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FABÜLITAS EX PROSA EL CONGRESO DE LAS AVES BUKiÉBONSE las aves en congreso para tratar de la aflictiva situación á que las habían reducido la protervia y la audacia de los cazadores. Habló primero la perdiz, como la más perseguida y castigada por el terrible enemigo, y se expresó en tono tal, que daba pena oiría. Ella, que de suyo es tartajosa y torpe, al llorar sus desdichas arrastraba las efees y las erres de tan lastimero modo, que pronto las demás aves se cansaron de aquella oratoria pesimista y obligaron á callar á la infeliz representante de los oprimidos, como pasa comunmente en casos análogos. Tomó después la palabra el ánade, y peroró en términos más optimistas, como aquél que, en su calidad de anfibio, puede proveer á su defensa escondiéndose bajo el agua ó elevándose en vuelo recto y fuertísimo á la atmósfera hasta alturas donde no alcanzan las balas ni las postas. lío obstante, el muy pato declaró que él no tenía criterio cerrado, ni había ido al congreso á aportar el contingente de sus particulares egoísmos, y que, si se nombraba una comisión, formarla parte de ella muy gustoso para ilustrar á las demás aves con su profunda experiencia respecto de esos tres elementos de la Naturaleza que á él le eran familiares, á saber: el agua, el aire y la tierra. Y al exclamar solemnemente he dicho, se acarició con el pico las dos plumillas ahorquilladas que le adornan la cola Terció en el debate la alondra, y en aquella voz dulce con que está habituada á sacar de su éxtasis á los enamorados desde los tiempos de Eomeo y Julieta, declaró que ella, la más inofensiva, era la más desgraciada, pues los hombres no la perseguían con ruido y aparato de puestos y barcas como al ánade, ni con el vicioso incentivo de la infidelidad como á la perdiz, sino con unos artilugios mecánicos infernales, brillantes y mareantes que vuelven el juicio al ave más cuerda y sesuda, lo cual era tanto más feroz é injusto cuanto que ella, la humilde alondra, no causaba daño alguno á la humanidad, viviendo como vivía de los gusanitos y lombricillas de la tierra, sin entrar á hecho en los algarrobales ó en los trigos, como la insaciable perdiz, y sin arrasar las huertas ribereñas á furto, y con las agravantes de nocturnidad, de abuso de fuerza y de uso de sierras ó instrumentos apropiados para causar da os graves, como hace el ánade. El discurso de la alondra, por ser el más razonable, produjo escasísimo efecto. No había terminado cuando la quitó la palabra la urraca. Como allí no había taquígrafos, casi imposible es dar idea de lo que chilló, vociferó, parló y mareó á la concurrencia la verbosa é infatigable habladora; pero sí podemos decir la substancia de todo aquel charloteo que durante dos horas chaparreó ese avechucho, tan parecido á los oradores parlamentarios hasta en lo de gastar levita negra de luengos faldones, corbata de ceremonia y pechera y chaleco blanquísimos. Lo que vino á decir, en resumen, la urraca, fué que todos los preopinantes habían errado de medio á medio, que la gente alada estaba harta de lamentos estériles y de discusiones bizantinas (así dijo; estamos seguros) y que lo importante, lo urgente, lo único indispensable (y casi creemos que dijo ineluctable) era acabar con todas las teorías y dedicarse á no hacer nada de política y á hacer mucha y buena administración, toda vez que el problema político estaba resuelto en definitiva, y en cambio cada vez aparecía más pavoroso el problema económico. Grandes aplausos hubieran acogido las últimas palabras de la urraca en un congreso de hombres; pero aquel congreso era de aves, y todas, lo mismo la perdiz que la alondra, la codorniz como el si- B son, recordaron á un tiempo que aquelia acreditada la- i- drona que tanto hablaba de resolver el problema económico, resolvía el suyo muy guapamente acechando los v Sf s nidos y comiéndose los huevos del ave que se descuidaba. Y esta fábula no necesita moraleja. í 1 fc F. NAVAERO Y LEDESMA nlBUJOS DE REGIDOR 1 f