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í w vj. s; 1 í i v 7 i v XiJf 4 t 4; 1 w FOR LA SEiÑÍAl medio del caminito, abierto entre dos bandas de espesos jazmineros marales lindamente adornados de florecitas blancas, apareció la nena, la diminuta Sarín, menuda personilla de cuatro años que tenía una carita así de pura y alegre como la aurora, una boquita fresca y encarnada, cabellos rubios que el sol hacía de oro luciente, y grandes ojos azules llenos de la audacia y asombro de una angélica ingenuidad. Al entrar en el jardín se detuvo como admirada de su propio atrevimiento, ladeó á una y otra parte su cabeza, dio dos saltos y avanzó un poquito á la paticoja se movía con gran apresuramiento, marcando bruscos impulsos, como si fuera á echarse á volar con las mariposas que danzaban sobre las plantas ó los pájaros que giraban por encima de los árboles. Qaedaba luego de pronto quieta; ya gozosa reía, allá con sus cosas ya desatinadamente gritaba por curiosidad y por miedo ante lo sombrío, intrincado y misterioso del boscaje, y á estremo llegó de arrugar el cefio, aseriar el rostro, y fijando con atención de sabio botánico su mirada en una florecilla que había cogido y que tenía entre sus manos, fué desnudándola de sus corolas, arrancó los estambrillos, estrujó y deshizo el cáliz, arrojándolo todo al aire con el visible desprecio y el fiero desdén de quien se ha visto chasqueada al término de un largo estudio y un trabajoso experimento. Proyectó después en el cauce de un regajal no sabemos qué obra de hidráulica, y hubiera terminado si un impertinente moscardón que anduvo en revoloteo como buscándole las orejas para confiarla su monótono discurso, no la hubiera hecho huir despavorida y á punto de llorar. Llegó á la glorieta, donde en ancha taza de piedra un cupidito de bronce, jinete sobre un delfín, hacía por oculto artificio juegos con esferas, abanicos, colas y altos chorros de agua, que la luz del sol embellecía con prismáticos cambiantes. Era aquello un monumental juguete embeleso de los ojos, y producíase allí el dulce, continuo, alegre ruido de un enorme sonajero; la nena quedóse extática; los pájaros estaban locos piando y cantando como en un certamen de gorjeos. Más allá de la glorieta, por el lado opuesto al camino de los jazmineros, por encima de las paredes del jardín, asomaba un caserón de ladrillo ennegrecido, techo apizarrado y altas chimeneas derechas como troncos de palmeras reales, que no embellecían el espacio con ramas, sino que velaban y obscurecían el cielo azul con negrísimo humo; aquello era lafica, como decía Sarín, los talleres de hierro de la fábrica. Sarin miró hacia allá, pero después la distrajo repentinamente el peligroso antojo de asomarse al borde de la fuentecilla para tirar piedrecitas al fondo y engañar y amedrentar á los tres ó cuatro pececillos de colores que allí se revolvían, hasta que cansada apartóse de la fuente y se puso á mirar de nuevo hacia la fábrica, y gritó: ¡Andes, Andéeesl- -Y echó á correr. Y vióse de pronto ante una puerta que un imprudente descuido hubo de dejar entreabierta; por ella asomó Sarín su carita entre fisgona y temerosa, murmurando en voz baja: t ¡Andés, Andéeesh ¡Curiosidad, curiosidad! Mordedor reptil que inocula en la inocencia bienaventurada el veneno de la irreductible desobediencia, por el cual se pierde la felicidad de un Paraísol Sarín tenía ante sí un corralón erizado de montones de escoria, cubierto con una espesa capa de negro carbón; allá á lo lejos, por la puert de la fábrica, oíase un estruendo infernal, golpeteos espantosos, ruidos atronadores capaces de amedrentar á un corazón varonil; pero la niña entró al fin, anduvo por unos momentos como vacilante, y luego, serena y muy segura de sí misma, encaminóse derechamente á la puerta de la fábrica y entró cual si la impulsara una inspiración divina, como Eneas llevado por Virgilio y Virgilio llevado por el Dante á los horrísonos y tenebrosos antros del infierno. Allí no se oían píos ni gorjeos, ni cadencioso chorrear de las fuentes, suave gití- glú de los regajales ni el murmullo de las hojas; allí los violentos golpes de gigantescos martinetes, el crujiente morder de grandes sierras, el ruido aterrador como de violentísimo huracán, que hacía voltear ciclópeos aros y unas en otras (Nr I