Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
cilindros y ruadas dentadas, cjrreaa larguísimas que subían hasta IDS techos y bajaban á lo insondable de los fosos; todo era allí negro de carbón y negro de hierro, produciéndose en algunas partes relucencias de acero. En el centro de íiquel laberinto de gigantes, veíase un punto de rojo fuego vivísimo y se producía con espantable resoiíancia la apresurada y afanosa respiración de la inmensa caldera de vapor. A veces, por entre aquellos callejones, por aquellas alturas aparetían los demonios rugiendo, saltando; tenían negras las caras y las manos: estaban espantosos. Y sin embargo, SaHw avanzó; nadie la había visto; siéntese calofrío y se erizan los. cabellos al pensar en aquella criatarita, á la cual una correa de transmisión hubiera arrebatado y un engranaje hecho trizas con mayor rapidez de la que poco antes tuviera la nifia al deshacer la flor. Nadie la había visto, sin embargo de que Andrés Marchan, el capataz del taller, estaba asomado al balconéete de su garita puesto de codos en la barandilla, con la cabeza apoyada en las palmas de las manos y los dedos apretadamente enredados en las negras barbazas, torvo, ceñudo, espantoso, verdadero rey- demonio de aquel averno. Uo era difícil comprender que dentro de aquella dura cabeza, y por el indomable carácter de aquel veterano trabajador, se mantenía en rescoldo un encono feroz y se desarrollaba un tétrico pensamiento de odio vengativo. Ah, si cuando fuimos á la mina y delante de mí se asomó ala boca del pozo le hubiese pegado una patada en los ríñones, ya estaría allí muerto y sepultado! Me ha v mido gruñendo, ladrando, y yo me he encogido de hombros; por culpa suya he tenido una multa, y lo que es peor, una nota, y él no para hasta ser jefe de talleres ¡él, Cesáreo, un rascacuentas; un librea querer tener bajo de si á un maquinista y á un mecánico como yo! Luego vio en su imaginación Marchan la cantina de los trabajadores; que entraba en ella, y que allí Cesáreo se le reía en sus barbas; pero él lanzábase sobre el burlón, estrujaba entre aquellas manazas anchas y duras el esmirriado cuello del envidioso hasta que en su cara odiosa se le volviesen los ojos, y saltándole afuera la lengua por horrible mueca, cayera muerto á sus pies. Pero ¿qué era aquello blanco que se veía allá abajo entre los la- ninadores? ¿Era un perro? Sería el perro de lanas del amo. ¡Pero callel Si es una criatura, ¡sí! un chiquitín con un delantalito blanco. -Andrés maquinalmente se lanzó á coger el cordel de la campana para dar aviso al miaquinista... pero no no daba tiempo. ¡Maldecidos padres que así abandonan á sus hijosl Andrés, torvo aúnj y aán más preocupado ante aquel grave compromiso, descendió por la estrecha escalerilla de hierro adonde Sarin estaba muy distraída en ver un tornillo cuya cabeza danzaba acompasadamente ante dos ruedas gemelas dentadas que le hacían simetría en el baile. ¡Si es la hija del amo! -dijo Andrés añadiendo además una espantosa blasfemia. ¡Andes, Andésl- -exclamó la nifia al verle, y gozosa le tendió los brazos. En ellos la llevó el obrero y la subió á la caseta- garita en la cual él vivía durante toda la semana vigilando y presidiendo el formidable trabajo de aquellos inmensos talleres. El persistente odio que abrasaba su corazón hacíase en aquel momento extensivo al aya, á las doncellas, ayudas de cámara, lacayos, á los criados todos, autores ó cómplices de aquel descuido; á los ricos, que así abandonaban en manos ajenas á sus propios hijos; los abandonaban á servilones quizás tan canallas como el Cesáreo! Andrés no podía abandonar el taller. ¡Qué importaba que la buscaran! Bien merecían el mal rato que iban á pasar. Y la criatura no se extrañaba; antes se hacía bien á estar con el obrero, acordándose sin duda de los días que Andrés había jugado con ella y le había dado unas nueces. Los crios son como los cachorros: son lindos, y hasta los de los ricos tienen ley á quien les acaricia. -Esta es mi casa, pequeña. -Casa- -dijo la nifia inclinando lá cabeza sobre el hombro izquierdo; y luego añadió: -Neces- -Nueces, ¿eh? Al nigocio, como todos- -replicó irónicamente Andrés. ¿No se te ha olvidado? Pero no tengo nueces, rica. ¡Calla! te daré un chichi muy bueno, un pilón de azúcar. -Como al decir esto oyese sonar las doce en el reloj del taller, salió rápidamente de la caseta, y abalanzándose á la campana produjo con ella un agudísimo repique, tras del cual al poco tiempo cesó todo el estruendo de la maquinaria; y así, después de oirse el vocerío y el rumor de loa obreros que se alejaban, todo quedó en silencio. -Ahora ya estamos solosj pequefiita; toma el terrón; yo me voy á comer mi pucherete; si quieres comer conmigo, ¡guapamente! ¿Comea zopa, y cosiro, y pinsipio y postesf- -No, chiquita; esos se los doy á ti y tu papá; yo me conformo con poco. Después que haya comido, si no vienen por tí, te llevaré; ¿ó Quieres quedarte aquí? -Bueno, sí; me quedaré cotóg ci. Andrés, al oír esto, tornó á ponerse sombrío, tal vez porque aquella inocencia y aquella dulzura no se avanían bien con su ánimo acedado y rencoroso.