Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
X- 1 j fc j- x j r) T T L angosto café de A próximo al circo, ahumado techo, á descansar venía el domador de aplausos satisfecho, fusta en mano, y ciñendo todavía B azul ropilla y su calzón de punto; U á un camarada comentar oía todas las noches la última proeza; pero sólo con signos de cabeza solía contestarle cejijunto, porque tenía triste la cerveza. Era ya tarde; en el calé vacío cercenaban la luz; de los espejos las tersas lunas empañaba el frío y á intervalos llegaba desde lejos un quejido de fieras enjauladas. Con un fuego en la voz y en las miradas no acostumbrado, el domador sombrío interrumpió al amigo: tSi la quieres, lá víctima has de ser, ó rompe el lazo. Conozco mucho á fieras y mujeres. ¿Por qué lo digo, ¿Y tú me lo preguntas? Las dos en mi barraca entraron juntas: mi pantera Judit recién nacida, durmiendo sin temor sobre mi hombro, y, apoyada en mi brazo aquélla la mujer que nunca nombro. Grei que en mi vivienda ensornbrecida por fin entraba el sol; pronto se puso Pero no quiero hablar... Hizo una pausa, bebió despacio, y prosiguió en seguida: t Gallarda fiera! Ignoro por qué causa rebelóse de pronto; vi confuso crecer con mis halagos su despego, y de cólera ciego domarla quise... Aún llevo mal cerrada de sus zarpazos ia profunda huella. Vencido ful en lucha encarnizada... -r- ¿Por la pantera? -dijo el camarada; y el otro: -No; por la mujer aquélla. La pobreza, pensé, tal vez la aflige, y por ver en su pecho un nuevo dije, la vida expuse loco. Mientras tanto, raeciendp en hermosura y mansedumbre, mi pantera Judit era mi encanto: en la, jaula dormía por costumbre, y al abrírsela yo, I con qué delicia restregaba en mis ropas su cabezal Roncando alegre á la menor caricia marchaba en pos de mí con gentileza, y ante las otras fieras, á mi lado, con las fauces crispadas, enarcado el pardo lomo, el resoplar frecuente, la zarpa en alto y la pupila ardiente, causaba miedo. En horas de amargura, lamiéndome las manos, me decía con su mirada fija y lastimera: Ya lo ves; no estás solo en tu agonía; yo te amo de verdad, á mi manera. De aquellas horas en la más obscura quise morir; las fieras aquel día irrité con el hambre y la tortura de los garfios al fuego enrojecidos El circo estaba lleno; en forma vaga recuerdo luces, música, rugidos luego un aplauso que el terror apaga, gritos aislados, confusión, estruendo Al recobrar la fuerza y los sentidos, supe que mi Judit, también herida, sobre mi cuerpo exánime tendida y á las hambrientas fieras conteniendo, aquella noche me salvó la vida. Curé; mas no del alma. Negra suerte confirmando sospecha dolorosa, nuestra sentencia pronunció de muerta; y otra noche parece que aún la veo dormir tranquila, como nunca hermos- a, entreabriendo sonrisa indescifrable aquellos labios al amor perjuros Vacilé de morir triunfó el deseo. En silencio, con mano cautelosa, para no despertar á la culpable, prendí fuego á las tablas de los muros, y tendido á sus pies cerré los ojos. Envuelta en hiimo y resplandores rojos pronto la vi, la faz desencajada, de terror erizado su cabello. í Sálvame! í dijo, y se abrazó á mi cuello. Ante aquella mirada, el valor me faltó para el castigo. ¿Quién me disculpará? Sólo quien ame. ¿Y la pantera? preguntó el amigo. Y dijo el otro: -Pereció abrasada mientras salvé á la infame. El domador la ensombrecida frente en la mano apoyó con abandono, y sintió qué sus ojos de repente se humedecían por la vCz primera. Después, hablaron con pausado tono: ¿Piensas en la mujer... -No; en la pantera. DIBUJO DB BBGIDO ElCAEDO GIL s iw 1