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IvTJLD. Mí i i EE las figuras femeninas más notables de! t l V la segunda mitad del siglo XIX, se destacará por derecho propio la de María Leticia ionaparte- Wysse, esposa en primeras nupcias del opulento alsaciano conde de Solms; en segundas del estadista italiano Urbano Rattazzi, y en terceras del ingeniero y hombre público español D. Luis de Eute. En la madrugada del 6 de Enero falleció esta señora en París, á la edad de setenta y un años, y recogieron au último suspiro su hijo el conde de Solms y B hija la encantadora Isabel Eoma Eattazzi, que á U los lutos de su reciente viudez une ahora los que viste por la muerte de su ilustre madre. Otra hija de la insigne escritora queda, pero ésta, por desgracia, no puede llorar ni sentir; tiene veintiún años, y es desde nacimiento sorda, ciega y muda, habiéndola hecho Dios la caridad de privarla de la inteligencia para que no pueda apreciar su desgracia. Es la segunda de las hijas que tuvo de su matrimonio con nuestro compatriota Eute; la primera, una niña encantadora y lista, murió aplastada por un ómnibus, víctima del descuido de la niñera que la cuidaba. Esta catástrofe y las desdichas de su hija menor, han sido las penas que han amargado los últimos años de la notable dama, que hasta experimentarlas sólo venturas debió al cielo. Corría por sus venas la sangre de la familia que más se elevó en el pasado siglo; fué prodigiosamente hermosa; estaba dotada de superior talento; recibió con aprovechamiento una educación esmerada; se halló unida á sucesos tan trascendentales como la aurora del segundo Imperio en Francia y el establecimiento de la unidad; en Italia; tomó parte activa en el desenvolvimiento literario de Francia, y la rodearon los poetas más inspirados y los escritores más insignes. Víctor Hugo la llamó su musa; Ponsard la dedicó sus cantos; Eugenio Sué la consultó sus libros; Saint Beuve se honraba corrigiendo l a s pruebas de los artículos que ella mandaba desde el destierro á M Constitucional. La coronaron en el Oa pitolio de Roma, y fué dama de L Anunciatta en la corte de Italia, dama de María Luisa en la de España y de Santa Isabel en la de Portugal. En Aix- lesBains tuvo corte, y corte dé hombres de superior ingenio. No hubo celebridad masculina de la segunda mitad del siglo pasado que no besase su mano, ni mujer artista á quien ella no tratase. Se adornó con las joyas más valiosas y se vistió con las telas más ricas; dis frutó desde su primer viudez hasta su muerte de uní renta que no bajó de cuarenta mil duros anuales. ¿Qué la faltó? El sentido práctico, el conocimiento de la realidad, el arte dificilísimo de saber ser vieja. Su primo Napoleón III la negó el derecho á usar el título de princesa, que le correspondía con más legalidad que á él el de emperador; pero no pudo evitar que corriese por las venas de aquella mujer extraordinaria la sangre de Luciano, que fué de los cuatro hermanos de Napoleón I el único que pudo compararse á él en genio. Sus discursos en el Consejo de los Quinientos, donde ocupó el puesto más preeminente; sus trabajos como ministro del Interior para el XVIII Brumario; su embajada en España; sus obras literarias, todo prueba la superioridad del hermano segundo de Napoleón I. Al contrario de sus hermanos Jerónimo, José y Luis, no se quiso someter al César. Le desobedeció casándose con la mujer á quien amaba, con Mad. Jouberthon, y se marchó á Roma, donde) e siguió su madre, aquella mujer tan superior que no perdió la cabeza con la elevación de su hijo, y que nunca se hizo la ilusión de que aquel poder iba á ser duradero. La princesa María heredó con el talento el espíritu de rebeldía de su abuelo. No tenía ella carácter para acomodarse á la etiqueta de una corte; era ante todo y sobre todo mujer de Fronda, dispuesta para la lucha, incansable para la pelea en que se esgrimen las a r m a s del ingenio. Una biografía de ella ocuparía muchas páginas, por mucho que quisiera extractarse. No podemos en estos momentos hacer otra cosa que c o n s a g r a r l a un recuerdo como tributo de gratitud, por el inmenso cariño que demostró á España, y al cual, preciso es confesarlo, España no ha correspondido como debía. Asesinado C á n o v a s muerto Castelar, perdió los dos grandes amigos que aquí tenía, y levantó la casa que había instalado entre nosotros y se volvió á sus lares de París, donde c o n s a g r ó á nuestra patria el número más notable de su Nouvelie Bevue International. Ahora descansa y a para siempre en su panteón de familia en Aixles- Bains. No se podrá escribir la historia de la sesunda mitad del siglo XIX sin citar muchas veces su nombre, sus h e c h o s y sus obras. fKASABAL