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y so (o nublan esos ojazos ¡Caballero, el Herdldo! Volvióse de nuevo hacia el muchacho. -iMira, cuando un hombre tiene agallas, aunque sea chico sabe ser m á s grande que el caballo de la Plaza Mayor; ¿te enteras? ¿La quieres? ¿Te gusta? Pues hígailos. A peleársela al mismo verbo. ¡Créeme, pequeño! El chicuelo no contestó. Tal vez las frases del viejo entreabrían ante él horizontes desconocidos, porque silencioso perdió la mirada de sus ojazos en las sombras de la noche, quedando absti- aído. ni CHINARKO 5 tienes? -Dieciséis! ¡Anda, Dios, y eres más cliico que una peseta! Xo importa. ¡Dieciséis afios! Seguvo que ya anda una mujer de por medio. ¡Bueno! Pues ni a usted. Ella es Lolilla, mi madrecita, como yo la llamo; la hija de Petra la cigarrera, la que me recogió de manos de la Garduña. Lolilla, que tiene tres años más que yo, con quien me he criado, ¿sabe usted? Ella se hizo una mujer de buten; yo me quedé así de escuerzo. Desde que tengo razón, me he acostumbrado á verla, á oiría, á servirla, á rodar por ella ¡Dios! Se puso en relaciones con Paco; ya sabe usted quién, el de las sortijas. Y yo tan campante ¡Estaba ella contenta! Y no sé que ha ocurrido, que han rifado; que Lolilla llora, que yo me consumo de verla ¡Eediez! ¡Yo que daría sangro de mis venas por verla íeliz! ¡Bah, bah! ¿Y eso es todo? ¡Bocenis! Lo que tiene es que ella se ha hecho una real hembra, y tú te quedaste chico y feo no te agravies; pero el corazón te h a crecido; te ha dicho aquí estoy se te ha hinchado la vena arteria, hijo, y velay E n fin, que la quieres como un bárbaro. ¡Señor Emeterio no es eso! ¡Sí lo es! ¡La fija! Que quieres á esa mujer. Que de pensar que está libre te hormiguea el cerebro; de pensar o ue puedo unirse á otro te da fiebre palúdica, Ya le hemos visto hablando pon el señor Emeterio ¿De dónde procedía Ohinarro? ¡Vaya usted á saber lo que él mismo ignoraba! Sus más lejanos recuerdos remontábanse á la época en que estaba en poder de la Gardima, u n a vieja, soberbia bebedora de aguardiente y zurradora eximia del pellejo del chicuelo cuando éste no recogía, pidiendo limosna, la cuota que aquélla deseara. De las garras de tal fiera hubo de sacarlo, hambriento y acardenalado, la seña I etra, madre de LoUlla, un día en que le oyó 1 rse en el cuchitril donde la vieja le dejó encerrado; la vecindad restante tomó parte, y ¡harto hizo la Garduña escurriendo el bulto! Luego fué Chinarro campeón de las pedreas de la Ronda de Toledo y afueras de Chamberí; más tarde, en unión de otros guripas de su estofa, en las puertas de las redacciones esperando el veinticinco para sahr trotando. Ko sabía quiénes fuesen sus padres, ni si vivían ó no; crióse -en el arroyo (pues si bien lo recogió la cigarrera, harto hizo- con darle malamente de comer) fué su madrastra el hambre, su maestro el vicio. Tenía una debilidad: la milicia. Escuchaba sonar un clarín, y olvidábalo todo para salir corriendo, llegar al regimiento y i- rícaminar con marcial paso ó haciendo cabriolas y dando volteretas al lado de la música. ¿Cómo se llamaba? Chinarro. lío sabía más. Adoraba á todos los de la casa, y sobre todo á Melita (familiar aféresis de Carmelita) á la chiquitína que nació siendo él ya hombrecillo, pequeñita cuya vida tenia trazas de costar la de su madre. La señct Petra moríase á chorros E n t r e lo difícil del parto y la muerte de su marido poco después, la habían consumido. Tenía Chinarro rasgos que le hacían querer. Lolilla gustaba de leer (la única de la casa que sabia hacerlo) el relato de crímenes, suicidios y noticias sensacionales de los diarios. Chinarro llegaba triunfalmentc: -Toma, madrecita- -llamábala así p o r ser ella quien cosía burdamente los frecuentes desgari- ones de la ropa del muchacho; -hoy sí que viene bueno. Kl Imparcialj con el asesinato de la viuda de l órez. El Heraldo, con el crimen de Peralejo. U n día rompió Lolilla su hucha. De lo sacado dedicó una parte á comprar unas alpargatas á Chinarro. Esto las calzó, y en el colmo de la alegría echó escaleras abajo, tornando ya de noche rendido y sudojoso. -Madrecita, mira, mira, para que acompañen al verderón. Fíjate bien, que son de capa de rey. ¡Rediezl Me han costado más trabajo! ¡Córcholis! Eran dos grillos que había ido á coger á los prados del arroyo Abroñigal.