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LA PALOMA AZUL s un recuerdo de los primeros afios el que voy á referir, y esa circunstancia le presta para mí encanto triste, ritornelo de canciones semiolvidadas. Tiempos en que el alma y los sentidos recibían las impresiones como el campo la lluvia de primavera, que hace brotar gérmenes y abrirse cálices, y pu ular organismos, y poblarse el espacio de átomos de luz y de emanaciones de vida. En la vieja casa cuyas piedras han dorado tantos días de sol y enverdecido, en los rincones donde el sol no penetra, tantas gotas de lluvia escurridas de los canalones con lento gorgoteo lacrimoso, teníamos un palomar. A ambos lados del ancbo balcón de hierro que caía al patio, dos á manera de altas garitas, interiormente panales de celdillas para losTiidos, cobijaron primero á una pareja, una sola por garita; pero las dos parejas se amaron y anidaron; la cria voló, amó, anidó á su vez, y antes de un año no cabía en las garitas la bandada, y las insolentes aves se metían en la sala á que correspondía el balcón, á la cual, por esta circunstancia, p u s i m o s el nombre de Sala de las palomas, que conservó afios después de extinguido el palomar. Si encontraban abierta la puerta de la sala, seguían adelante intrépidas, aunque algo azoradas; y andando á saltitos nerviosos, arañando las alfombras con sus rosadas ufias, bajaban escaleras, cruzaban pasillos, nos las encontrábamos entre los pies á toda hora, en el comedor, Bn la cocina, en las habitacio nes de recibir. Un día sacamos una paloma, palpitante y espeluzada, de la red de espesos flecos i de pasamanería de un cortinón de seda. Se le habían enredado allí las patitas, y con todos sus esfuerzos sólo conseguía prenderse más. También hallamos un pichón nuevo, con los ojos vidriados y el pico frío y las patas rígidas, ahogadito en agua jabonosa, dentro de un cubo de limpieza. Nos invadían. Sin cesar resonaba, misterioso y vehemente como cuchicheo de amor, su arrullo porfiado. Las conocíamos una por una; sabíamos sus caprichos, sus infidelidades, sus peleas celosas, sus rifias entre vecinas por un grano de maíz, una migaja de pan, unas pajas robadas del nidal ajeno. Aquella convivencia con las palomas me hizo algo escéptica respecto á laa opiniones y juicios del mundo. ¿Por qué la paloma es símbolo de inocencia, dulzura, pureza y paz, cuando realmente no hay bicho más colérico, más glotón, más brutalmente africano en pasiones y odios? ¿Qaiéa hallará la clave de tales leyendas y mitologías? El cristianismo en esto ha idealizado; el paganismo, con más segura información, consagraba las palomas á la libre Afrodita. Si lo pienso bien, comprendo que estas reflexiones no se me ocurrieron hasta más tarde; entonces no sacaba consecuencia alguna del espectáculo del palomar. Ni aun me daba cuenta- -á lo que creo- -de la inmoralidad perniciosa de los encantadores volátiles. Envuelve á la niñez un velo blanco, santo, natural, que hace inútiles los otros velos artificiosos del convencionalismo educativo. Tanto tapadijo, tanto embuste soso como se gasta con los pequeños, no retrasan un momento el instante en que la niebla, forzosamente, se desgarra y disipa; y mientras ese instante no llega cualquiera que sea el medio ambiente y lo que vea y oiga, la criatura no pisa el lodo; cruza por cima de él, sacando limpias las alas diáfanas, rechazando la impureza como la piedra bezoar rechaza el veneno de las sierpes. Ahora bien; ha de saberse que uno de los goces de un palomar es el no muy lícito de quitarle al vecino las palomas. Hay palomares con suerte y palomares desgraciados. La razón se ignora. El nuestro, v. gr. atraía, y engatusados y seducidos, veníanse á él docenas de pichones ya grandes y que debieran tener juicio Los veíamos al día siguiente de su deserción hacer la rueda y arrullar en torno de alguna hembra de pico rosado y cuello tornasol, ó liarse á picotazos con los pichones antiguos en la casa, y expulsarlos del propio nido. Era