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UBAKTB ocho Ó diez afios, la casa de fieras ambulante del domador Paolo fué el mejor regalo y la más incitativa diversión que disfrutaron los concurrentes á fiestas de pueblo y ferias de ganados en una y otra falda de los Pirineos. Desde los pastores vascofranceses, de boina amplísima que semeja á una seta azul gigantesca, hasta los montafieses- catalanes de Puigcerdá ó de Prades, tocados con barretinas moradas que en complicado rollo caen sobre la frente, no quedaba en todo el caparazón de la cordillera subdito español ó francés que no admirase á Paolo, y más que á Paolo á su hermoso león íTafiío, cuya ferocidad era positiva, indudable. Bien sabían todos los campesinos pirenaicos que los otros animaluchos pertenecientes al domador, y que éste enseñaba en primer lugar, eran unas viles falsificaciones. La cebra era una mulita andorrana artísticamente rayada por su dueño; el oso, un antiguo conocido de to ios los feriantes, quienes habían visto al desdentado y despelurciado animal en poder de unos húngaros, quienes lo vendieron por torpe y cobarde; la pantera africana, un inofensivo m, p j j qyg Q tunauto úo PaolO se trajo de una excursión de recreo, ó de lo que fuese, al Chaco ó á otros departamentos interiores de la Pampa argentina. Todos aquellos bicharracos conocidos ya no asustaban ni impresionaban á nadie; pero Fabio, ¡ahí el león ya era otra cosa. Con tan soberbia y desmandada fiera nadie osaba permitirse bromas. Di jéralo un mozallón de Pierrefitte que en la jaula se había dejado tres dedos por hacer una fiesta al rey de loa animales. Dijéranlo asimismo el color de cera virgen y la expresión profundamente seria y temerosa que tomaba al entrar en la jaula el rostro de Paolo, de ordinario coloradote y sonriente. A todos los avechuchos los hacía mil chanzas y picardías el domador, con todos burlaba menos con el león; y alguien había oído por las noches los rugidos de la fiera y, acercándose curioso, había podido ver á Paolo metiendo y sacando varillas de hierro candente en la misma hornilla de barro donde guisaba la cena, y después habíale dado al curioso en las narices un tufillo extraño, salvaje, de pelos chamuscados, y en los oídos un rumor confuso, de lucha inenarrable. Era Paolo, que estaba ensayando. Con todo, la fiereza del león no cedía, y el respetable público llenaba un día y otro las arcas del italiano, con la santa intención de verle una vez hecho jigote. La situación era tremenda. Paolo, que nunca fué valiente, y que se metió á domador Dios sabe por qué razones, conforme iba viendo acercársele la fortuna, siempre esquiva, sentía aumentarle el miedo, como sucede en tales casos. El león lo conoció, porque el miedo es la sensación humana que más pronto conocen los animales, según sabrá todo el que haya domado caballos. Y desde entonces, la lucha entre el hombre y la fiera fué terrible. Paolo tenía los brazos y piernas jaspeados de rasgones hondos, azules, que enseñaba orgulloso en las tabernas, charloteando mucho y tomando al fin ese aire lúgubre que tan bien saben fingir todos IOS ÍCMlines y saltimbanquis. La gente acudía cada vez con más ansia á ver cómo el león ganaba terreno al domador, le acoquinaba, le aniquilaba, y todos los días le sacaba algo de sangre, en señal de servidumbre. Al cabo, la rabia concentrada del domador pudo más que la fiereza noble del animal. Una noche, al entrar Paolo en la jaula con una barra ardiente en cada mano, el león se irguió como para lanzarse sobre él. Paolo se lanzó contra la fiera cual lo habría hecho, puñal en mano, contra otro rufián borracho como él, y asestó una de las barras contra un ojo dorado, sereno, bellísimo del animal El dolor fué tan grande, que el pobre león cayó patas arriba aterrorizado, tembloroso, lanzando rugidos que helaban la sangre, rugidos que comenzaron fuertes y hondos y concluyeron en una especie de llanto frío, hipócrita, como el de la hiena. No fué lo peor que se quedase tuerto el hermoso animal; lo peor fué que se volvió cobarde, manso perdido, tonto é inofensivo como una oveja. En vano Paolo intentaba excitarle, ya con golpes, ya con halagos, ya obligándole por hambre. FaMo, amodorrado, triste, flaco, ya no inspiraba temor á nadie. Un día, en Oloión, los chiquillos estuvieron arrancándole pelos de lá melena parda, sin que la fiera se moviese. Y claro está, la casa de fieras de Paolo fué desacreditándose poco á poco, y el león y el domador perecieron de hambre y de frío un mmji. m. i I I. I. -ÍIÍ Í UUA I. J- día de ventisca por las I alturas de Bigorre Moraleja. ¡Ay de los domadores, cuando los leones se acobardan!