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Ensueño y os rayos de sol, quebrándose en las copas de los álamos, caían como lluvia de saeta sobre las aguas verdosas. Rizadas levemente, parecían ellas bnllajear de gozo para hacer fiesta á sus dorados huéspedes, y centelleaban ellos, afiligranando con tracería luminosas la inquieta superficie. Iba un tíazo radiante de burbuja en espuma; perdíase bajo el manto de una sombra envidiosa, y aparecía do s pasos más allá hecho espiga, hecho estrella, hecho serpiente, rota su forma, retorcidas sus líneas, centuplicados sus fulgores por el bullir rumoroso del estanque. ¿Qué miras, Carlotica? ¿Los ves cómo relumbran? No sé si están arriba ó allá dentro, en lo hondo... Míralos, Vicente; mira cómo se esconden, cómo brillan Así tendrá los ojos, ¿verdad? El pastor suspiró. -Sí, de seguro; así tendrá los ojos verdes como el agua, y el pelo rubio como el pan tostado, y la cara de nieve, con dos rosas encima ¿verdad, Vicente? -Yo qué sé- -repuso el muchacho de mal humor. ¡Tú qué sabes I ¿Pues no oíste el cuento lo mismo que yo? ¿Y no dice que los ojos del rey eran verdes? 5 Í I -iu í, -Cosas de cuentos. -Y de veras. ¿No son los cuentos historias que han pasado? -Sí; hace mil afios. Qué importal Además, todos los reyes deben ser iguales. Oye un secreto Habló callandito la pastora al oído de su grande amigo. -Criatura de Dios, ¿te has vuelto loca? ¿Tú sabes lo que dices? ¡Ir á la corte! -Para ver al rey. El bueno del pastor no acertaba á volver de su asombro. -Es que verás- -dijo ella con charla apresurada, cuyas incoherencias delataban rubores; -verás Y empezó á contarle el por qué de la peregrina resolución. Era el caso que Carlotica había nacido entre aquellas brefías quince afíos antes, día más, día menos. Nunca supo de padre ni de madre. Durmió á campo raso, como los corderiilos, y los rayos de luna, plateando su rostro una vez y otra vez, la hicieron soñadora. Fueron BUS maestros mariposas y pájaros; de ellas aprendió gracia, de ellos alegría; y así fué viviendo, soñadora, graciosa y alegre, sin saber cómo ni para qué. Hasta que un día, acuirucada junto á la lumbre, viendo oscilar las llamas sobre lostroncos, entre el bufar del viento y el estallido de las chispas, oyó á una vieja, casi bruja, contar un cuento. Era la rancia historia del rey desterrado por malos quereres de un hada, de aquel rey galante que olvidó sus cuitas y despreció sus reinos por las trenzas rubias de una pastora. Juraba la vieja que el rey aquél tenía los ojos verdes con rayos de oro dentro, y aunque al oírlo las chispas del hogar se reían y las llamas silbaban, Carlota creyó la conseja y se dio á soñar. Y bajando de ensueño en ensueño, una noche se durmió el amor junto á la pastora, y cuando abrió los ojos tenía el alma presa en los ojos del rey. Y por eso, casi al atardecer de un día de Agosto, porfiaba con el pastor su amigo á orillas del estanque, allí donde los álamos dejan caer sobre las aguas el manto de sus sombras.