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CHIMJLRRO NOVELA DE DON JACINTO SORIANO ESTEVE. ILUSTRACIONES DE MÉNDEZ BRINGA D E L C E R T A M E N L I T E R A R I O D E BLANCO Y N E G R O ¿Estaría Paco esperándola? ¡Paco! Le quería sin poderlo remediar. Conocióle en la Bombilla un día de jira. Alto, bien encarado, lujoso, flamenco, la hizo tilín desde luego. Bailaron, la engatusó hablaron largo rato aquella tarde Sí. Allí estaba. Al desembocar en) a plaza del Callao le vio en el sitio de costumbre. Apresuró el paso, llegó hasta él, sus labios dibujaron deliciosa sonrisa; fué á hablarle, pero él no la dio tiempo. ¡Vaya, hasta aquí llegamos, hija! Estoy harto de pasar plantones. Esto tenía que suceder. Yo no puedo seguir de este modo. Ella quedó asombrada y se puso horriblemente pálida. ¡Ea! no te alteres. Esto te lo podías figurar. Yo te he querido, y te quiero como puedo quererte: estoy muy agradecido á cuanto has hecho por mí; pero tenía que llegar el término En fin, hija, si en algo puedo servirte, me buscas, y para que te acuerdes de mí, toma Cómprate lo que quieras. El señorito chulapo aquel echó mano al bolsillo interior del chaleco, sacó unos cuantos billetes de Banco, y los alargó á la muchacha. Esta lloraba silenciosamente. Algunos curiosos empezaban á quererse detener. El los vio y dijo segunda vez: ¡Toma! a dejó de ser la mujer amante y isiones, su amor, se desvanecieron instantáneamente. Quedó la hija del pueblo, la chula OIS menudos briosa. Alargó la mano, cogió violentamente los billezapatitos tes, los estrujó, los hizo una pelota, y con soberano de blanca lona ademán, en gallardo y fiero, arranque, los tiró á los que encerraban el breve pie, no tanto que prohibiesen pies de Paco diciendo: la deleitosa vista de un trocito de negra media, altos- ¡So tío lila, pa pitillos! de tacón que herían el pavimento con acompasado Al hacerlo se Paco á ella, repiqueteo, marcando el cortito y ligero paso, cubierto la Y echó á andar. al mantón por abalanzó del hombro, echó una mano encima el gallardo cuerpo por un mantón de color claro y largo pelo, ceñido con soberana gracia, y cubierta la pero de repente otra mano de acero cayó sobre él; se cabeza por un multicolor pañuelo de seda colocado sintió cogido, zarandeado por un hombre con blusa y como saben ponerlo solamente las hijas castizas de gorra que le dijo: ¡Si toca uslé á esa mujer, le matol Madrid, Lolilla, la monísima Lolilla, iba calle de Preciados arriba, terminada su tarea en el obrador. II Xegros y vivos los ojos, bien cortada naricilla, boca MEXTOK Y TELÉMACO earnosita, blanca la color con levísimo tinte rosáceo, Metidos en el hueco de una de las ventanas del café negro el pelo, abundoso y rebelde, se escapaba en re- de Tornos estaban los dos. Uno viejo, seco, anguloso, vueltas ondas acariciando las sienes, tapando á me- con raída indumentaria, grasicnto tapabocas hasta el dias las orejas pequeñas cerdoso y cano bigotillo subido, maltrecha gorreta Resultaba- chiquituela y bonita: una de esas muje- hasta los ojuelos maliciosos. El otro, con larga y ajires obligadas á escuchar al paso ¡oles! chicoleos y fra- ronada blusa, cara escuálida, y en ella unos ojazos ses subversivas. Porque á aquellos dieciocho años tan negros, grandes, vivaces Aquél tendría sus sesenta sugestivos, uníase el desgarro natural de la madrileña neta; algo que no rebasa los límites del pudor y años, éste aparentaba doce lo más. La conversación que sostenían era frecuentemente del decoro, pero permite la libre expresión de todas las ideas, aun las más atrevidas. Una desvergüenza interrumpida por este grito, lanzado por alguno de en su boca resultaba un piropo; un exabrupto, arran- ellos de vez en cuando: ia Correspondencia! ¡Heraldo! ¡Periódicos de la noche! J Cada uno tenía bajo el brazo que de gracia. el resto del veinticinco. Llovía. Era inedia noche. C