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Sacó de una cesta una marmita automática, un frasco de vino, una libreta y un racimo de uvas; luego, de la marmita un pueherete humeante, y vertió en un plato el contenido, sin apartar el caldo para hacer sopa como otras: veces; y sirviéndose de una cuchara de cuerno, comió sentado en un taburete, é hízolo maquinalmente, de un modo inconsciente y como obedeciendo á la fuerza aiitomática de una habitual necesidad. No prestó atención á la atropellada y deliciosa charla de la nena. Andrés la miraba, pero no la oía; poco á poco volvió de nuevo á su terrible pensamiento de venganza. ¡Como esta noche al entrar en la cantina se me encare I- -pensaba Andrés; -y toda la irritada cólera de sn corazón le hizo lanzar un sordo rugido, tirando la pipa que tenía en la mano izquierda, y cerrar como en garra, apretando el puño, la derecha. Sin duda la nena, al ver moverse nerviosamente los dedazos de aquella mano terrible, tomólo á juego, y á poco vióse sorprendido Andrés por la nifia, que con sus diminutas manos blancas y sonrosadas acariciaba la manaza, intentando abrirla. Allí estaba aquella lindeza dé carita, aquella transparencia de cutis, aquella translucencia de ojos, tras de los cuales flameaba una aímita del cielo; aquella cabecita de cabellos suaves, aquella boquita húmeda, roia; aquellos dientecitos chiquirritines, iguales, blanquísimos. La personita aquella, en fin, tan gentil, tan aérea, tan delicada, tan confiada, tan graciosa. -JBíe compó im oyo- -dijo la niSa apoderándose al fia del dedo meñique de aqaella mano de cíclope; el hombronazo fué al fin desarrugando un poco el cefío, y al cabo, sin darse cuenta, entregóse; y á su modo tosco y áspero, dijo pasando del meñique al pulgar el infantil dicharacho: -Este amasó un queso, éste lo vendió, éste lo compró éste lo sirvió, y este burguesote gordo se lo co mió. Los mejores pájaros artistas del bosque h bieran querido copiar en sus gorjeos la vivísima y jovialísima risa que en Sarin produjo el ver en comedia de polichinela aquellos dedazos ásperos como limas, fuertes como tenazas, firmes y seguros como herramientas vivas de un ajustador hábil y de un forjador forzudo. De pronto Andrés sintió deseos de echarse: cogiendo en brazos á la niña, sentóla sobre la cama al lado de la pared, y él se tendió á la larga. ¿A momirfl- -exclamó Sann. -Sí, dormiremos. -Entonces la niña, recordando la costumbre que 7 habían enseñado para la hora de ac í u se, se santiguó. ¡Cosa más extrafi I I obrero no lo hacía! -Pesínate, pt iV- f- -le dijo la nifia. Andrés se echó á j i i pensar en que realmente no se acor- i de aquello; por lo cual se produjo i ii- i ees una singularísima escena: los di i ditos de rosa y aquellas manos chiqu i i ii juntaron el pulgar de la manota de de Andrés al índice, en forma de CJ la fueron llevando por cima de la í r -Para que Dios libe de malos pensamentos, -dijo con tonillo instructor el querubín. í L at- i Estremecióse Andrés: en efecto, cuán negros pensamientos entenebrecían su mente! Sintióse de pronto conmovido con esa fulgurante rapidez con que en el alma reaparecen los recuerdos; cuasi llorosos tuvo los ojos de enternecidos, porque hizo memoria de su pobre madre cuando, teniéndole á él en camisilla sobre la cama para acostarlo, hacíale persignarse, santiguarse, rezar y besar una santa medalla. -La segunda en la boca, para que te libe de las malas palabas; la tecera en el pecho, para que te libe Dios d e las malas rasones: en el nombe del Pade, del Hijo, del Espítitu santo. Amén. Besa, besa, -decía Satín, poniendo sobre la boca del obrero, entre los espesos bigotazos y las ásperas barbazas, la señal de la cruz. Besó Andrés su propia mano en las manos de la niña y la besó en la frente y en los cabellos, y sintióse, sin saber cómo, complacido por una dulcísima emoción. Un instante después se hallaba solo. Un criado de la casa delamo, que hubo de presentarse á dar una orden al capataz, llevóse la nifia. Quedaba algo en la caseta de la Itimánación y de la fragancia de aquella alegría inocente y radiante de Sárín. Y de pronto sobrecogióse Andrés temiendo con espanto verse de nuevo víctima de sus monstruosos pensamientos, y con la torpeza de un catecúmeno y toda la energía de pensamiento y sentimiento religioso de un varón fuerte, hizo en su frente, en su boca y en su pecho la señal de la cruz; juntó luego sus manos, entrelazando los dedos, miró al cielo y murmuró con entonación firme y resuelta: ¡Bah, Dios le perdone! ¡Qué vale la vida en que está él, ante la vida en que estás tú, madrecita mía junto al mismo Dios! ¡Ah Sarín, mensajera de la gracia! J o s í ZÁHONEEO DIBUJOS DI ALBSBTI