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ros desnudos de los cuatro remos, y tan empapados en sudor, que lleva. ban las blusas azules pegadas á los atléticos torsos; tanto hablan traba, jado en el acarreo de balsas y lanchas para transporte de víveres y salvamento ó trasiego de gentes. i k. una orden de la condesa atravesaron, agua al pecho, el extenso pa: ü k. tio, subieron chapoteando la media escalera hasta llegar al descanso, y con gentil desenvoltura echóse el uno á cuestas á Curro mientras el otro tomaba en los recios brazos á Salud, que alzaba en los suyos al nifio. Y en aquella guisa, agua adelante los marineros y por los borriquetes la condesa, llegaron todos al punto en que habla quedado el coche. Dejaron los jayanes sus cargas, y recibida generosa propina, volviéronse corriendo al trajín. Sobre los blancos almohadones de brocatel del lan t do ducal acomodó la señora á su lado á Salud y enfrente á Curro, y despojándose de su capa de pieles envolvió con ella á la madre y al nifio, que estaba moradito de frío, mandó al lacayo que abrigase con su pelerina á Curro, y ya libre de sustos y confortada en el tibio ambiente de su coche, ordenó satisfecha: -A casa. Rodaba el lando á todo el trotar del poderoso tronco; y la condesa, I que no era ciertamente una beata I ñoña y lacrimosa, sino un espíritu I sano, un temperamento bien equilif brado y un carácter jovial, casi in! fantil, tan pronto como se recobró de los sobresaltos, del frío y de la fati. gosa marcha, sintió grandes ímpetus de risa al recordar el chistoso aspecto de Curro, medio desnudo en la escalera, cantando un trozo de Marina, mientras sus pobres muebles y I sus cuatro trapos, su casa toda, fata! ha, en efecto, sobre las desbordadas aguas. A punto estuvo la condesa de sol; tar una de sus más sonoras carcajadas, cuando al levantar los ojos hacia Curro, como para completar el efec to de su cómico recuerdo, vio que el pobre mozo, pálido como la cera, miraba de hito en hito el grupo conmovedor que formaban la madre y el niño, que envueltos en el rico abrigo de la señora comenzaban á cobrar el calor y la animación de la vida, y como si toda el alma del mísero padre se derritiese en gratitud, dos gruesas lágrimas brotaron de sus ojos y resbalaron por sus demacradas mejillas. La risa de la dama se resolvió también en llanto, é inundado su espíritu en el goce inefable del bien realizado, parecióle que en aquellas lágrimas del pobre agradecido brillaba un destello de lo alto, y á la luz de aquel esplendor efusivo que parecía emanar de las almas unidas por la caridad, percibió la condesa Clara muchas cosas que no se razonan en frío, y comprendió que aquella extraña alegría de Curro en medio de tan absoluto abandono era la estoica y viril alegría española, la misma que resonaba en el guitarrillo del soldado hambriento y expuesto á infinitos riesgos en los arenales de África, la que confortó á nuestra gente en todo peligro, la que entonaba la jota entre los escombros épicos de Zaragoza, la que cantaba hace poco amenazada de mil muertes en la Manigua. Esa alegría, salud del alma, que es nuestra levadura étnica, nuestra savia nacional, tan propia como lo es de las cepas jerezanas el dorado mosto, que inspira los cantares de mi tierra andaluza. Y ¡ay de España cuando nuestros civilizadores acaben de aguarnos el vino y la alegríal j- BLANCA DE LOS EÍOS DE LAMPÉREZ DIBUJOS DE HUERTAS w W B i i.