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Y no era yo muy medroso AI ci trario: más malo que un cabrito; siemj enzarzao en peleas y metiéndome á cer hoaobrás fuera e tino y hora, tiran pedrás al mesmo sol y rompiendo crisma á zagalones que me ye vaban la caeza de altos. Pero elante tía Tecla me entraba un canguelo, que se me quitaban el habla y la acción. Era como aquel que ve una serpiente desmesura, y en igual de echa á correr se quea quieto, esperando la morder ra Tía Tecla me encantaba con los ojos é basilisco que siempre me estaba flechando; y es que por los ojos aquellos salía un aborrecimiento tan de aentro de la entrafia, que me parecían las hojas e dos puñales metiéndoseme por el corazón á partírmelo. Como me la echaba de guapo, vergüenza me daría de ecirle á madre que tenía un miedo tan horroroso; pero juraría que á ella la pasaba otro tanto, proecilla! y cá vez que yo me apartaba un minuto, andaba buscándome t o d a angustia. Por aquel entonces hizo mi agüelo una cosa ná buena, y lo digo aunque sea faltar y parezca ingratitú, porque la g e n t e de malos hígaos se güelve repeor cuando la esesperan con demasía poca justicia. Pues el agüelo, ¡Dios le haya perdona ¡sintiendo que le pesaban los años, llamó á un escribano y dispuso de cuanto tenía: el huerto, los trastos e la casa y la labor, unas tierras y tó en favor mío. A los chicos e tía Tecla, ni ésto. ¿Verdá que es pa irritar? Yo no me enteré, y aunque me enterar, se, ¿qué entiende un chico? Lo único, que tía Tecla se puso más feroz, y cuando me encontraba solo paecía que i atentaba espea: zarme. ¡Qué lástima que me dan los que pasan miedol El miedo es coperdl el comer y me entró calentura. Era una murria, que tó el día me lo lumbre cerca el fogón. Estío era, y y aquello venía e la húmeda de la cequ madre me armó una especie e cama con un coJclion de percal, y de allí costaba trabajo Siii arnii. ayuelo jnraliu i ¡ue una bruja me había hecho mal de ojo. Pué que sí, que los ojos suelten veneno. No sentía miaja e alivio, cuando un sábado, ¡qué día tan seflalao! mi madre puso el caldero e la lejía á hervir. Mientras cocía el agua, mi madre aclaraba en el patio. El agüelo se había ido fuera á tomar sol. Y cátate que uno de los chicos de tía Tecla, Eoquillo, el mayor, que era de mi edad y se espepitaba por mí, viéndome acostao con la cara tapa por la colcha, me sacudió y me dijo: Matías, ¿sabes que ha parió la perra? ¡Seis cachorros tiene! y está tan celosa, que no me atrevo á cogerle uno. ¿Te atreves tú? Yo he tenío siempre la debiliáde que cuando me preguntan si me atrevo, me atrevería me paece que á encararme con Dios. Contestó ahora mismo y salté de mi colchón. El chico- -no sé por qué; ¡las veces que he pensao por qué pudo ser aquéllol ¡cosas de la suerte del hombre! -va y dice: Pues yo, pa que no nos escubran, aquí en tu sitio me escondo. Y se cuela en mi cama, y sube la colcha como yo, igualito Voy al cobertizo, me yego á la Pulía, me enzarzo con ella, me clava los dientes en este brazo, me saca un peazo e pellejo, ¡lo que son las madres pa defender la cría! -agarro uno e los perriyos, ciegos aún, un canelo precioso, cierro la cancilla y á escape me vuelvo á la cocina. En la puerta me paro clavao de susto; ¡tía Tecla estaba ayí! Me quedo estatua. Con la perra, bueno; pero con la mujer Y así, agachaito, la veo que tienta en mi cama, -y el primo callao. Entonces, ¡Virgen los Llanos! la veo que agarra por las asas el caldero e la lejía, hirviendo á tó hervir, que lo alza en peso, que se vuelve, que se acerca á la cama, y que de pronto ¡zas! lo suerta encima de golpe ¡Si viese usté lo que pasó antes de morir aquella criatura, escalda viva! Y ahí tié usté por qué luego he creío que lo que está de allí- -añadió Matías con relampagueos de espanto en las papilas al recuerdo de la tragedia. EMILIA PARDO BAzlíT DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINSA 1