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espantosa crisis. Las frases del viejo, noches atrás, inundaron su espíritu de luz. AquélIo era! Amaba á Lola con toda su alma. Habíasele despertado una sensibilidad nueva; estaba nervioso como una mujercilla; sentía nostalgia inmensa de caricias; y él, que j a m á s pensara siquiera si tuvo madre, ahora llamábala en su interior angustiosamente ¡Necesitaba alguien á quien querer, á quien poder amar! P a r a colmo de su desdicha, había visto á Lola acomp a ñ a d a de aquel hombre á quien no conocía, pero que ¡rediós. era todo u n gachó! ¡Claro, acabaría por quererle! Él, Chinarro, Chinarrete ¡como si no! Las furias que le atormentaban descargábalas sobre la chipitusa, la pobre Melita, á quien no dejaba en paz, besándola furiosamente, abrazándola con rabia, y mojando más de una vez con sus lágrimas los blondos rizos de la chiquitína. Y como final, la pobre seña Petra que se consumía lentamente, apenando más y más á Chinarro, que la quería de veras, siquiera por agradecimiento. Hacía ya bastantes días que la ahogaba violenta disnea, pos- 1 trándola en un sillón Chinarro estaba á punto de hacer u n disparate. M. I: cedió que VI TAL PAEA CUÁL Como transcurriesen varios días sin que Lola fuese al obrador, Tomás hizo indagaciones, y supo que la madre de Lolilla se moría. Luchó valientemente con su timidez, hasta que al ñn se decidió á subir á la habitación de Lolilla. Al llegar á la puerta le hirió viva luz. Sobre una manta, en el suelo, y ya amortajada, estaba la pobre cigarrera. Lola, arrodillada, lloraba amargamente. Lolilla levantó u n poco la cabeza, le vio y dijo con desgarrador acento: ¡Sola para siempre, Tomás; ya estoy sola! Entonces él, torpe y balbuciente al principio, más firme conforme iba hablando, se expresó así: -Sola no, aquí estoy yo. Yo, que hace mucho tiempo debí decirte- -temblábale la voz- -lo que te digo ahora. Mejor; así, delante de tu madre muerta, no dirás que miento. Te quiero con toda mi alma hace mucho tiempo. Antes que aquél intentara pegarte y yo me metiese por en medio, ya te esperaba todos los días como ahora te espero Solo he vivido en mi pueblo, sin que ninguna mujer llamase mi atención; vine aquí, te encontré, y desde entonces yo n o sabré decir bien lo que me pasa, pero m e parece que si te perdiese, lo habría perdido todo en el mundo No estás sola, no; estás conmigo aquí y en todas partes. Te tengo metida dentro de mí mismo. Ya lo sabes ahora tú haces lo que quieras. ¿Fué aquella parrafada sincera, sin aliños retóricos, torpemente dicha, bálsamo momentáneo al dolor de la muchacha? ¿Su respuesta fué hija de la excitación nerviosa, del desequilibrio moral en que su espíritu se hallaba por el terrible latigazo del dolor sufrido? Adivínelo quien quiera. E s lo cierto que con alterada pero resuelta voz, contestó: -Todo lo que dices lo sabía. No habías dicho una palabra y conocía t u s propósitos. Estaba segura de que hablarías así. Pero si tú no fueras como eres, si n o fueses tan leal, tan honrado, no te dijera lo que á decirte voy. ¿Te acuerdas de aquél de los billetes? Pues bien; yo h e querido á ese hombre con toda mi alma; sólo á ese; antes, á nadie; y lo h e querido tanto, que por él me olvidé de todo. Tomás se puso horriblemente pálido y cerró los ojos. ¿Qué querías? ¿que te engañase? A otro tal vez; á ti, no. Lo que te digo lo oye mi m a d r e por primera vez, y y ya ves cómo ¡muerta! Yo no sé mentir. Cuanto le quise le aborrezco; hoy su recuerdo me produce ira, asco u n asco muy grande Tomás callaba. Únicamente u n temblor convulsivo agitaba sus labios. -Viniste tú, te conocí; has sido para mí amigo, hermano, padre; hoy eres toda mi vida. Te quiero también con toda el alma, y te quiero tanto- -rompió á llorar, -que ya ves, te digo estas cosas. Ahora que lo sabes, haz lo que quieras. Créeme ó no me creas. Puedes m a n d a r m e Me tomas ó me dejas. Y se dejó caer, llorando amargamente, al lado de la muerta. F u é aquel u n momento sublime en su hermosa bestialidad. El h o m b r e rudo, el hijo del campo, virgen de cuerpo y de corazón, se inclinó, cogió á la muchacha, inconsciente pecadora de amor, la levantó en vilo, miró u n segundo á sus negros ojos como buscando á través del velo de lágrimas que los cubría. Dios sabe qué horizontes invisibles. y exclamó: Terminara en el número próximo