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-Mañana les compras jaula. Crii cri, Y los metía en el hueco de sus semicerradas manos, imitando el grito de los ortópteros para que cantasen. ¡Delicioso! IV HUEVOS HOEIZOÍÍTES Lolilla lloró muchOj mucho; más de rabia que de vergüenza. Odiaba ahora á Paco con toda su alma, tanto como Je quiso. Cuando volvió al taller, temió encontrar á Paco. No; halló al otro; al que impidió que Paco la tocase. Era un mocetón alto, fornido, guapote; rústico de palabras y de modales; las manchas blancas de su ropa atestiguaban de su (I de albañil. El la saludó lleno de torpeza; insensiblciu! i te echaron á andar charloteando L l más viva, era la preguntona. ¿Cómo se llama usted? -Tomás. -Así es mejor. Cuando hable con uste í sé que tengo que decirle Señor Tomás -Eso no; yo no soy sefior -Bueno; Tomás seco. ¿Es así co. mo le gusta? -Así. Ahora dígame usted su nombre. -Lola. ¡Qué bonito! ¡Ay qué gracia! Pues hijo, ¿cómo quería usted que me llamase? ¿Sinforosa? El callaba. ¿Y usted es albañil? -Sí. ¿Pero usted no es de Madriz, verdazf- -Hace dos meses que estoy en él. Toda mi vida la pasé en el pueblo. Fui albañil, luego guarda de un monte de caza. Vendieron el monte, pusieron á otro, no tengo padres, me vine aquí, y aquí estoy Los encuentros y las conversaciones llegaron á ser cotidianos. A Paco parecía habérsele tragado la tierra. Lola y Tomás llegaron á ser grandes amigos. Como un día dijese ella que le gustaban las flores, el siguiente, al salir del obrador, encontróse á Tomás que, al verla, se inclinó y levantó del suelo una enorme maceta con un rosal. En los tallos, rojas como el fuego, apretadas de hojas y despidiendo suave y penetrante perfume, se columpiaban cinco rosas magníficas. Lola palmoteo al verlo. -Este es para usted, -dijo él. -Ya me lo he figurado, y por eso me alegro. ¡Qué hermoso es! ¡Ahora sí que se aprovechará el rayito de sol de mi ventana! Pero ¡ay! -dijo al ver á Tomás solo- ¿quién va á llevarlo? ¡Toma! Pues yo- -dijo él con la más hermosa ingenuidad del mundo. Cuando llegaron al portal de la casa de Lola, sacó ésta las tijerillas con que cortaba flores de trapo y plumas (era sombrerei- a) seccionó el tallo de la mejor rosa y la dio á Tomás, diciendo y acompañando la frase de monísima y picaresca sonrisa: ¡Vaya por el viaje! El la cogió temeroso, la miró, le dio varias vueltas entre sus manazas; quiso decir algo y no supo ó no pudo; luego con repentino arranque la metió, estrujándola, debajo del chaleco, sobre su pecho, y dijo con voz un tanto ronca por la emoción: ¡Hasta mañana! Y se fué. Ella se quedó mirándole mai char calle adelante. Inconscientemente p r o n u n ció estas palabras á media voz: -El no dirá nada, pero me quiere; y yo... yo ¡Dios me perdone! me parece que le quiero también. V CHJNAKEO CEECE -Sr. Emeterio, ¿á dónde van los que se mueren? -La mayoría al Este. o es eso; digo que si usted cree en otra vida. -Hombre te diré ¿Por qué me preguntas eso? -Mire usted allá arriba más alto más ¿qué ve usted? ¡Las chimeneas de La Equitativa! -Más alto aún- ¡Las estrellas! Justo! ¿Ve usted aquella grande? -Sí. ¡Pues allí está mi madre! Y lo dijo tan gravemente, que el viejo ahogó la carcajada que iba á soltar. -Vamos, Chinarrete, tú has bebido. ¿A qué viene eso? -No se burle usted. ¿No cree usted en Dios? ¡Y en la virgen de la Paloma, hijo mío! -Pues entonces- -Mira, gorgojo, los santos no son estrellas. ¡Déjame en paz! Era lo cierto que el pobre Chinarro atravesaba por