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Era la primavera pasada. Eecién llegado yo á Barcelona quise, con el cumplimiento del deber, satisfa cer una justa y natural curiosidad. Hablar con Verdaguer. Una clara y serena mañana enderecé mis pasos á la calle de Aragón. Entré en el número 273. La portera me dijo; -A l l á arriba, en el cuarto. piso. -Subí, subí ¡Qué alto vive el geniol Poco después encon trábame frente al esclarecido autor de la Can ons de Montserrat. Quedé sorprendido. Orel, despees de tsn penosa ascensión, hallarme con un ingente picacho de los Andes hundiendo su cresta de roca en las llamaradas del sol, y estaba frente á uno de aquellos serenos y cristalinos lagos de Piedra que aduerme la caricia de los desmayados sauces. Me recibió en pie; tendióme afablemente las manos; me miró como á un antiguo conocido con aquellos claros ojos, pedestal de una frente de donde ha afluí do la más intensa poesía lírica de nuestros tiempos, de aquella tierna poetía que sabe decir: MOSEN JACINTO. VERDAGÜER Vosaltres, gentils Roses, d nna ullada de sol filies hermoses. i A otra noche se me acercó Eamón Turró, un Recto de cuerpo, al que cubría la negra y severa sowAl notable escritor de aíma bien templada, y tana, apacible de gesto, parco de frase, resignado de me, dijo: actitud, viéndolo peneé: ¿Qué ha podido hacer este- ¡Esto no debe se? Mosén Cinto, como le llama lo hombre para que le persiguiesen como á una fiera? poblé cátala, se muere en la miseria. Ese doler me ha Luego decía con palabra lenta: llenado el corazón, y no puedo más y se desborda- -No me pida usted nada para publicarlo. En casTurró entonces dejó salir de su boca un torrente tellano no sé escribir; en catalán, mire usted, acabo de palabras iluminadas por aquellos ojos brilladores de publicar ese libro, pero cada día puedo escribir y entorpecidas por el hipo de la indignación. Me con- menos. ¡Vivo y no vivol Aquí, entre mis libros y tó una historia amarguísima. mis penas, paso todas las horas. Allá abajo suena Verdaguer, el inmenso autor de La Atlántida y de constantemente el ruido ensordecedor de la gran ciu Can gá, estaba enfermo, gravemente enfermo. Las pe- dad. Huyo de él, me recojo aquí, á solas con mis renas le habían caído encima como una lluvia de plomo cuerdos, pensando en la hora en que Dios me llame, derretido, destrozando su débil naturaleza. Allá en su rodeado de mis libros, al pie de esa grandeza, de ese nido, que parece, por lo alto, colgado del cielo, no ha- refugio del pecador, el santo de mis adoraciones bla más arrullos que los del cariño. Era una soledad Y Mosén Cinto extendió su mano, señalándome á de las bienandanzas materiales déla vida. San Juan de la Cruz, que parecía presidir aquella ¿Oómo tenerlas? Su existencia deslizábase silencio- quietud de celda, aquel silencio de vida en reposo. sa, arroyo bajo césped, más pobre que la de un obrero Pensaba en ese cuadro de serenidad, en ese Berenmísero. Mermado el beneficio que le otorgase el obis- guer de Palou en su aspecto de hombre dulce, cuando po Cátala, disfrutaba una renta de ¡cuatro dures men- recientemente un médico ilustre, Rodríguez Méndez, suales! Con esto y la misa y algún funeral, arrastraba decíame: la vida el gran poeta, tan azotado antes por el ven- -Realicé un acto de valor al firmar la declaración daval desenfrenado de las injusticias de los hombres. de qne Verdaguer no estaba loco Había sido un perseguido, un martirizado. En aquella existencia todo era hace años mate y sin perfume. Porque España entera lo sabe. Contra Verdaguer Es decir, sin perfume no. El aroma sutil y penetrante de sus tiernas estrofas llenaba aquel páramo de la sonóla campana JHóworoito tocando á rebato, dándose existencia del cura, como perfuma el romero los pe- motivo á que el buen Turró se viniese á mí indignado la otra noche á contaime que el eximio autor de Aires druscos de la áspera sierra... Sin embargo, los versos llevan á presidir Juegos dí- l Montseny moría en la miseria, con la máquina orgáflorales, pero no amasan pan, que es de lo que vive nica deshecha por haber cruzado al través de la ingrael hombre, ni traen de la farmacia medicinas, que es titud y la perfidia. Y con el bulen Turró sé ha indignado al oirle Barlo que alivia el mal cuando no cura el cuerpo. Y Mosén Cinto estaba muriéndose, muriéndoae, sin más ca- celona entera, que ama al cantor de sus montañas, á aquel humilde cura que todas las mañanas salía de pital qne el de ¡lo pesetasl cuando cayó en cama Turró se indignaba, se exaltaba, revolvíase contra decir su misa en Belén, repartiendo su pobreza, con loa amplios manteos recogidos, camino de la calle de el destino. ¡Esto no puede ser, no puede serl Es una tremen- Aragón, obscurecido y dulce, deslizándose como una da vergüenza para todos. Yo he salido irritado de la sombra de constantes dolores de la vida casa esta tarde. Abajo, la listarse llena de nombres. DAEÍO PÉREZ Desfila por aquel portal lo más lucido de Barcelona, y él entretanto se muere sin quejarse, sin maldecir, reDIBUJOS DE APELES zando, como un alma ganosa de tender el vuelo á más puras y justiciaras regiones BARCELONA Es verdad. Verdaguer no ha exhalado una queja. Parece como que sus labios han repetido sin cesar aquellas palabras bíblicas: No penséis que yo os tengo de acusar delante del Padre; hay quien os acusa, Moisés, en quien vosotros esperáis Así es el hombre, así es el santo. Así me lo pareció ya la primera vez que hablé con él.