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agarrándole por el cuello le lanzó contra el asiento. Luego, loco de ira, con las sienes inflamadas y los ojos ensangrentados, quería ahogarle con una mano, mientras le sacudía con la otra á pufio cerrado, üil prusiano se agitaba; quería sacar el sable, agarrarse á su adversario, tendido sobre él. Pero Mr. Dubuis le aplastaba con el peso enorme de su vientre, y pegaba, pegaba sin cesar, sin tomar aliento, sin saber dónde iban á dar sus golpea. Corría la sangre: el alemán, estrangulado, bramaba, intentando en vano quitarse de encima á aquel hombre gordo, exasperado, que le trituraba. Los ingleses se levantaron, acercándose para ver mejor. Estaban de pie, llenos de curiosidad y alegría, prestos á apostar por ambos combatientes. Agotadas las fuerzas del francés por tal esfuerzo, se levantó de pronto y sentóse sin decir una palabra. El prusiano no se lanzó á él; tan grandes eran su azoramiento, su dolor y su extrafieza, rayana en la estupidez. Así que hubo recobrado el habla, exclamó: -Si usted se opone á darme razón con la pistola, le mataré. -Cuando usted quiera; con sumo gusto. El alemán repuso: -Aquí está Strasburgo; dos oficiales serán mis testigos; tengo tiempo de encontrarlos antes de que el tren eche á andar. Mr. Dubuis, que soplaba lo mismo que la locomotora, dijo á los ingleses: ¿Quieren ustedes ser mis testigos? Ambos respondieron á un tiempo: Aoh, yes! Y el tren se detuvo. En un minuto encontró el prusiano dos camaradas que buscaron las pistolas, y todos se encaminaron á las fortificaciones. Los ingleses, llenos de impaciencia, no hacían más que sacar el reloj, apretaban el paso y apresuraban los preparativos para no perder el tren. Slr. Dubuis no haibía manejado nunca una pistola. Pusiéronle á veinte pasos de su enemigo y le preguntaron: ¿Esta usted presto? Al responder que sí, echó de ver que uno de los ingleses había abierto su paraguas para resguardarse del sol. iai mf rM- -J im j Una voz gritó: ¡Fuegoí Mr. Dubuis disparó al iz. ir, niti ¡ipuntar, y fváf lleno de estupor vio al priT laiio frwiic á -1 dando traspiés y levantando los brazos, y por Un cin- r de bruces. Le había matinlo. 3 W tí? ¿a Uno de los ingleses laiizo un Avh vibrante de júbilo, indicio de curiosidad satisfecha y de impaciencia gozosa. El otro, siempre reloj en mano, cogió del brazo á Mr. Dubuis y le llevó á paso de carga camino de la estación. El primer inglés marcaba el paso y corría; iba con los puños cerrados y los codos sujetos al cuerpo. Uno, dosl jUno, dos! Y los tres trotaban, á pesar de sus enormes vientres, como tres seres estrambóticos de un periódico caricaturesco. El tren partía. Todos saltaron al vagón, y en aquel punto los ingleses, quitándose sus gorras de viaje, alzáronlas y agitáronlas, gritando tres veces consecutivas: ¡Hip, hip, hurrah! Luego tendieron ambos gravemente la diestra mano á Mr. Dubuis y volvieron á sentarse juntos en su rincón. A. -3 ír. v. GüY DE MAUPASSANT DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINGA