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calle del Príncipe) olfateaba que contra éstos se estaba armando una formidable y nunca vista escuadra, que antes dé reunirse en Lisboa ya era llamada la Invencible. Con aquella masa enorme de navios 6 Í que no podrían nada el malditísimo Drake ni todos los piratas y corsarios de Inglaterra, hartos de saquear nuestros puertos y depredar nuestras galeras americanas. De aquella hecha, el escarmiento del Drake serla tremendo, el castigo de Isabel vergonzoso, la venganza de María Estuardo y de los católicos completa, el triunfo del papa Sixto V espléndido. De todas las bocas salían frases de esperanza; y tan cierta se contaba la victoria, que por una madrileñeria de aquel tiempo, á los tertulianos y paseantes de la calle del Príncipe se les ocurrió comparar á la escuadra, que en aguas de Lisboa se mecía ya, con la encopetada dofía Prudencia Grilo, y poner á esta señorita el mote de la Invencible. Ea lo uno y en lo otro se equivocaron los madrileños entonces, como en ocasiones más recientes y lastimosas. Poco antes de que ocurriese la funestísima desgracia que privó á la escuadra Invendhle de su almirante y á España de su más ilustre marino, de aquel rayo de la guerra que se llamó D. Alvaro de Bazán, el cual sucumbió en Lisboa á la vista de las naves que debió conducir á la victoria; pocos días antes de incorporarse á la escuadra de Castilla, mandada por Diego Flórez de Valdés, los muchos galanes de la corte que en aquélla se habían alistado, la invencible doña Prudencia había cedido á las amorosas instancias de un caballero que de mucho tiempo antes venía requebrándola y solicitándola con tanta finura como cauteloso disimulo. Nadie lo había sabido sino los dos amantes y la inevitable dueña que en estos casos interviene siempre; pero lo cierto fué que el galán penetró hasta el aposento de la señorita, donde nada pasó que no fuese honesto y cristiano, como no fueran los juramentos habituales entre enamorados, que aun cuando sean á veces juramentos vanos, Dios, por amor, los perdona. ¿Y cómo sabré de vos? -preguntó doña Prudencia. El galán miró en derrador suyo, y por primera vez pensó que el triunfo no era tan seguro como parecía, que quizás la muerte y la derrota estaban cercanas El momento era solemnísimo, grande el silencio, imponderable la emoción que el pálido rostro de doña Prudencia revelaba; el salón enorme, alumbrado sólo por un candelabro chico puesto sobre un vargueño, estaba poblado de sombras largas y temerosas que entenebrecían los grandes tapices colgados por las paredes y el repostero de damasco rojo donde exhalaba el último suspiro un Cristo italiano de dolorosíeima expresión, labios entreabiertos y sangriento costado El caballero palideció tanto como su amada, y eo voz queda y misteriosa no acertó á decir sino esto: -Si Dios es servido que yo muera en la batalla, estos tapices os lo dirán, y con ellos las gavetas de ese vargueño, y aun las cortinas de vuestra propia alcoba. Dijo, despidióse con breves razones y se marchó. Aquel mes de Junio pasó, y el de Julio y el de Agosto. Las noticias más contradictorias circulaban por los corrillos de la calle del Príncipe; comenzaba á ventearse el desastre. TJna noche á principios de Septiembre, hallándose doña Prudencia sola, creyó sentir extraño ruido como roce de telas ó paños. Alzó la vista y vio moverse los tapices y danzar por ellos las sombras agigantándose. De súbito, las gavetas del vargueño chasquetearon sus estofados herrajes. Aterrada intentó la joven refugiarse en su alcoba, y al acercarse al lecho, las cortinas de éste se descorrieron por sí solas Doña Prudencia cayó al suelo con el corazón destrozado para siempre. La desgracia suya había sido la desgracia de toda España. A poco, doña Prudencia Grilo se metió monja. España también. F. NAVARRO Y LEDESMA DIBUJOS DB VARBLA