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-Pero ¿qué ocurre? -la pregunté. ¡Eso digo y o! -contestó miss H e a v y ¿Qué ocurre? Antes Jorge e r a m u y cariñoso, m u y atento conmigo; ahora no hace m á s que most r a r m e despego y desvío. Ño es el mismo hombre; siempre taciturno. Ya n o h a b l a n u n c a de nuestro enlace, h u y e p a r a n o verme y esto no p u e d e ser no jjuede ser. ¿Y desde cuándo es ese cambio tan grande? -Desde este invierno. K o dude ust e d que algo muy extraordinario pasa en su vida. jQué diferencia cuando n o s veíamos en el laboratorio de míst e r AVheel! ¡Ali! ¿se veían ustedes en el laboratorio? -Sí, señor. Yo creía que usted lo había sabido y por eso hizo aquella alusión la otra mañana. ¿y a h o r a no se ven ustedes en ese sitio? ¡Oh! n o sefior. Hace m u c h o tiempo. A la h o r a del té volvimos todos. Jorge no h a b í a parecido. Mr. Wheel, que se había quedado en la casa dando la última mano á s u s preparativos, nos anunció que ya estaba todo dispuesto p a r a las pruebas, y que en cuanto se presentase su sobrino, por la primera vez en su vida le iba á pegar u n a paliza. Mistress W h e e l a u n q u e m á s agitada aún que su inarido, procuró calmar á éste. Aún no habíamos concluido el té, cuando sonó el timbre de la calle. -E s Jorge, -dijo la esposa del sabio; y salió de la habitación. Pero á los pocos m i n u t o s volvió á entrar sola y con u n a carta en la mano. -U n mensajero h a traído esto, -exclamó entregando la carta á su marido. (Sabido es que en Inglaterra n o se reparte correo los domingos, y hay que servirse de mensajeros. L a carta era de Jorge, y decía así: Querido tío: Vine esta m a ñ a n a á I ondres, creyendo poder regresar en seguida. Desgraciadamente, el asunto que m e h a traído se ha complicado, y no podré volver en todo el día; acaso h a s t a mañana. Deploro no poder asistir á los experimentos. Sin embargo, cuando nos veamos explicaré á usted lo sucedido, y m e perdonará. -Jorge. t Se hicieron m u y diferentes comentarios acerca de esta carta; pero al concluir el té, Mr. Wheel se levantó de su asiento, y manifestando que pot u n a informalidad de su sobrino no íbamos á cambiar en lo m á s mínimo el programa propuesto, nos invitó á pasar con él al laboratorio, que era lo que todos deseábamos con impaciencia. Mistress Wheel se excusó con nosotros diciendo que tenía que hacer los preparativos de la cena, y se retii- ó. Y a en el laboratorio, el sabio nos mostró en uno de los departamentos u n cuadro á modo de espejo, colocado cerca de u n a de las paredes. La luna, en vez de cristal, era una plancha de aspecto metálico, de color gris ceniciento mate, y tendría como 90 centímetros de alto por 60 de ancho, con un marco de roble. -Esta- -nos dijo Mr. AVheel- -es la lámina receptora ó cerebral donde v e n d r á n á pintarse las imágenes. E s sumamente tenue, y á ella vienen á parar este sinnúmero de alambres que ven ustedes detrás, primero algo. separados, y que luego van j u n t á n d o s e h a s t a formar un cable grueso. E s t e va á parar, dando rodeos, á la p a r t e más lejos de la casa, al otro lado del jardín, á u n a habitación trasera, junto á las cuadras. Así lica y en el papel, son de las que me apodero y refuerzo transformándolas en ondas sonoras perceptibles, que serán reproducción de las que llegaron al papel; es decir, que esta bocina d a r á los sonidos ó palabras que delante de la carta se hayan producido. E s inútil que moleste á usted ahora con prolijos detalles técnicos ni con cálculos minuciosos, pero creo que habrán apreciado lo más fundamental del aparato, y ya verán ustedes después cómo funciona. Ahora estoy discurriendo el ponerlo en comunicación con el de la transmisión de las imágenes á distancia, formando un solo instrumento, que llamaré el Diafotófono. No es posible describir la impresión que nos produjeron las explicaciones del sabio. Todos estábamos estupefactos y rabiando por ver funcion a r aquellos aparatos. -Pues vamos á empezar, señores. Esperen un momento, que voy á poner en función la pila termoeléctrica. Pasó Mr. Wheel al departamento próximo, dejando sobre u n a mesa la carta de su sobrino Jorge, que hasta entonces había tenido en la mano. Una idea cruzó rápida por mi pensamiento, y apoderándome de la carta, abrí la caja reproductora de sonidos y coloqué aquélla sobre la memb r a n a metálica, procediendo en todo como nos había explicado Mr. Wheel. Oprimí