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CMTÁRES CON niS ORIA Jueves Santo por In tarde mataron ar Mar ¡i! esUo. ¡Cómo yoraba su madre! I LLO pasó en Andalucía, en uno de esos poblachonee grandes bañados por el sol; las chumberas trei í lv pando por las tapias; el alpechín de los molinos aceiteros corriendo en arroyos por las calles y esparciendo su tuto acre todo lo más del afio; los chiquillos, greñudos y ojinegros, revolcándose en el terraguero de la plaza, mano á mano con los de la baja vista, ó lanzando, con fuerza y mafia de honderos, sus varas de avellano o de álamo contra ¡as chirriantes bandadas de vencejos que circundaban la torre, volando sin cansarse Pueblo pacífico, sosegado, temeroso de Dios, que le echaba casi todos los afíos la bendición en forma de aceitunas muy amargas y de naranjas muy dulces. Aunque la marquesa viuda era duefiay sefiora de todo el pueblo con sus casas, huertos, olivares, naranjales, agros de pan llevar, caminos y veredas (porque esto ocurrió en tiempo délos sefioríos) de hecho cada vecino era rey en su casa, y nadie tenía queja de la buena ama, cuyo caserón solariego envolvía, con el perfume de los naranjos, el del amor respetuoso de tanta gente humilde. Sólo turbaban la soñolienta tranquilidad de aquella existencia monótona los recuerdos de la mala y corta Árida del sefior marqués consorte, que murió á los veintiocho años, harto de malrrotar en las timbas de feria y en otros deportes que no se han de mentar aquí, buena parte de la fortuna de la marquesa, quien sólo á fuerza de economía y de buen cuido de la hacienda, como dicen por allá, logró en veinte años rescatar lo vendido, redimir lo hipotecado, roturar los baldíos y hacer florecer y fructificar los desolados eriales. El daño fué que además de las hipotecas, pagarés y cuentas sin saldar, dejó el sefior marqués un hijo de pocos meses, en quien desde muy niño se atisbaron las mismas inclinaciones del papá. Escapándoseun día y otro á la severidad de la marquesa y á la solicitud de los criados, era jefe en pedreas y camorras con los arrapiezos de la plaza, maestro en destrozar tejados con la vara vencejera y en coser las haldas de las devotas vecinas á los ruedos de esparto que las servían de asiento en la iglesia; ya se colaba en la bodega y soltaba la canilla á la tinaja de trescientas arrobas, que no tardaba en desangrarse pacientemente como una ballena herida por el arpón; ya, aguijando á un novillo, le forzaba á que se metiese en el comedor del palacio, donde estaba la niesa puesta. Un día volvió á su casa en las puras carnes: se había jugado á las tabas el sombrero de tres candiles, casaquilla, chupa, calzón, medias, zapatos de hebillas y hasta la coleta que, entre los montones de cabezas villanescas, delataba la nobleza de la suya destornillada. La marquesa padecía, castigaba; traía de Cádiz y de Sevilla preceptores y ayos acreditados por su dureza de carácter. Inútil todo. No había genial que domase la bravura del Marquesito. Llegado á la mocedad, fué un torbellino, con la perversa condición de que, desoyendo el sabio consejo de los gitanos idoiide vivas no hagas dafioi, apenas si llevó sus fechorías un tiro de bala fuera de las lindes de su pueblo. Figuraos que D. Juan Tenorio, en vez de sembrar sus liviandades y sus escándalos por Italia y España, los hubiera enterrado en el recinto de un pueblacho andaluz. La pobre sefiora marquesa renunció á luchar; ya ni veía á su hijo, ni hacía otra cosa que hundirse en la iglesia á rezar fervientemente porque se corrigiera, porque se salvara. Como todos los libertinos, había abandonado la iglesia después de aprovecharla para perjurios y sacrilegios. Aquel Jueves Santo, el Marquesito, quizás algo beodo, aguardó la hora de la procesión, deslizóse entre las filas de los cofrades del Ecce Homo, que iban encapirotados y encamisados de negro, conduciendo y acompañando la imagen, y no sé qué palabras dijo al oído del mayordomo de la cofradía, hombre á quien suponía la gente que el Marquesito había ultrajado en su honor. Palabras fueron que el buen hombre, sin poder contenerse, dando un empellón al Marquesito, le arrojó contra la pared más cercana, le echó al cuello los brazos poderosos, capaces de detener á una yunta de bueyes, y antes que nadie pudiera auxiliarle, allí quedó exánime el libertino, delante de las santas imágenes, delante del clero revestido, delante del pueblo aterrorizado y delante de la pobre marquesa, que también muerta parecía. íío murió, por desgracia suya, la desventurada sefiora, y ya lo dice el último verso del cantar: vivió, vivió hasta muy vieja, llorando, rezando, metida en la iglesia siempre, con la terrible amargura de saber á ciencia cierta que su hijo, muerto en pecado mortal, ya no podía ser perdonado, por mucho que ella rezara y llorase. F. NAVARRO Y LEDESMA DIBUJO DE MÉNDEZ BRINGA