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nOP S i nüEBLES L BOREVCíJSíCOMCUKVO FECÍEHÍMGS rsecadencia de la seda; esplendor del terciopelo y del paño. El problema de las mangas. -La palpitante cuestión de los i m ñ o s b a j o s y de los cuellos altos. -Joyeros que son modistos y viceversa. -Botones artísticos. -El papel de cartas, la tinta y la pluma. OS oráculos de la moda han hablado, y por únasela vez han estado unánimes en condenar y reprobar con la mayor energía el uso de la seda con apresto (paño de Ly on, moaré y sus variedades y afines) para los vestidos de calle y de visita. Después de maduras reflexiones, se ha caldo en la cuenta de que la seda, y en particular la seda chirriante y aparatosa, era una tela demasiado solemne, excesivamente teatral y entonada para estos tiempos en que la más refinada forma de la elegancia consiste, si no en la llaneza, sí en la mayor sencillez, en la ausencia de pretensiones y de orgullo. El nefando paño de Lyon, el decorativo raso maravilloso, el architieso moaré, quedan y deben quedar desterrados para siempre. Por el contrario, el bnen gusto y las aficiones artísticas de la aristocracia actual han dado la primacía en los vestidos callejeros y de visita al pafio y al terciopelo, pero, entiéndase bien, no al pafio recio de angulosas líneas, ni al terciopelo duro que en dalmáticas y briales se llevaba en los tiempos de Maricastafia. Nada de eso. Los pafios de moda son sutiles y ligeros, como la muselina y los terciopelos que durante el invierno han imperado en París y en Londres, terciopelos blandos, sin apresto, telas inimitables para avalorarlas bellezas de la línea. En este punto prosigue felizmente la tendencia, de la mí jorley estética, á que las telas modernas imiten en lo posible loe zafíos moja dos de la estatuaria clásica. Tal sucede con ¡os terciopelos obscuros moteados ó listados de blanco plata ó gris acero, que han hecho furor. Entrada ya la primavera, estas telas ceden el paso á los delicados crespones cbinescos, y ya nos encontramos sujetos nuevamente con el mayor gusto al despotismo de la muselina de seda, que parece nacer todos los afios con los pétalos de las primeras flores silvestres. En estos primeros días de expansión y alegría primaveral, pasadas las negras severidades de la Cuaresma, una verdadera, simpática y mareante tempestad de fulares, crespones y muselinas multicolores ha pintado y llenado de luz los coches abiertos en la Castellana y los palcos y delanteras de grada en la Plaza de Toros. 9 Vuelve, con motivo de la llegada de la primavera, á ponerse á discusión el importantísimo problema de las mangas femeninas, no resuelto sino á medias y con notables discordancias y diversidad de criterios desde que se abolió el régimen de las mangas de globo, vulgo de jamón. Anotemos á título de curiosidad que aquellas mangas vuelven á presentarse en el mundo en la forma más disimulada. Cojan ustedes una manga de globo de las más exageradas y vuélvanla del revés, es decir, poniendo en los hombros la parte correspondiente á los puños, y en loa puños el inmenso vuelo que antes iba en los hombros, y tendrán ustedes una idea de lo que son las mangas de moda. Existen también muchas partidarias de las mangas ajustadas, aun cuando no sean demasiadas las audaces que osan prescindir de algún buUoncito ó expansión de tela, ya en el codo (manga Luis XIII) ya en la muñeca ó en cualquier región del antebrazo. Otra cuestión importantísima se debate con verdadero apasiouamiento en estos días, y de su resolución eitá pendiente nuestra tranquilidad de maridos, padres, hermanos ó novios. Tal es la magna cuestión de los moños bajos, que se imponen cada vez con mayor insistencia, y de su adaptación á los altísimos cuellos con que nuestras contemporáneas gustan de ocultar los que Natura les concedió. Kl problema es bastante más difícil de resolver que el de la navegación aérea, ya casi concluso y terminado; porque, en efecto, no hace falta ser nn lince para echar de ver la absoluta incompatibilidad del peinado bajo con los empingorotados cuellos. ¿Quién no reconoce las excelencias del peinado bajo? El peinado bajo modela perfectamente la cabeza, deja adaptarse á ella todos los modos y formas de sombreros y tocados; es el peinado griego y latino, el propio de las razas artísticas. Pero, al propio tiempo, el peinado bajo necesita, exige que el cuello de la interesada quede