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-x- i PÁGIIÍAS DE NUKSTRA HISTORIA 19 UE MAKZO DE 1808 I L movimiento que se notaba en Aran jaez era inusitado, y sobre todo no tenía aparente explicación. Ni la corte celebraba ninguna de aquellas solemnidades oficiales que llevaban con frecuencia al Real Sitio á los altos dignatarios que los deberes de su cargo retenían en Madrid, ni era ahora el trasiego de carrozas y coches de camino el que se notaba en las márgenes del Tajo, que por lo que se veían obstruidas Á cada momento era por carromatos y calesines que conducían á los afortunados que no habían tenido que hacer á pie las nueve leguas que separan la Puerta del i8ol de la Plaza de San Antonio. Los que parecían haberse dado cita para aquel lugar, como convocados por misterioso llamamiento, no eran los individuos de los Consejos, ni los oficiales de las secretarias del despacho, obligadas figuras decorativas de besamanos y recepciones, sino la parte más levantisca de Madrid. Así lo manifestaban las abigarradas capas de grana, los apuntados sombreros vulgarmente llamados de medio queso, las flotantes redecillas y los típicos monillos de alamares, que á las claras decían que habían asentado, siquiera fuese momentáneamente, sus reales en aquel pueblo hecho á las delicadezas cortesanas, la rumbosa majeza de manólos y chisperos, flor y nata de los barrios de Lavapiés, Maravillas, el Campillo de Manuela y las nunca bien ponderadas Vistillas de San Francisco. Recorriendo los grupos, entre los que no faltaba quien descubriera no pocos criados de la Casa Real, casi todos los palafreneros y monteros del Infante D. Antonio Pascual, y las casacas blancas y color grana de la guardias walonas y españolas, llegadas pocas horas hacía de Madrid, veíase un hombre en quien, á pesar del atavío campesino con que se esforzaba en dar rusticidad á su talante, se notaba cierta distinción en los modales y cierta finura en las cuidadas manos, que á la legua delataban que no era aquel traje el que habitualmente le eagalanaba. El tío Pedro le llamaban todos, y sin embargo, pocos eran los que no sabían que el que bajo del disfraz se ocultaba era el mismísimo conde del Montijo, grande de Espafia, bullicioso ó inquieto; y como uno de los más fervientes devotos del príncipe Fernando, también uno de los más encarnizados enemigos del de la Paz. Que todo aquello era un principio de asonada, lo sabían los más. Hasta Carlos IV y María Luisa no podían ocultar su azoramiento, que se acentuaba con la tampoco bien encubierta alegría que manifestaba su hijo, el heredero del trono, el iris de ventura con que soñaba el pueblo, el tristemente célebre protagonista de la ruidosa causa del Escorial. II ¿Qué motivaba aquel motín todavía en germen, aquella revolución, que si por el pronto no había de estallar más que en gritos y voces, no habla de costar por eso á la larga menos sangr í? La razón era muy sencilla. Napoleón, que después de ocupar el Portugal por consecuencia del trat- lo de Fontaineblean, hacía avanzar