el botón, manteniendo la presión con el dedo, y á los pocos instantes percibimos una especie de silbido que brotaba de la bocina, y después una serie de sonidos perfectamente articulados, pero de los cuales no pudimos entender nada. Repetimos el experimento, y no había duda, la bocina pronunciaba una serie de ¡tintamente, pero que no hacían sentido a una cosa como ésta: fonógralo. Ah! -me contestó en seguida Mr. Wheel- -es el aparato p a r a revelar los sonidos que se hayan producido delante de unas hojas de papel. E s t a caja se abre. Vea usted. E n el centro hay una m e m b r a n a metálica donde so coloca la carta extendida. E n el fondo y en la tapadera de la caja van dos electroimanes, uno en cada sitio. Comprimiendo este botón del fondo, pasa una corriente, los electroimanes se hacen activos, pero uno es un poco más potente que el otro. La corriente cambia eir seguida automáticamente de sentido, y el electroimán más débil se hace m á s fuerte, y viceversa. Estos cambios rapidísimos pi oducen u n a serie de ondulaciones y de interferencias en los campos magnéticos que comunican una especie de animación á las m e m b r a n a s y al papel. La m á s insignificante inflexión en éste ó facilidad p a r a vibrar de una manera con preferencia á otra, hace que en dicho sentido se acentúen las vibraciones de la membrana metálica. Pues bien; si el papel ha vibrado antes por la acción de fuertes ondas sonoras, le queda m á s facilidad p a r a vibrar repitiendo estas mismas vibraciones que cualesquiera otras; le queda, diríamos, memoria de aquella vibración; y por u n proceso algo semejante al que debe tener lugar en el cerebro para reproducirse los recuerdos, esto es, para reproducir cerebralmente algo antes experimentado, el papel y la membrana acentúan sus vibraciones en la disposición que vibró antes el papel cuando pronunciaron cerca de él palabras. De estas vibraciones diferenciales, dominantes en la membrana metá w ¿sut nevris et euq ed sárev ay. sav et ocsahc neub. he dado al cable la mayor longitud posible dentro de mi domicilio. E n la dicha habitación trasera está la lámina impresionable que hace de retina, y de cuya composición también h e hablado á ustedes. l Iás tarde la veremos. E n el mismo laboratorio, en el departamento que se halla detrás de éste, tengo u n a batería termoeléctrica que está en conexión con el cable, y que funciona con una lamparita de petróleo. Cada hilo del cable es doble y va perfectamente aislado, como en los carretes de Eumkorff, y sólo en la función en que se dO blan formando asa al unirse, tanto á la plancha impresiona ble como á la cerebral ó receptora, quedan descubiertos. De este modo, cada doble alambre constituye Un circuito eléctrico independiente. H a y otros detalles técnicos que irán ustedes viendo sucesivamente. En la pieza donde está la lámina impresionable hay luz eléctrica, que se puede encender y apagar desde aquí; y he preparado varios objetos para que los vayamos viendo aparecer aquí unos tras otros retratados en esa lámina como en u n espejo, conforme vayan presentándose delante de la jilaucha impresionable. ¿Le ha ayudado á usted Jorge en la instalación? -isregunté. -No. Jorge no sabe una palabra de la naturaleza del experimento, ni de cómo j dónde h e dispuesto las cosas. Quería sorprenderle é impresionarle á ver si la intensidad del efecto le hacía atractivos estos estudios, por los que no tiene Todos los presentes nos miramos unos á otros como alelados. ¿Qué lengua es esa? -preguntó Mr. Heavy. -No lo sé- -contesté yo; -pero la verdad es que el aparato ha hablado, que es lo maravilloso. E n esto entró Mr. Wheel diciendo: -Ya está en marcha la pila termoeléctrica. ¿Pero qué está usted haciendo? Le explicamos lo ocurrido, y se echó á reir de muy buena gana. -Eso me sucedió también á mí cuando construí el aparato, y m e hizo rabiar mucho. E s sencillamente que h a puesto usted la carta apoyada por la cara que no debe ponerse. Vuélvala usted y repita la operación. Así lo hicimos, y la bocina pronunció entonces clara y distintamente las siguientes palabras: Buen chasco te vas á llevar. Ya verás de qué te sirven tus invenciones. ¿Jorge h a dicho eso? -gritó Mr. Wheel con los ojos inyectados de rabia. ¡Es imposible! Pero el experimento volvió á repetirse con idéntico resultado. L a rabia del sabio no era para descrita. Nos costó mucho tiempo y mucho trabajo el calmarle. ¿Pero qué significa esto? -preguntaba.