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I I 1 li i 1 -Bi yo hubiera tenido el mando, habría tomado París, todo estaría quemado á estas horas, á todo el mundo habría matado. ¡No más Francia! Los ingleses, por cortesía, contestaron simplemente: cAoh, yes. -Al cabo de veinte años, añadió, toda Europa nos pertenecería. Prusia sería más fuerte que el resto del planeta. Los ingleses, inquietos, nada contestaron. Sus impasibles rostros parecían de cera, rodeados por sus largas patillas. El oficial se echó á reir, y echado atrás como al principio, burlábase de todo el mundo. Burlábase de la Francia asolada; burlábase de Austria, vencida antaño; burlábase de la defensa encarnizada é impotente de los D jpartamentos; burlábase de los móviles y de la artillería inútil, y dijo que Bismarck iba á ediñcar una ciudad de hierro con los cafiones capturados. Luego puso sus botas contra las piernas de Mr. Dubuis, que desviaba los ojos, más encamado que la grana. Lis ingleses parecían indiferentes á todo, cual si estuviesen encerrados en su isla, lejos de los ruidos del mundo. El oficial sacó su pipa, y dijo clavando la vista en el francés: ¿Tiene usted tabaco? Mr. Dubuis contestó: -No, señor. El alemán repuso: -Le ruego que lo compre cuando el tren se detenga. Y soltó una carcajada. Le daré á usted una propina. El tren silbó, amainando su velocidad. Pasaba en aquel momento por una estación quemada, y poco después se detuvo. El alemán abrió la portezuela, y cogiendo por el brazo á Mr. Dubuis le dijo: ¡Vaya usted á hacer mi recado! ¡Pronto, á escape! Un destacamento prusiano ocupaba la estación. Algunos soldados miraban desde la verja de madera. Silbaba ya la locomotora para partir de nuevo, cuando de pronto Mr. Dubuis saltó á tierra, y á pesar de los gritos de! jefe de estación se precipitó en un coche vecino. ¡Por fin se veía solo! Desabrochóse el chaleco para dejar amplitud á los ahogos de su pecho, y enjugó el sudor frío de su frente. El tren se detuvo de nuevo en una estación. El oficial apareció en la portezuela y subió, seguido á distancia de los dos ingleses, á quienes la curiosidad empujaba. El alemán se sentó frente al francés, diciendo con EU sonrisa de siempre: -Usted no quiso hacerme el recado. Mr. Dubuis contestó: -No, señor. El tren acababa de ponerse en marcha. Dijo el oficial: -Voy á cortarle á usted los bigotes para atascar mi pipa. Y dirigió su mano á la cara de su compañero de viaje. Los ingleses, siempre impasibles, miraban con ojos fijos aquella escena. Ya el alemán había cogido del bigote al francés y de él tiraba, cuando Mr. Dubuis le apartó el brazo, y