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¿Y yo? -pregunté para distraerla, tendiendo á mi vez la mano. La bruja la tomó y sentí como una fuerte corriente eléctrica que atravesaba mi cuerpo, -Usted ¿A ver? Tenga la bondad de alumbrar, señora ¡Obi ¡Larga, muy larga existencial Ni los excesos ni los placeres han conseguido atacar la vitalidad. A no ser por muerte violenta La sangre que veo- -continuó con una especie de extravío- -es ajena. Esta mano sabo dirigir la bala! Tresmes calló un instante, preocupado; todos le imitamos, recordando su famoso desafío con Lamira, á quien había clavado una en mitad del corazón. -En fin- -prosiguió después do un rato de silencio, -salimos de allí, y aunque Oelita declaraba haberse divertido muchísimo, en realidad íbamos los dos preocupados; ella, temblando ante la idea de la muerte; yo, sin poder olvidar el rostro descolorido y los ojos de venturina. Al otro día, á la misma hora, me fui solo á la calle de la Cruz Verde. Recibido por la bruja, no sé qué la dije; la confdsé el atractivo que en mí ejercía, la fuerza psíquica que tenía sobre mí. Helada y serena, me sefialó una silla, y emprendimos larga conversación, entre el olor de iglesia de los encendidos cirios y el tétrico silencio de una habitación tan semejante á un catafalco. Algo emanaba de aquella mujer que yo no había hallado en ninguna. Conocedor y experto en el género- -creo que ustedes saben que no es jactancia; -coleccionista de impresiones femeniles; aficionado al amor como otros al objeto de arte, encontraba allí lo nuevo, -y nada escasea en amor como la novedad. -Si he de definir mis sentimientos por medio de una paradoja, diré que al lado de la bruja experimentaba lo que llamaré frío ardiente. Todo en ella era glacial: su piel marmórea, lisa, semejante á un témpano; su rostro impasible de sibila; su habla solemne; el mirar de sus ojos j de ágata, transparentes como la super ficio de un estanque. No necesito decir que rompí con Celita; fué un trueno silencioso; sencillamente, no volví á poner los pies en su casa. Pasaba las tardes en el gabinete negro, tratando de leer en el alma enigmática de mi bruja, en su alma, lo único de que yo tenía sedl Averigüé que no era francesa, sino dinamarquesa; que no tenía familia; que desde los quince afios rodaba por el mundo, y que estaba casada, aunque no vivía con su marido. -Mi esposo- -díjome un día con orgullo- -es un príncipe de la más ilustre progenie; sus dominios son tan vastos, que jamás podrá medirlos; su poder no tiene límites; ningún soberano compite con él. Como sabe que tantas mujeres le adoramos, nos hace poco caso, y nos es infiel sin cesar. Conmigo sólo pasó un día- -el de nuestras bodas- -y desde ese día le idolatro. ¡Nadie borrará su recuerdo, nadiel Al pronto me causó extrafieza la conseja del príncipe archimillonario y poderosísimo que deja á su mujer ganarse la vida diciendo la buenaventura; pero después, una idea hirió mi imaginación, y se me ocurrió que el tal príncipe sólo podía ser Ea, si se ríen ustedes, me callo. Ese 6 rsowa; é no está de modia, y sin embargo, ¡caramba, conflésenlol en él nos movemos, vivimos y somos todos loa pecadores y epicúreos de la coronada villa y de cuantas villas existen. La ocur rrencia de que el esposo de la bruja era ni más ni menos que el mismo Diablo, me empeñó más en su insensato amor, sin esperanza alguna. ¡Rival de Lucifer! Eso no se ve todos los días. Al tocar la mano de la bruja, el hielo de su piel me encendía el alma. Llegué á creer lo que cuentan dé la posesión diabólica- ¿Y cómo acabó esa rara manía, vizconde? -insistimos. ¡Ah! De un modo extraño también. Ustedes me dirán si me equivor -f co Oigan ustedes. Estaba yo más embebecido que nunca en mi pasión del otro mundo, cuando, casualmente, al leer un periódico, me encuentro con la noticia de que Celita había muerto. Una imprudencia á la salida de un baile; un enfriamiento En fia, que aquel día la enterraban. Profundamente emocionado al ver realizada la profecía de la bruja, resolví acudir al funeral; ¡no podía hacer menos! Al entrar en una iglesia por primera vez después de muchos afios, creí divisar á la bruja en la puerta, abriendo sus brazos blancos y sin calor para estorbarme el paao. Instintivamente- ¡hábitos de la niñez! -me persigné, murmurando restos de una oracióii casi borrada de mi memoria. Entonces desapareció la figura de mujer, y vi el ataúd de Oelita cubierto dé paños negros, y oí con terror, ¿á qué negarlo? los rezos de difuntos Me prosterné de rodillas, hecho un doctrino. ¡Pobre Celita! Hubiese jurado que su voz, llorosa y débil, pronunciaba mi nombré... Se me humedecieron los ojos y fué como si me arrancasen del pecho una raíz muy larga de planta venenosa; se me borró enteramente la imagen de la bruja. Ni volví á pasar por la calle do la Cruz verde. ¡Cuando pienso que, ocho días antes, me había revolcado á sus pies, rogándola que se divorciase de mi rival y aceptase mi mano... Y Tresmes, sacudiendo la ceniza del cigarro, añadió: -Ante el amor, más aún que aate la muerte, debemos reconocer que no somos nadie... Polvo y ceniza. DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINCA EMILIA P A E D G BAZÍN