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ANTBMOS, y si no estamos en voz, contemos la muerte de la bujía, de la tradicional y socorrida bujía, que tantos y tan valiosos servicios ha prestado á los poetas románticos y áloa novelistas por entregas: dos castas de literatos que no se van, sino que se fueron ya benditos de Dios, y ojalá no vuelvan. Perdonemos, aunque por poco tiempo, la vida aún á la bujía blanca y limpia de estearina Ó de parafina; pero condenemos ya al más negro olvido la repugnante y hedionda vela de sebo, y toda especie ó variedad de velas ó cirios de cera amarilla, que indefectiblemente, sin que acertemos á evitarlo, nos hacen pensar en la muerte. Con la desaparición de los blandones de gran calibre coincide felizmente la decadencia de ese género de arte aparatoso, teatral y falso, que se llazasLha, pintura de historia, pues rarísimo es el cuadro de tal género en que no se hallan los susodichos cirios, ora fulgiendo en candelabros historiados, ora derribados por el suelo y, humeantes aún, entre el tráfago de la rebuscada tregedia, ya sea ésta muerte de testa coronada, perjurio de príncipe, ó venganza de reina loca. Huyamos del cirio apagado ó sin apagar en pintura, como huirse debe de todo efectismo fácil y económico. Huyamos también de los blandones en poesía, donde se ha abusado no poco de ellos. Por fortuna, la poesía funeraria y los ripios de cuerpo presente van desapareciendo de la haz de la tierra y no se cotizan ya en el mercado. Aunque despacio, nos persuadimos hasta en este país de la muerte que la vida es harto más poética y más digna de ser cantada. Aún quedan, porque nadie puede poner puertas al campo de la fantasía popular, no pocos cirios, blandóncilios y velas de cera y de sebo en loa cantares y coplas de sentido jando con que el alegre pueblo andaluz intenta y logra dar el timo al mundo entero, enjuagándose la boca con ayes interminables para que creamos que, en efecto, está triste. Los que estamos en el secreto no lo creemos ya, y detrás de las cuatro velas y de lod ¡ay mi marel de cada copla, sabemos entrever las aceitunas y el Montilla, ese vino hipócrita que empieza tan serio como el Khin y acaba tan danzante y socarrón como la más desenfrenada Manzanilla. Alegrémonos asimismo de la desaparición absoluta de la bujía del sabio, de la bujía del enamorado y del pabiloso y maloliente cabo de vela del poeta guardillero: tres bujías que han dado muchísimo juego en novelucas y arciculejoa da costumbres en la época de nuestros padres. No son estos tiempos ya de sabios ignorados y sórdidos; el que más y el que menos, aun cuando no sea muy sabio precisamente, dispone de una modesta boabilla de luz eléctrica para realizar sus investigaciones nocturnas. Por su parte, el enamorado de veras (si alguno queda en la abundosa y apasionada falange de los dependientes del comercio é industria) comprende que de nada sirven las noches de claro en claro pasadas á la luz de la bujía solitaria y se marcha á pasar la velada llorando desdenes en el Japonés ó en Actualidades, etc. etc. Y en cuanto á la bujía del poeta, nosotros, que por obligación profesional y con las debidas precauciones tratamos á distintos poetas, sabemos lo burgueses que estos señores se han vuelto y la gran afición que tienen á la comodidad y policía de las instalaciones eléctricas. Así como en tiempos pasados no había poeta sin lira ó, por lo menos, plectro, en la actualidad no hay vate sin enchufe. Celebremos, en fin, la desaparición de las bujías en los salones aristocráticos, comenzando por el del Palacio real. No somos tan plebeyos ni desgraciadamente tan jóvenes que no hayamos lamentado amargamente, llorando con lágrimas propias, las de reluciente y pegajosa estearina que estropearon nuestro primer frac en una recepción palaciana; y aún recordamos con horror la expresión de angustia que vimos en el rostro de una onecida y bellísima aefiora á quien una gotera caída de una araña había abrasado los hombros esculturales. Lia hermosa cabeza vuelta hacia el sitio del dolor hizo hablar de la Niobe clásica á varios revisteros de salones, lo cual siempre es deplorable. Aunque aólo f aera por esto, debíamos regocijarnos de la muerte y desaparición de cirios, velas, blandones y bujías. ENE