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i í? BEK. N eH ewibi ep fMJ oi o progresa, todo lo invade la ola modernista; hasta el toreo, siemJxi JI pre sujeto á reglas inmutables y fijas, inalterable institución á tra vés délos tiempos y edades, ha sucumbido ante la fiebre de lo nuevo, y de seguir así las modernas corrientes, muy pronto el toreo desaparecerá en io que tiene de tradicional. El que rompió los moldes consagrados por los clásicos del toreo fué don Tancredo al realizar la sugestiva suerte del pedestal, y no sólo se ha limitado con su temerario experimento á hacer una revolución en el toreo, sino que se ha convertido en jefe de escuela, paes á los pocos días de la presentación del rey del valor surgieron por esas plazas de Dios innumerables pedestales y temibles competidores. Justo es, sin embargo, consignar que antes de la presentación de don Tancredo ya realizó en Valencia una empresa muy arriesgada el famoso Qallufo, y la suerte por lo curiosa es digna do contarse; se reduce á lo siguiente: Ga llufo, ó por otro nombre el hombre hierba rodea todo su cuerpo de espeso fo llaje, dejando sólo el espacio suficiente para la vista. Sale el toro, y al fijarse en aquellos deliciosos pastos que se le ofrecen tan agradablemente, sé siente agradecido y comienza á pastar con cierta confianza; pero cuando Gallufo ve que los pastos empiezEin á clarear visiblemente, entonces aprieta el paso, con la natural sorpresa del eornúpeto, poco acostumbrado á ver correr una dehesa. Asombro tan justificado como el que sentiría cualquier mortal viendo correr delante de sí un bisteck con patatas. Naturalmente, la suerte, hasta cierto punto, es de poco riesgo, aunque se exponga á sufrir algún mordisco cariñoso cuando más descuidado se encuentre. Es de esperar que dada la sangre torera que corre por nuestras venas y el hambre que hace por muchos estómagos, surjan en el próximo verano nuevos y sugestivos experimentos. Porque ya las luchas de las fieras no despiertan interés alguno desde aquella famosa del toro y el elefante, en la que el terrible paquidermo se puso á comer tranquilamente las naranjas que le arrojábanlos aficionados, sin meterse para nada con el oornúpeto. Quién sabe si veremos poner banderillas en globo ó pasar de muleta en automóvil! ¿Qué extraño es que se modernice el toreo, si los diestros han cambiado por completo su indumentaria, sus gustos y costumbres? Antes, cuando el matador retiraba á un peón, se contentaba con gritarle ijFueral ó ¡Déjalo! Ahora no; ahora en formas muy corteses le llama la atención diciéndole: iPepe, no le hostigues! ó bien c, No inquietes á la fiera, retírate al escaño! Antes se limpiaban el sudor, después de una faena difícil, al acercarse al estribo, con los vuelillos del mismo capote; pero hoy las mozos de estoques, actuando de verónicas, los esperan con la toalla preparada y les empapan cariñosamente. Es muy fácil que en esta temporada se pongan entre barreras magníficos lavabos, para que mientras dura el arrastre se hagan las toilettes los matadores. Y por lo que respecta á su coosideración social, ¿quién duda que hoy los toreros son los niños mimados por las personas más distinguidas? Frecuentemente oirán ustedes al marquesito A ó al duque B decir: Hoy ha venido con nosotros Antofiito, ó Esta tarde nos vamos de caza con Manolillo Y el que no sabe que Antofiito y Manolillo son los dos diestros de moda, se queda completamente en ayunas. Eeeientemente he visto á más de un notable matador de toros visitar el Museo de Pinturas y decir delante del cuadro de Las Meninas: ¡Cámara, y qué propios están aquí los liliputienses que vimos en el Circoi De seguir así esta corriente modernista, estoy viendo á un picador del Algábeño ir á la Biblioteca, quitarse el sombrero cordobés delante de D. Marcelino Menéndez Pelayo y decirle: ¿Usié me hará el favo, señor don Marcelino, de enseñarme la Siztoria de la idea estéticaf Luis GABALDÓN