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19 Marzo 1601. Kace Alonso Cano. 11 L racionero A lonU 80 Cano, dibu jante sobrio y audaz á un tiempo, escultor de los mejores, si no el mejor que ha criado Espafia, porque el mejor es Berruguete, y pintor de mérito excepcional y arquitecto de singulares condiciones, era hombre de carácter un tanto violento, arrebatado y caprichoso. D. Pedro de Madrazo ha recogido en su biografía de Alonso Cano algunos pormenores que sobre esto refieren Cean Bermúdez y P a l o m i n o Pero en ello puede haber mucho de imaginado. Se tiene por cierto que muerta violentamente su mujer, la fama de hombre arinco y furibundo que Alonso Cano tenía hizo que le prendiesen y le sometieran á cuestión de tormento, la cual padeció él con la resignada entereza de un varón justo, inocente y bien templado; en efecto, no tardó mucho en descubrirse al criminal. Hablase mucho también de las constantes rencillas de Cano con el cabildo de Granada, pero es la v e r d a d que siempre el rey reconoció la razón que al rebelde racionero asistía, y le repuso en su beneficio cuantas veces se lo habían quitado. Cuéntase, por fin, que siendo maestro de dibujo de nuestro grande amigo el príncipe D. Baltasar Carlos, tantas veces retratado p o r Velázquez, reprendió Alonso Cano con severidad á su regio discípulo, quien se quejó de ello á su madre la reina Dofia Mariana de Austria. Y dícese que siendo mayordomo de la Hermandad de Nuestra Señora de los Dolores, del colegio de Santo Tomás en esta corte, armó una pendencia por no querer ir en la procesión de Semana Santa mezclado entre los plateros y los alguaciles de corte. Estos dos rasgos prueban la dignidad y la independencia nobilísima del gran escultor, cualidades harto raras en los artistas de su época, quienes se estimaban muy honrados con poseer F O T L A C O S T E Y ORLA T 1 E BI ANCO C O R I S un título de barbero ó de ayvda de la furriera del real Palacio, como premio á su genio artístico. En Alonso Cano se juntan prodigiosamente una grandísima energía y una admirable delicadeza. Su individualidad poderosa y enérgica, su espíritu inquieto buscaban por todas las altes y por todos los procedimientos caminos para expansionarse y brillar. No formó escuela, aunque de eseiiela granadina se haya hablado por críticos amigos de clasificaciones. Concebía con gran aliento y ejecutaba con prolija minuciosidad, sin caer en el rebuscamiento ni en el preciosismo. Para probarlo, no nos fijemos en sus obras p i c t ó r i c a s aun cuando algunas sean de tanto brío como la Virgen del lucero, el Cristo exangüe y la Ascensión, del Museo del P r a d o prescindamos de piezas de tanto mérito como el Cristo de Monserrat, y reparemos principalmente en el San Bruno, la obra maestra de Cano. Para los impresionistas, nada puede haber más exacto y verdadero que el movimiento y la expresión de esa figura; para los académicos, nada más correcto que el modelado de cara, manos y p a ñ o s para los pintores nada más pictórico, y nada más escultural para los escul tores. Esto aparte, quien mire la figura con ojos de creyente y de poeta, no podrá pedir más. En pocos casos han llegado los cinceles á dar más vida á la inerte materia; en casi ninguno se habrá acertado á modelar mayor y mejor cantidad de espíritu humano. Representa Alonso Cano en la escultura, no el misticismo delicado y mujeril de Santa Teresa ni el platónico de Fray Luis de León, sino el misticismo robusto y varonil de Fray Luis de Granada, su paisano, con quien tiene el gran escultor extra ordinaria semejanza de carácter y de espíritu. Son dos hombres muy bien templados y serenos, y esta templanza y esta serenidad la han adquirido de la mejor manera posible: con el estudio y el a mor á la Naturaleza W. B.