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t r 7 ti siempre y se lo disculijahíi todo, achacándolo a travesuras de muchaclio. Mas ci coió, KÍII corregirse, y daba muestras de ser de peor Índole cada día, mostrándose ingrato, sin afectos y sin aprensión por nada. Una tarde me hallaba con Mr. AMieel paseando por la terraza de Richmond y contemplando el paisaje delicioso que desde allí presenta la vallada del Támesis. En el río, que forma por aquella parte una curva majestuosa, se reflejaban, como en un espejo, las colinas cubiertas de árboles con todos los matices del verde, las nubes teíiidas de púrpura y el fondo azul del cielo, líl esi) ectáculo era soberbio. Acompañábanos JMr. Heavy, un comerciante de la City, ignorante á carta cabal, i) ero que se liabía hecho rico vendiendo en comisión, con lo cual se podía dar ya varios lujos, entre ellos el de codearse con gente de viso y el echárselas de erudito y de entendido en todo. Hicimos algunos comentarios sobre las bellezas del paisaje, y al tal sujeto se le ocurrió decir: amos, que si existieran ondinas y nereidas en el fondo del río, como creían los antiguos, esta tarde gozaban de magníficas vistas. -Pues no verían nada, -obser ó Mr. Wheel con alguna dureza. ¿Cómo que no? -respondió el comerciante. ¿Me quiere usted decir que ese magnífico conjunto que aparece en la su- perficie de las a g u a s como en un cuadro, no se verá también. desde allí dentro, desde el fondo, siendo las aguas transparentes? -Usted sabe mucho de coJiiercio y de otras cosas, i Ir. Heavy, pero no se ofenderá usted si de esto le puedo dar algunas lecciones, -contestó míster Wheel. -Sepa usted que si nosotros vemos reflejadas en las aguas todas esas cosas, colinas, casas, nubes ó porciones del cielo, es porque rayos luminosos procedentes de todos esos objetos se reflejan en la superficie de las aguas, y al llegar á nosotros, después de la reflexión, nos dan la imagen de los mismos objetos. Pero un observador colocado detrás de la superficie de reflexión no verá nada. De modo que sus ondinas y nereidas, Mr. Heavy, no disfrutarían de ese cuadro magnífico que desde aquí le parece á usted se halla en el seno del río. ¿De modo que esos rayos luminosos llegan al agua y se reflejan en su supei- ficie, y siguen después su camino por fuera, sin dejar allí huella ninguna? -Exactamente. -Pues cuando llegan á una placa fotográfica, sí dejan. -Tiene usted razón. Pero eso es porque la placa está cul) ierta de sustancias químicas sensibles á la luz. ¿De modo que para que las ondinas pudieran ver dentro del agua las imágenes de los objetos que se reflejan en su superficie, se necesitaría que las aguas fuesen sensibles á la luz, como la placa fotográfica? -Justamente; pero son precisas también otras condiciones. La placa tiene que estar en una cámara obscura. En el río, y para el servicio de las ondinas, habría que llenar condiciones semejantes. El tema se iba haciendo muy profundo para Mr. Heavy, y varió de conversación. Soté, sin embargo, que desde aquel momento Mr. Wheel habló muj poco, y me pareció muy preocupado el resto de la tarde y toda la velada. Aquella noche, el comerciante, una hija de éste y yo, fuimos huéspedes de nuestro sabio amigo, quien no permitió que regresáramos á Londres á hora avanzada. El cuarto que me destinaron estaba cerca del laboratorio. So tenía sueño, y me pasé leyendo una buena parte de la noche. Al fin apagué la luz y traté de dormir, pero no pude. Haciendo Calendai ios me hallaba, como se suele en tales ocasiones, cuando oí ruido de pasos en el corredor adonde mi cuarto y el laboratorio daban. Alguien atravesaba el pasillo y se dirigía al departamento de trabajo. ¡Bah! -pensé- -es el amigo Mr. AVheel, á quien se le ha ocurrido repentinamente alguna idea. Pero á los pocos minutos volví otra vez á sentir pasos en la misma dirección que los primeros, indicando que otra persona se dirigía también al laboratorio. Esto ya picó mi curiosidad; me levantó, y separando con tiento la llave, miré por el ojo de la cerradura de mi cuarto. El corredor tenía una ventana que daba al camino, y aunque con las persianas echadas, dejaba entrar alguna claridad, la suficiente para columbrar la puerta del laboratorio y ver que estaba ya cerrada. Tentado