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LORELEY í í j E las leyendas que en la W Edad Media, con cruza das y peregrinaciones, fueron extendiéndose por toda Jíspafía y que en su mayor parte son de origen francés ó germánico, pocas hay tan repetidas y vulgares como la leyenda de Loreley, el hada misteriosa que en la cumbre de la montaña se sienta á peinar sus cabellos, de oro en Asturias, de ébano en Andalucía, y que con el brillo de sus cabellos atrae por sendas peligrosas y hunde en precipicios sin fondo á los viandantes apasionados. Frecuentísimo es el nombre de Pico de la Eacantada ó de la Maldita en nuestras cordilleras, y aun en las regiones centrales de la Pe ninsula no falta cerro, cabezo ó morrete á cuya configuración especial no vaya unida la conseja (le la eterna moza de los cabellos de oro, que nunca se tornan de plata. Keflejo ó derivación natural de esta leyenda alemana traducida al castellano por la imaginación de los campesinos, y de la cual por rarísimo caso no hay forma alguna literaria en los romanceros ó cancioneros populares, parece ser la creencia, muy extendida en algunas provincias centrales, de que la muchacha que al peinarse los rizos muy de mañanita vea en el espejillo ó en el agua del arroyo ó de la humilde palangana ante la cual se peina, un nimbo de oro que la hace relucir el pelo y la cabeza toda, tendrá en aquel año la fortuna de casarse ricamente y muy á su gusto y albedrío. No es el pelo dorado frecuente eo las hijas de Castilla la Nueva y de la Mancha, ni en las provincias de Segovia y Avila. Contadas son las campesinas rubias, y así la poética leyenda tiene la ventaja de que no compromete á gran cosa á quien a discurrió ni á quien tiene fe en ella. Pocas, poquísimas veces ocurrirá el caso de que el sol forme un cerco de oro en torno á la cabeza de una pobre campesina; por tanto, pocas, poquísimas veces se cumplirá la leyenda de Loreley. Cada vez son menos los viandantes distraídos, y si por casualidad se presenta alguno, lo probable es que sea un escéptico teni ble y no crea palabra en ios encantos de las misteriosas bellezas del Cerro Encantado ó de la Peña Maldita. Así sucede que los matrimonios ricos y felices son los menos entre las gentes pobres de la aldea. No obstante, la humanidad necesita ilusiones á toda costa: suprime ó deja marchitarse unas y se da prisa á discurrir otras ó á resucitar las ya caducas de los tiempos pasados. Esta necesidad de ilusión, mucho más punzante para loa pobres que para los ricos, mueve á la mocita que sus rizos peina á la puerta de la humilde casuca, á consultar con avidez el espejillo de cristal y el espejo del agua, bascando en ellos el dorado círculo en el cual se simbolizan todas las felicidades y venturas de este mundo, encerradas para la pobre muchacha en la perspectiva de un buen casamiento. Con tal intención, la mozuela madruga, porque al que madruga le ayuda Dios y acaso porque el pelo parece más claro por la mañana, y tal vez también se coloca de frente al sol que sale, esperando que los rayos bienhechores, que truecan en oro hasta los daros y agrios terrones del campo, traigan la bendición sobre la gentil cabeza. Envidiemos á la moza. ¡Feliz quien conserva la creencia en el oro puro y no tiene sus ilusiones estragadas por la circulación fiduciaria! DIBUJO DB S X N C H S Z S O I X