, sentía correr por sus venas la goma perfumada con que se incensaba el mundo. jAh, qiió inquietud para el entristecido mayorazgo! Aquel último brote del árbol secular, antes que nutrirse