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dida Pero no, no creas que aunque tu cuerpo no se baya movido de delante del altar haa dejado de pecar; porque tu alma sí, y: esa sí, ha andado en malos pasos y ha recorrido un camino de r? 71 pecado. ¡Detrás de un hombre! ¡Es decir, huyendo de Diosl Tras breve silencio, el padre Blas soltó una risilla de bondadosa burla, y dijo: ¿O ea lue has querido embromarme, ya que por ahí fuera anda desatado el Carnaval? ISo sería propio do tu seriedad ni del respeto que siempre me has tenido. Yo te bauticé, yo he guiado tu alma desde la niñez. Hss crecido á mí vista. Eso podría explicar que hubieras abusado un poquito de la confianza que inspira el afecto filial y de mi paciencia, contándome una fábula para asustarme. -Ño, padre, no, -exclamó Maurita poseída de asombro al ver que se dudaba de la veracidad de su relato, y aúa más al empezar á dudar ella misma. -Pues si fuera broma- -continuó el confesor, ya c: n declarado tono de zumba, -te diré que cierta vez un joven calavera y aturdido, hijo de una principal familia, vino á esta iglesia y se arrodilló ante un sabio y santo sacerdote que estaba en el confesonario de ahí. enfrente. El joven tenía desceñida la corbata y el pelo alborotado. Su rostro expresaba el terror. Padre- -dijo, -acabo Qe cometer un crimeni Me he encontrado ahí fuera á un hombre á quien odiaba; he cegado; me he arrojado sobre él y le he hundido un pufial en el pocho. -Aquel sacerdote era hombre muy juicioso, muy observador, muy perspicaz. Desde luego comprendió que el joven calavera no había cometido semejante asesinato, sino que, acaso por apuesta, venía á dar ocasión de risa á algunaeáflla de atrevidos y disipados mozuelos, gozándose con el miedo del venerable confesor. Este contestó á la revelación tau breve como espantosa: -Hijo mío, eso no tiene nada de particular. Te voy -I dar la abjolución, y en penitencia, vas á rezar una salve ¡por la mentirilla I- -Con que anda, Maurita, vete á tu casa, que tu madre estará ya con cuidado Eézale una salve á la Virgen del Buen Kemedio ¡por la mentirillal Maurita se puso en pie, echó á andar aturdida y confusa. Vio allá, en un rincón del templo, á Nacha, que sentada en una silla dormía tranquilamente. ¡Vamonos, Nachal- -dijo Maurita. Y Nacha, con la mayor tranquilidad del mundo, se incorporó y salió de la iglesia. La joven miró con atención á ia criada vizcaína, y al observar su aspecto sereno dijo para sí: ¡Dios mío! ¿Lo habré soñado? ¿De modo que Fernando no iba con una mujer... J. ORTEGA MUNILLA -r D I B U J O S D MÉIN DEZ B K I N G A