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I b a n á partir dos regimientos: el de Ciiinurro otro. Como si el sol huljiese querido tomar parte en el febril entusiasmo nacional. snrsció aquella. inañaria esplendoroso como nunca. Jfadrid iba á realizar una despediíla digna de él á su- valientes. Aparoi- ieroa banderas con los colores nacionales por doiule quiera; cada una era saludada con gritos patrióticos y ruidosos aplausos el férvido entusiasmo desbordábas e del corazón de todos El clamoreo del pueblo fué inmenso, dominando -iChinarro! ¡Chinarrol V olvióse á escape. ¡Poco que conocía la vozl ¡Era su chipitusa, Melita! Allí estaba en brazos de Tomás, agitando sus manitas, pugnando por llamar la atención del cornetilla. El íi o se precipitó hacia su pequeña; la tomó en brazos y cubrióla de besos y caricias. El pueblo, testigo de la escena, al contemplar el grujió rompió en tremendo alarido de piedad y lástima De pronto, Chinarro, con la pequeña en brazos, se lanzó por en medio de los soldados. Inconscientemente éstos le abrían paso, y la multitud, testigo de aquel arranque, seguía ansiosamente la marcha de ambos. Chinarro avanzó resueltamente; llegó hasta la bandera lel regimiento; con vigoroso impulso tiró al suelo su gorro de cuartel, saludando la gloriosa enseña como pudiera hacerlo ante u n a imagen, cogió á la hermosísima pequeñuela por las piernecitas, y empinándola cuanto pudo, gritó con sonoro acento: ¡Bésala, chiquilla! La masa popular rom ió en estruendosos vítores, aclamaciones aplausos; llenáronse los ojos de lágrimas, y en medio del candente entusiasmo, de aquel tremendo latido del corazón de todo un pueblo, la pequeña cogió el lienzo, símbolo de nuestra honra, y lo besó no una, sino muchas veces. Sin que nadie lo ordenara, fundiéndose en u n solo sentimiento milicia y pueblo, la música del regimiento, allí cercana, lanzó guerrero himno; Chinarro y 1- a chiquitína sintiéronse solicitados, estrujados por cien abrazos; una hermosísima chula, rompiendo el h u m a n o cerco, cogió entre sus manos la simpática carilla del corneta, y estampó dos s -noros besos en sus mejillas. Llegó otro ayudante con orden de marcha; el coronel, que desde lo alto del caballo había presenciado la escena, afirmóse en los estribos, sorbió dos lagrimones que saltaron le sus ojos, mordióse las guías del bigotazo, y dijo á Cíhinarro, que tornaba á su puesto lloroso y jadeante: ¡Toca, so granuja, toca pronto! Chinarro dio la pequeña á Tomás; limpióse las lágrimas diciendo: ¡Por vida de Dios! Y empuñando la dorada corneta, dio la señal. Movióse la uniformada masa irdlitar. resonó nuevamente el clamoreo del pueblo, agitáronse todas las banderas, y entre aclamaciones y delirantes gritos, culebreó á los rayos del sol la cinta que la tropa formaba calle de Atocha abajo. XII coxci. rsióx Apuro grave el del médico del hospital militar de Guanabacoa al. redactar aquel día el part e de las defunciones ocurridas el anterior. -Cama 76, del vómito. ¿Quién la ocupaba? El sanitario de guardia, gravemente: -Chinarro, corneta de órdenes. (íhinarro? ¡Bueno! ¿Chinarro qué? ¿Su nond) re? ¡Chinarro! ¡Caramba! ¡Eso no es nombre! Ko hubo otro remedio. Desconocíase que tuviese otro. El médico vaciló u n momento, y al fin escribió: Núm. 76. Vómito. U n hombre (llamado Chinarro, corneta de órdenes en el regimiento Tal) Sin saberlo, habla hecho el mejor epitafio del golfo. ¡Eso había sido! ¡T n hombre! J. ciN- TO SORíiVlíO E S T E V E con su estruendo las notas del pasodoble, á cuyos sones caminaba el regimiento. Al llegar los soldados á la plaza citada, un ayudante, subiendo de la calle. de Atocha, llegó hasta el coronel y le dijo algo. Era orden de detenerse unos minutos para dar tiempo al embarque del otro regimiento, ya en la estación, evitando confusión y desorden. Aquella parada excitó la curiosidad del público, acallando momentáneamente el ensordecedor ruido. Merced al relativo silencio, Cliinarro, que estaba en su puesto, oyó decir á su espalda: