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SEVILLA EN PRIMAVERA líTÍ BViLLA I Primavera! Perdonen ustedes la redundancia. Difícil cuando no inútil trabajo ea el de escribir este articulo. Difícil, porque ¿cómo dar idea de la primavera en Sevilla ó de Sevilla en la primavera á qui n no la haya visto nunca? Inútil porque á quien la haya visto alguna vez, ¿qué falta le hace el recuerdo si no lo conserva en el corazón? Y menos falta le hará si lo conserva. Dice Pérez Galdós, por boca de una señora muy guapa y muy lista, que quien entre en Sevilla como si entrara en Pinto, es un bruto. Y decimos nosotros, por boca también de otra señora muy lista y muy guapa, que quien salga de ella sin emoción y sin cariño, es todavía más bruto. Bien se le puede espetar la maldición de aquella gitana á un inglés que, después de escucharle la buenaventura, renegó de Sevilla: En er contado der gas te veas, y de ayí no sargas ni los domingos! iSevilla I Primavera! Figúrense ustedes una mujer joven y bonita, de cara alegre y cuerpo gracioso, que se asoma al balcón por la mañana, de trapillo Esa es Sevilla siempre. Figúrense ustedes la misma mujer, tan bonita y tan joven, tan alegre y graciosa, echándose á la calle con los trapitos de cristianar, bruñida desde el moño hasta el pie... Esa es Sevilla en primavera. Cuando quiera que se la visite se la hallará risueña y hermosa, jovial, atrayente y simpática. Compuesta como para ir á los toros, en Abril y Mayo nada más. Igaal que sus mujeres, no se emperejila sino cuando repican gordo. Y en la vida, el repique general es en primavera. II El cielo resplandece de alegría, azul y diáfano; el sol hiere con viva luz las paredes de la población, recientemente enjalbegadas; las calles aparecen más limpias que nunca; las aceras, aljofifadas por manos cuidadosas, brillan como espejos; en las azoteas y en los patios brotan con profusión rosas y claveles; en los paseos y plazas, el azahar délos naranjos asoma blanco y puro; en los huertos, las plantas y las flores compiten en vigor y lozanía Una brisa templada y sana, llena de olores, invade la ciudad Es el aliento de la primavera que suspira con deleite cuando llega á Sevilla, tierra de su predilección. La gente se alboroza, se alegra más que de ordinario, se uita afios de encima El cuerpo sacude y echa fuera todos los achaques del invierno y siente la dicha de vivir ¡Salud y alegría! Lo que más vale, porque es lo que pasa más pronto. III Hombres y mujeres de todas partes llegan á la ciudad con algazara de mil demonios. Las fondas y casas de huéspedes tienen que poner el completoi como les tranvías: rebosan carne humana hasta por los pretiles de las azoteas. Individuo hay que paga tres duros diarios por dormir en trapecio. Bara es la familia que no aguarda también algunos forasteros, generalmente de su propia sangre. Un coche se para de pronto anta la puerta de una casa particular. En la casa, al sentirlo, parece que ha ocurrido algo gordo. Quién se asoma al balcón loco de alegría dando gritos; quién, porque le coge en la azotea, quiere prescindir de la escalera y tirarse á la calle para llegar más pronto; quién no prescinde de la escalera y lo pasa peor; quién llama á voces á un individuo áe la familia que está oculto- Juan! Juan! Ahí está Juan! -gritan las personas mayores. Tito Juan! tito Juan! -repiten los chiquillos de la casa. -jBr señito Juanl er sefiito Juan! -dicen las criadas locas de júbilo. Al tumulto, el gato, que á la sazón duerme en la cocina, despierta malhumorado y se despereza, elevando la parte posterior de su individuo hasta una altura inverosímil. Vaya! -piensa sin palabras, -vamos á ver á Juan. Y se dirige á la cancela con paso perezoso. La familia se encuentra ya en medio de la calle estrujando y chafando á fuerza de apretones á Juan, que viene negro como un chorizo (con cierto desencanto de todos) y que, en honor de la verdad, á juzgar por el físico, no responde al éxito alcanzado.