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LA MANTILLA Ó O dudarlo? Es la más bonita prenda que hayan M discurrido las mujeres para adornarse la cara; y siéndolo, ¿por qué, señor, por qué desterrar, abandonar ú olvidar la mantilla? ¿qué conjuración habrán urdido los diabóhcos enemigos de la belleza y de la elegancia, esos seres prosaicos y odiosos que ponen todo su empeño en afear y entristecer la vida moderna, para producir la decadencia de la manti lia española y el irritante y tiránico entronizamiento del sombrero? ¿Dónde estarán esas fuerzas ocul. tas ó e- as secretas potestades que inducen á las mujeres á tan lamenta- eg extravíos cual los q ue vemos por a h í á dia- que también las mu je res se nos extranjericen, y que lo más adorable de nuestra tierra, caras y cabellos de ellas padezcan la opresión del capricho exó tico y queden sujetas á la esclavitud del afeminado modisto ó de la parlanchína modista parisiense? En cambio, ¿á quién se le ocurrirá jamás aplicar el temible cali- -J ficativo de cursi á una señorita ó señora tocada con mantilla negra en día ordinario, con mantilla de casco en día de Semana Santa, con mantilla blanca ó madroñera en día de toros? ¿Quién, por poco poeta que acier te á ser, no comprende que una mantilla alrededor de un lindo palmito, es como un requiebro gracioso y bien dicho puesto en pos de un nombre femenino? Para convencer al respetable público de que es verdad lo que decimos, ha prestado su gentil cabeza, adornada con la mantilla, una española en quien la hermosura y el talento artístico se igualan: la graciosa actriz Rosario Pino. FOT. Cn- UENTES lio en forma de sombreros y capotas, tocas y papalinas? Es inexplicable, es absurdo, es antipatriótico. Ya que apenas se encuentra u n hombre que hable en castellano puro media hora seguida, ni que sienta ó piens e en español castizo siquiera cinco minutos, ¿hemos de consentir w.