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M 0.3 SBN J A C I N T O V E R D A G U E R PÍ ftBL viejo y sonoro bronce que en tiempos heroicos fué masa de poetas, no nos queda ya otro ejemplar vQ M en España que el insigne vate catalán. Muerto Campoamor, en forzado reposo Núfiez de Arce, sólo Mossán Jacinto Verdagner sabe dar aún á las obras de su pluma el perfume agreste de la inmortalidad. Es nuestro único poeta épico, y al par nuestro único poeta místico. Como éste no as sitio, ni el que e cribe es quién para juzgar ó para analizar en breves palabras poemas monumentales como La Aüántida yCanigó, en los cuales reviven edades que fueron y otras que soñadas parecen, cual soñado se nos antoja el relato de la Jliada, aun cuando le sepamos en gran parte cierbo; como ta, mpoco es ocasión de establecer la filiación directa que, por otro estilo, une á Mossén Jacinto Verdaguer con los grandes poetas franciscanos de Italia y aun con el propio San Francisco de Asís, y á su poesía mística, de tan sublime candidez, con la inspiración de las Moreüi, contentémonos con mirar la efigie interesantísima del gran poeta, y si nos fijamos, sabremos encontrar en ella su espíritu, porque el adagio aquél la cara es el espejo del alma se ha hecho para aplicarlo á los hombres grandes de veras. A no llevar hábitos, tomaríase á Mossén Jacinto por un cainpesino catalán de aquellos en cuyos cráneos ha visto el Dr. Kobert todos los signos de la superioridad para la acción. Y en esto como en lo otro se hubiera equivocado el doctor, porque el gran poeta, con ser sin duda un hombre que ama la naturaleza y en ella se inspira y acierta á hacer hablar por su. boca ó por su pluma á esa gran muda tan repleta de pensamientos, es precisameate un hombre del todo inútil para loa tráfagos y afanes de este mundo. Cantó las cumbres y los mares, los cataclismos de la tierra, los continentes hundidos y las civilizaciones muertas, porque supo volar por cima de todo ello con alas propias. Tal hizo eu la época, ya lejana, en que compuso el poema La Atlántida. Abatió después el vuelo sobre las montañas de la tierra natal y cantó en esplendorosas rimas la hermosura del Pirineo, que volvió poetas á hombres de ciencia como Eamond de Carbonniéres y Taine, y narró fantásticas hazañas de los tiempos feíudales y conjuró á las hadas y dio vida á criaturas de original lindeza como Flordenieve. Pasó el tiempo, y el águila altanera recogió las alas, puso los pies en tierra y volvió á ser el campesino sencillo y crédulo, imitador del Evangelio, del humilde Francisco de Asís, del dulce Buenaventura, del simplicísimo Jaco pone de Todi, y como ellos, inepto para vivir entre el mentiroso estruendo de las ciudades, y, como algunos de ellos, perseguido por lo sincero de sus palabras y lo ingenuo de su sentir, y, como ellos, poeta siempre de singular encanto, que acierta á sacar de las flores y de los campos el dulce jugo, espiritual con que se alimenta su aliña priinitiya. Pero esto, con ser tanto, aún es poco para la crítica, para la literatura; los inteligentes admiran además en Mosaén Jacinto el magistral dominio de lá lengua catalana, hoy maltraída y aplebeyada por el mercantilismo. Los versos catalanes de Verdaguer suenan á esta orilla deí Mediterráneo como un claro eco de los versos de Dante murmurados eri la orilla opuesta; su idioma catalán, amplio y generoso, es como un lazo tendido entre Castilla é Italia. No tiene discípulos ni imitadores. Los que podían serlo andan ahora muy atareados ¡ay! cantando Els segadora. EKE FOT. ESPLUGAS. BARCELONA