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LEYENDAS ESPAÑOLAS EL DESASTRE DE LA INVENCIBLE Po mismo que hoy era en 1588 la calle del Príncipe, una de las más concurridas y animadas de la corte, Aunque de reciente construcción las más de sus casas, ya tenía la calle ese aspecto característico que hoy conserva, y en el cual se refleja quizás mejor que en el de ningún otro sitio de Madrid el tipo campechano, alegre y familiar de los madrileños, su regocijado y bullidor genial, su espíritu bonachón y conflanzado. Los vecinos de la calle del Príncipe y Ijs contertulios asiduos de las numerosas tiendas que en ella hay parecen personas de la misma familia. Pocos sucesos imprevistos ocurren allí; hasta las caras de los transeúntes, con ser aquél un lugar tan céntrico y pasajero, parecen caras conocidas. En una de las casas de esa calle vivía por aquellos afios un opulento banquero, genovós de origen, sin duda, llamado Grillo ó Grilo. Loa entrometidos y curiosos contaban y no acababan del lujo, riqueza y boato que en la casa del genovés había; allí tapices, allí muebles, allí plata labrada, allí perlas y Joyeles de todos los precios y para todos los gastos; pero ninguna joya ni prenda estimaban y envidiaban los madrileños al ricachón más que su hija doña Prudencia, arrogantísima damisela dotada por Dios de todas las gracias y perfecciones femeninas, que ella avaloraba y realzaba con un punto de altivez y de orgullo señoril, no tan extremado que fuera justo calificarlo de tiesura ó adustez, pero sí lo suficiente para que en el porte y en la mirada, en la compostura del traje y en el hablar hubiese aquel grado ó toque de desdén que enardece á los hombres y los arroja á las mayores sandeces y locuras. No pocas habían hecho ya, fuese por la hermosura de doña Prudencia ó por sus millones, los galanes más encopetados de la corte. Bajo los cerrados balcones de doña Prudencia hormigueaban á toda hora los pisaverdes de estiradas calzas negras, ropilla de terciopelo milanés y sombrerito cónico derribado hEcia la derecha. A pendencias y estocadas no se había llegado, porque á la damita le cuadraba muy bien su nombre, y su discreción y reserva sabían hacerse cargo y aun gustar de aquellas adoraciones, sin alentarlas con palabra, sonrisa, salida al balcón ó seña sospechosa. Todos los galanes se creían igualados, si no en el desdén, al menos en la indiferencia de la rica heredera; y lo más que sucedía tal vez era el encontrarse á deshora dos de ellos frente á frente, aferiuzar muy mucho las cataduras, meter mano á la de Alonso de Sahagún ó á la de Julián del Rey (que eran las dos más famosas marcas de espadas) y como el valentón del soneto, mirar al soslayo, irse y no haber cuestión ni riña. Entre aquellos galanes se habían presentado de todos los linajes y alcurnias; los había tan nobles y entonados como loa Silvas, Cardonas y Toledos; los había ricos y poderosos, de aquellos cuyos nombres tintineaban como oro en loa mercados y bancas de Florencia y dé Pisa; hombres maduros, de corazón templado en la guerra ó de entendimiento aguzado en la diplomacia, y mozos de grandes alientos y de no estrenados bríos, gallardos y resueltos; y no faltaban poetas que rimasen muy lindos madrigales, con razones de Platón y palabras de Garcilaso. Los chachareros de la calle del Príncipe, que era como va dicho, el corazón de España, se hallaban á la sazón preocupadísimos por los noticiones que corrían sobre los preparativos de expedición marítima contra Inglaterra. Aun cuando Felipe II y su prudentísimo secretario Juan de Idiáquez hacían cuanto estaba en su mano, si no por ocultar tales preparativos, que harto se habían propalado por Europa, gracias á los armadores de Dunquerque y de Nieuport, sí por disimular el verdadero fin de todo aquel movimiento, y aun cuando los tratos amistosos con la odiada Isabel de Inglaterra proseguían y todo eran conferencias diplomáticas de una y de otra parte, el sentimiento popular, siempre hostil á los ingleses (y esto ha variado aún menos que la