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un ejército de 25.000 infantes y 2,700 caballos hacia el interior de nuestra península, inspiraba serios y fundados temores á los españoles. La huida al Brasil de los Braganzas, que ocupaban el trono de Portugal, hacía pensar, no sin motivo, que los Borbones de España huirían también á asentar su vacilante trono en las apartadas posesiones de América, y España entera quería impedir aquella fuga en que veía, no ya su principio, sino el desastroso fin de sus males. Su esperanza toda estaba puesta en aquel Príncipe á quien no había de tardar en llamarse el Deseado; y sus parciales, impacientes por ceñir á sus sienes la corona, no vaciíaban en culpar de todos aquellos trastornos á un hombre sobre el que en aquellos momentos recaían todos los odios y todas las inamadversiones. Aquel hombre, que desde el toiserable rincón de una casa solariega de Extremadura se había entrado por las puertas de una bandolera de guardia de Oorps, hasta hacerse el verdadero dueño del cetro de España, era el íamoso D. Manuel Godoy, duque de Alcudia, Príncipe de la Paz, señor del Soto de Koma y del Estado de Albalá, grande de España de primera clase, generalísimo de los Ejércitos, grande almirante déla Armada, superintendente de Correos y Caminos, y condecorado con cuantos títulos, encomiendas y honores pudo darle la largueza de los reyes, que mirándole no ya como favorito, sino como ídolo, hasta le habían hecho emparentar con ellos dándole en niatrimonjo una infanta de España. Perdonádoselo hubiese su encumbramiento y su falta de verdaderos méritos, si no se hubiera achacado su subida á debilidades femeniles de la reina María Luisa, y tal vez en ocasión menos difícil para la gobernación del Estado, estimar hubiera hecho Godoy sus buenos deseos y sus rectas intenciones, que sólo deslució el ensoberbecimiento propio de quien desde la nada se vio subido á la más alta de las cumbres. Pero sea de esto lo que quiera, lo cierto es que al Príncipe de la Paz se atribuía la triste situación por que España atravesaba; y de la lucha tenaz que entre el favorito de los reyes padres y el heredero de la corona existía, no faltaba quien quisiera sacar partido para llevar las cosas más lejos de lo que parecía, buscando que el príncipe Fernando diera á la patria unas venturas que en vano había esperado de Carlos IV. III El día 17; de Marzo de 1808, Godoy estaba en Aranjuez. Para nadie era un secreto que, á pesar de la oposición del ministro Caballero, la Corte estaba resuelta á partir á Sevilla; y los partidarios del Príncipe, aprovechando esta coyuntura, habían hecho llegar al Eeal Sitio gentes que, dispuestas á todOj impidieran la fuga de los monarcas é hicieran ver á éstos lo desacertado de los planes de su favorito. Entre once y doce de la noche, un carruaje, escoltado por crecido pelotón de guardias, partió de la casa del r I J r. im m Príncipe de la Paz. En su fondo, y envuelto el rostro en los pliegues de la mantilla, iba Pepita Tudó, recientemente ennoblecida con el título de condesa de Castillo Fiel, y dama con quien el vulgo suponía casado Godoy, haciéndole de este modo hasta reo del delito de bigamia. La multitud, entre la que no faltaban soldados, quiso ver lo que el coche encerraba; los guardias del generalísimo se opusieron, y un tiro disparado, según unos por el brigadier Truyols, y según otros por el guardia Merlo, fué la señal que, juntando á la gente decidida, dio comienzo al motín. TJn cuarto de hora después la casa del favorito era atacada, arrollada su guardia é invadidas todas las habitaciones por las turbas, que al grito de ¡muera Godoy! le buscaban por todas partes, condenando al fuego los preciosos objetos que enriquecían aquel palacio, poco menos suntuoso que el de los Eeyes.