estuve de salir de un cuarto é ir á sorprender á Mr. AVlieel y al que con él tral ajaba á aquellas horas; pero consideré en seguida que era demasiada confianza, si no indiscreción manifiesta. Por otra parte, sentía curiosidad invencible por saber quién trabajaba con el sabio. En su consecuencia, decidí ijermanecer ele vigía. Pasó mucho tiempo, y ya me cansaba de la espera, cuando vi abrirse la puerta de enfrente y, uno tras otro, aparecer dos bultos. Al que pasó cerca de la ventana, aunque con dificultad, pude reconocerlo: era Jorge, el sobrino de Mr. Wlieel. líl otro bulto, que marchaba detrás y por la parte más obscura del corredor, pasó sin que pudiese ver quién era. Pero no me quedó duda de que era el dueño de la casa. Extrañóme el hecho, mas no teniendo nada que objetar vohí á la cama 5 trató de reposar hasta el siguiente día. A la hora del breakfart estábamos todos á la mesa: Míster Wheel y su esposa, Jorge, Mr. Heavy, una hija de éste y yo. Con el aire más indiferente del mundo hice una alusión ligerísima á los trabajos nocturnos del laboratorio; pero tan embozada, que no podía tener otro efecto, á mi ver, que llevarla conversación hacia ese tema. Ivoté, sin embargo, que Jorge me dirigió una ndrada exti- aña; al mismo tiempo, á Mr. AVheel, que estaba sirviendo el té á Mr. Heavy, se le fué la mano y derramó el líquido sobre éste; y la hija del comerciante, al ver aquéllo, dejó caer el cuchillo de la manteca y rompió su taza, con el estrépito consiguiente. Entretanto, Mr. Wheel me contestaba uuxy tranquilo: -Son muy contados los casos en que yo trabajo de noche en el laboratorio. lío conviene. Cuando á altas horas se me ocurre alguna cosa, la apunto en una pizarra que á ijrevención tengo en mi cuarto. Me callé, y no pasó más. Pero á la tarde, en un momento que pude hallarme á solas con Mr. Wheel, pues durante el día Jorge no me había dejado á sol ni á sombra, le pregunté en voz baja: ¿Pero de veras no ha estado usted anoche en su laboratorio? -No, señor. ¿Por qué me lo pregunta usted? ¡Oh! Por nada. Es que me pareció ver á usted tarde y noche muj preocupado, como si algo le trabajara el magín, y al verle á usted tan jovial y tan tranquilo, creí que ya liabía usted resuelto el problema que le inquietaba, y por el que acaso había usted estado trabajando mientras los demás donníamos. -Pues sí; es cierto. Pensaba en una cosa, y creo que he dado con ella, pero sin necesidad, por ahora, de ir al laboratorio. ¡Ya verá usted! Entonces el preocupado fui yo, y al re, gresar solo á mi bairio de Earlí Coui- t, no pude menos de preguntarme repetidas veces: -Pues señor, ¿qué hacía Jorge á esas horas en el laboratorio? y, sobre todo, ¿quién era la persona que estuvo allí con él? H Era menester prevenir de algún modo 3 en seguida á Mr. A heel. Escribíle citándole á mi casa. Acudió al día siguiente, y antes de que yo empezara á hablarle, me dijo: -Ya sé lo que usted quiere: saber qué es lo que ahora traigo entre manos. Le ha picado á usted la curiosidad, y no estará usted tranquilo hasta satisfacerla. A oy á complacerle. -Muchas gracias. Yo tengo taniliién algo que decirle á usted. -Sí; ya sé que al mismo tienipo que escribía usted su nota citándome para boj- hablaba usted alto y decía: Es menester que mi amigo sepa lo que pasa de noche en su laboratorio. ¡Qué! ¿Cómo? ¿quién le lia dicho á usted eso? -Usted mismo. ¡Pero si yo no he escrito nada de eso en mi carta! -Ya lo sé. Eran reflexiones que usted hacía en alta voz al escribirla. -Es posible; mas esas reflexiones no iban en la carta. En todo caso, eran palabras que se lleva el viento. -Xo lo crea usted. Lo que uíted liabló delante del papel hizo su efecto, y la carta me ha llevado sus palabras al mismo tiempo que su escritura. ¿Cómo? ¡Es imposible! -So, señor. Ese es uno de nús inventos. Es muy útil, y sorprende, efectivamente. Yo me quedé estupefacto. Mr. AVheel ei a un Iiombre serio y formal. Xo hablaba en broma. Además, la i rueba que me daba repitiendo mis reflexiones, era concluyente. ¿Y era ese el invento que estaba usted madurando? Confieso que es diabólico. -Xo, amigo mío. Esto ya lo tenía resuelto hace tiempo. Lo de estos cíías es magnífico: más grande, más delicado. -Pero no puede ser más asombroso que eso de recoger y